Argonautas americanos: la primera novela virreinal

“Naufragio y peregrinación”, publicado en Sevilla en 1610, es un relato de supervivencia y, a la vez, una síntesis de la educación humanística en la parte temprana del periodo virreinal.
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El náufrago Pedro Gobeo de Vitoria se dispone a terminar “la más triste obra” que sus manos hicieron en apenas quince años de vida. Una docena de sobrevivientes, presa del desánimo, se dispone a morir. Están cerca del estuario del río Cojimíes, entre acantilados y despeñaderos, en la costa de lo que hoy es Ecuador, y corre el año 1594. Apartando arena con las manos, usando una concha a manera de pala, la obra de que habla Gobeo consiste en cavar su propia tumba. “Estaba tan desfallecido que era forzoso pararme por momentos, ayudándome […] el haber ayunado tres días, estar flaquísimo, consumido y deshecho, con sola la armazón de los huesos, y, por decirlo en una palabra, muerto en vida.” Además de la debilidad física, viene con el espíritu en jirones porque en treinta días de camino ha visto morir a la mitad de sus compañeros, ahogados los unos, extenuados los otros, enrevesados de hambre y sed los de más allá.

Muertos en vida: ese fue el destino de una legión de migrantes europeos que se extraviaron al otro lado del Atlántico, en un territorio desconocido, hostil y con frecuencia fatal. Eran colonizadores, buscadores de oro, soldados, marineros, exploradores. Casi todos pertenecían a la nómina de los “desesperados de España”, como los llamó Cervantes, que alguna vez deseó unirse a ellos. La descripción de hombres esqueléticos y harapientos, de ojos hundidos, viva imagen de la muerte, es un lugar común de la literatura de náufragos. Lo que distingue al libro que nos dejó Gobeo es entregar al lector, junto con el relato de supervivencia en circunstancias extremas, una síntesis de la educación humanística en la parte temprana del periodo virreinal. Después de salvar la vida de puro milagro, Gobeo logra por fin llegar a Potosí en busca de fortuna. Pocos años después, una melancolía profunda lo obliga a mirar de frente el sinsentido de aquella avidez frenética. Conversión religiosa de por medio, solicita el ingreso en la Compañía de Jesús y pasa varios años inmerso en los estudios que cursaban los discípulos de Loyola.

Naufragio y peregrinación, escrito por encargo de sus superiores y publicado en Sevilla en 1610, no es una parada más en la larga y a veces cansina lista de relatos de sobrevivientes. En las aulas jesuitas del Perú virreinal, Gobeo siguió con provecho los cursos de retórica y asimiló las lecciones tanto de los clásicos latinos como de sus comentadores y continuadores renacentistas. Aunque el músculo y pellejo de su libro está en los infortunios narrados en primera persona, la articulación se basa en una suerte de elenco discursivo: los lamentos de su madre a quien deja sola en Sevilla, la arenga del capitán de barco antes de enfrentarse con piratas en la costa de Venezuela, la despedida de un amigo agonizante, la súplica del compañero para que no lo abandonen, en fin, una secuencia de calamidades entremezcladas con discursos suasorios, laudatorios y consolatorios, imploraciones, plegarias e invitaciones al arrepentimiento final.

A través de este despliegue de modalidades de la elocuencia, Gobeo se luce como alumno aplicado de retórica, y al tiempo que delata la inexperiencia del principiante, ansioso por recitar la lección. Toca a nosotros los lectores buscar en los ejercicios de composición de Gobeo un filón de vitalidad auténtica y emoción genuina, puesto que ahí está, bajo la hojarasca oratoria, el llanto de la madre viuda que teme no volver a ver a su hijo, los consejos para mantener la integridad en un entorno desalmado, el adiós del amigo a quien se le escapa la vida, e incluso la necesidad de escuchar una leyenda para entretener el hambre y sobrellevar la intemperie (Gobeo dedica un capítulo a la historia interpolada de una eremita mediterránea, santa Teoctista de Lesbos, contada a la luz de la hoguera).

Gobeo conocía el relato de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y situaba el suyo en esa línea. La distancia que separa el espeluznante y extraordinario relato de Cabeza de Vaca del texto de Gobeo, además de siete décadas, es un trecho cultural enorme y un registro literario enteramente distinto. Tito Livio y Cicerón marcan el camino de Gobeo. Es como si el joven sevillano dijera para sus adentros: Yo también narro mis desventuras americanas, pero esto que escribo no es el reporte de un funcionario a su rey para justificar el desastre y la pérdida de una costosa expedición de conquista, sino la novela de un escritor, así sea la única que escriba y por la que mi nombre perdure, en parte por los horrores padecidos, sobre todo por la elegancia de mi pluma.

Le faltó colmillo para limar su exceso de facundia en favor del equilibrio del relato. Y sin embargo tuvo buen ojo para la secuencia y el detalle del drama, para pintar vivamente escenas de hambre, fatiga, desesperación, alivio y desengaño. Incluso la leyenda interpolada, más que un estrambote, funciona como un remanso que ofrece la oportunidad de interpretar, en miniatura, el sentido global del relato. Él sabía que el pasaje donde cava su propia tumba no dejaría impávidos a los lectores, y que se sorprenderían, como se sorprendió él, cuando a gritos alguien convoca a los náufragos “con la noticia de que Dios llovía cangrejos”. Y era cierto. Apenas se podía caminar en la playa sin pisar crustáceos. Gobeo los recoge del suelo, empanizados de arena, y los muerde, mientras los cangrejos se defienden hincando las pinzas en sus labios. La sangre de las dos criaturas se confunde. Para narrar la lucha por la supervivencia, Gobeo pergeñó un pequeño bildungsroman al borde del abismo. Con todo y sus defectos, quizás haya publicado la primera novela virreinal. ~


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