Embarcamos en una concha marina para surcar las olas.
La mitología de nuestro viaje incluyó suciedad, tiburones, un zepelín y cables.
Comimos siempre lo mismo durante diecisiete días seguidos (panqueques).
Aprendimos a decir sí, por favor en cuatro idiomas distintos.
Nuestros gorros forrados de piel eran inservibles en el dulce aire de septiembre.
El misterio de nuestra estirpe era un sarape echado a nuestras espaldas.
En la pradera, los lugareños solían tomarnos al pie de la letra.
Aprendimos qué eran el esturión, las lavadoras, el tedio y el falso bronceado.
Nos apuntamos al club de La fruta del mes para ampliar horizontes.
El dominio de nuestra frondosidad exigía un mar incesante de pasto segado.
Asistimos a ferias de dulces con un grado sospechoso de fervor.
Sobrecargamos a nuestros hijos con violines, malos cortes de pelo y diplomas.
Nuestros nombres cambiaron para hacerse más fáciles de recordar.
El monasterio de nuestra herencia fue reconvertido en prácticos tentempiés.
Vendimos frigoríficos a gente que ya tenía frigoríficos.
Vivimos en la gloria suburbana de nuestros adosados de dos plantas.
Nuestros hijos cambiaron para hacerse más gordos y mezquinos.
La memoria de nuestra verborrea era como un escalope al viento.
Guardábamos el dinero cerca, y nuestros sentimientos más cerca aún.
En caso de emergencia, siempre había un bate de beisbol a mano. ~
(2015)
Versión de Jordi Doce.