Muchos políticos, periodistas y expertos del establishment culpan a la “desinformación” (véanse también “noticias falsas” y “posverdad”) de la creciente aceptación que, durante la última década, han tenido las ideas populistas, extremistas y, en general, destructivas. Aunque este relato adopta diferentes formas, suele incluir tres afirmaciones fundamentales: (1) la desinformación está muy extendida, (2) es mucho peor que en el pasado reciente, y (3) tiene una gran influencia y capacidad de alterar acontecimientos políticos y promover tendencias.
Sin embargo, estamos ante un relato muy cuestionable. Por ejemplo, exagera tanto la calidad del ecosistema informativo del pasado como la credulidad de los votantes. Posee también una lógica interesada. Al explicar el apoyo al populismo como resultado de la manipulación y la desinformación, exime a las instituciones del establishment de cualquier culpa. Por último, la idea de que los periodistas y expertos luchan contra la “desinformación” presupone que esa desinformación no existe en las propias instituciones donde trabajan. Un supuesto que debe discutirse, sobre todo por la proliferación de eso que Matt Yglesias denomina “desinformación de la élite”, aunque yo prefiero el término de Joseph Heath “desinformación intelectual”. Quizás este sea un buen momento para que los periodistas e intelectuales de las élites y el establishment, antes de lanzar acusaciones a los demás, comprueben primero si han contribuido a la difusión de desinformación desde organismos institucionales y con credenciales.
Veamos algunos ejemplos de estos patrones:
1. Cambio climático. Se destina una enorme cantidad de energía y financiamiento a abordar los problemas de la desinformación climática. El foco se centra, de manera desproporcionada, en el negacionismo climático, una categoría de desinformación presente en la derecha política. Este enfoque pasa por alto la desinformación sesgada a favor de los relatos progresistas más populares, que tienden al alarmismo y al catastrofismo, así como a las simplistas historias moralizantes destinadas a denunciar el capitalismo y las grandes empresas.
En este conjunto se incluyen reportajes y comentarios de expertos que dicen que el cambio climático probablemente provocará la extinción de la humanidad o el colapso de la civilización, que se prevé que empobrecerá el mundo más de lo que está ahora, que las muertes por desastres naturales han aumentado como consecuencia del cambio climático, que un pequeño número de empresas genera la abrumadora mayoría de las emisiones de carbono, y que las compañías de combustibles fósiles reciben enormes subvenciones estatales.
Si un gran número de personas sostiene tales creencias no es por culpa de los negacionistas de la derecha. Es porque la información generalizada sobre el tema es muy engañosa y su influencia es significativa. Por ejemplo, una encuesta de 2023 sugería que casi dos tercios de los estadounidenses de entre dieciséis y veinticinco años pensaban que “la humanidad estaba condenada” por culpa del cambio climático, y más de la mitad (52%) sostenía que, como consecuencia, dudaba de tener hijos. Un estudio realizado ese mismo año en Canadá reveló que casi la mitad (48%) de los jóvenes creía también que la humanidad estaba condenada.
2. Paridad de género. Hace varios años, una entrevista en Canal 4 de Cathy Newman a Jordan Peterson se hizo viral. En ella, Peterson sostenía, entre otras cuestiones, que la teoría más extendida sobre la brecha salarial de género (por ejemplo, que las mujeres ganan 85 céntimos por cada dólar que gana un hombre) se refiere a una disparidad salarial media que no tiene en cuenta diferencias como el sector, la ocupación, la experiencia, la formación, las horas de trabajo, etc. Esto significa que la mera existencia de la disparidad salarial no prueba que haya discriminación.
A raíz de ello, hablé con muchas personas (especialmente hombres) que quedaron impresionadas por la observación de Peterson y sintieron que los medios de comunicación dominantes y los políticos les habían mentido sobre este tema. Por un lado, fue una reacción sorprendente, ya que sus argumentos eran obvios para cualquiera que tuviera un conocimiento siquiera moderado de estos temas, por no hablar de quienes están familiarizados con el pensamiento conservador. Por otro lado, ese sentimiento era comprensible, dado que la forma dominante de abordar la cuestión es altamente engañosa.
Al presentar la brecha salarial como prueba de la discriminación de género, o como parte de un argumento para justificar por qué las mujeres merecen “igualdad salarial por trabajo igual”, la tesis dominante a menudo da a entender –de modo erróneo– que a hombres y mujeres se les paga cantidades radicalmente diferentes por realizar el mismo trabajo. Esto probablemente explica por qué tanta gente parece estar mal informada al respecto, y por qué los argumentos de Peterson pudieron suponer una revelación explosiva para tantos.
3. Tratamientos de cambio de sexo en jóvenes. Durante varios años, di por sentado que existía una gran cantidad de evidencia médica fiable que respaldaba la eficacia y la seguridad de la medicina de género para jóvenes (es decir, tratamientos como los “bloqueadores de la pubertad” y la terapia hormonal para adolescentes), así como pruebas que demostraban que quienes no reciben tratamientos específicos corren un alto riesgo de suicidio.
Pensaba de este modo porque soy el tipo de persona que, por lo general, confía en lo que dicen al respecto las organizaciones de expertos, los académicos, los periodistas especializados y las personas de mi entorno (en su mayoría, progresistas con un alto nivel educativo). Por eso me sorprendió la publicación en el Reino Unido del Informe Cass, que demostraba claramente que las pruebas científicas que sustentan gran parte del discurso dominante en torno a la medicina de género para jóvenes son muy endebles.
Como señala Helen Lewis en The Atlantic, hay una “burbuja de desinformación progresista” en torno a la medicina de género para jóvenes. Esto se ha visto reforzado por la repetición incesante, por parte de muchas figuras autorizadas, de que los niños probablemente se suiciden a menos de que transicionen, una afirmación que carece de fundamento. Pero también ha habido una enorme presión social. Desde hace varios años, se estigmatiza a cualquiera que cuestione este aparente consenso. Por ejemplo, un antiguo director de la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero comparó el escepticismo hacia la medicina de género juvenil con la negación del Holocausto.
4. Raza, etnia y delincuencia. Durante muchos años, yo también di por sentado que todo el discurso que sobredimensionaba el papel de los hombres de origen pakistaní en las redes de abusos sexuales del Reino Unido formaba parte de una siniestra campaña de desinformación orquestada por la extrema derecha. Pensaba esto porque un destacado informe del Ministerio del Interior británico de 2020 daba a entender claramente que cualquier preocupación sobre esa sobrerrepresentación racial no coincidía con los datos, una postura que también defendían los medios de comunicación. Aunque sabía que personas influyentes decían lo contrario, algunas de ellas (por ejemplo, Elon Musk y Tommy Robinson) me parecían racistas y poco fiables, por lo que no creía en lo que decían.
Por eso me sorprendió leer el reciente informe exhaustivo de la baronesa Casey sobre este tema. En él, señala la manera deficiente y sesgada con que se ha abordado este asunto, con una cultura de “negación” y “datos erróneos […] utilizados repetidamente para desestimar las denuncias sobre las ‘bandas asiáticas de explotación infantil’, a las que se tacha de sensacionalistas, sesgadas o falsas”. Por ejemplo, el informe oficial del Ministerio del Interior de 2020 alegaba que “el origen étnico de los responsables de explotación sexual infantil en grupo se ajusta a […] la población general, siendo la mayoría de los autores blancos”. En repetidas ocasiones se citó esta “conclusión” en otros informes oficiales y en los medios de comunicación. Como señala Casey, los datos reales no respaldan tal dictamen. En dos tercios de los casos, simplemente no se ha registrado el origen étnico de los autores, lo que, según ella, constituye en sí mismo un escándalo “espantoso” y un “grave fallo” que tiene su origen, en parte, en una evasiva motivada políticamente. “En lugar de examinar si existe una desproporción en el origen étnico o si hay factores culturales en juego en determinados tipos de delitos”, señala, “encontramos muchos ejemplos de organizaciones que evitan por completo el tema debido al temor de parecer racistas, aumentar las tensiones en los barrios o provocar problemas de cohesión social”.
Además, en varias zonas en las que se han recopilado datos (Gran Mánchester, Yorkshire del Sur y Yorkshire Occidental), se observa “un número desproporcionado de hombres de origen étnico asiático entre los sospechosos de explotación sexual infantil en grupo”.
Comprender la desinformación intelectual
Por supuesto, estos ejemplos distan mucho de constituir una lista exhaustiva de casos de desinformación intelectual. (Para otros ejemplos relativamente claros, cabe fijarse en los reportajes sobre cómo el 60% de los estadounidenses vive al día, cómo las tasas de mortalidad materna han aumentado drásticamente en los últimos veinte años en Estados Unidos, las afirmaciones sobre las clasificaciones mundiales de felicidad y gran parte de los comentarios y reportajes de los expertos del establishment en torno a la pandemia.)
Existe aquí un patrón general: la desinformación intelectual influye principalmente en las audiencias no a través de falsedades explícitas, sino mediante formas de comunicación que seleccionan, omiten, enmarcan y contextualizan la información de manera engañosa, potenciando algunos hechos, restando importancia a otros, situando estadísticas reales en contextos engañosos y solicitando comentarios de expertos que ofrecen opiniones sesgadas. Ruxandra Teslo denomina a esto “propaganda de la alta burguesía”, lo que contrasta con el tipo de “desinformación burda” (es decir, mentiras descaradas y noticias falsas) que a menudo publican medios alternativos y algunos periódicos de baja calidad.
Una segunda característica de mis ejemplos es que todos están diseñados para favorecer relatos políticamente progresistas. Hay múltiples razones para ello. También existe la desinformación progresista que no es intelectual, pero la clave de todo esto es la polarización educativa.
¿Qué tan grave es la desinformación de las élites culturales?
Por experiencia, incluso los profesionales con un alto nivel de estudios que reconocen la existencia de la desinformación intelectual suelen restarle importancia a sus efectos nocivos. Una de las razones es el contraste: cuando se comparan los problemas del ecosistema informativo más elevado con sus principales rivales (medios alternativos y “populistas”, la cultura de las teorías de la conspiración, los feeds de TikTok, etc.), sale bastante bien parado. Volveré sobre este punto más adelante.
Sin embargo, otro argumento influyente es, sencillamente, que los efectos de la desinformación intelectual, incluso cuando son reales, son benignos o incluso positivos. Esto va de la mano de la idea de que la mayor parte de la desinformación intelectual es “bienintencionada”. Si uno piensa que el cambio climático, la transfobia, la desigualdad de género, el racismo, etc., son crisis muy graves, entonces tal vez la comunicación engañosa esté bien si lleva a la gente a tomárselas en serio.
Esta actitud es otro factor crítico que impulsa la desinformación intelectual. En muchos casos, académicos, periodistas, comentaristas y políticos creen que transmitir mensajes selectivos o simplificados –“mentiras nobles” o, al menos, medias verdades nobles– hará que el público apoye causas nobles.
Esta actitud es perniciosa.
En primer lugar, la idea popular de que la desinformación progresista es “bienintencionada”, mientras que la desinformación no progresista es “malintencionada”, resulta sorprendentemente oportunista. La mayoría de las personas que difunden ideas engañosas se convencerán a sí mismas de que lo hacen por algún propósito superior o noble ideal. Por eso es importante hacer cumplir las normas de manera generalizada, en lugar de permitir que las personas o facciones regulen su propio comportamiento. Esto incluye normas básicas de honestidad, precisión y respeto hacia la audiencia.
En segundo lugar, las personas deben poder confiar en los expertos y en las instituciones establecidas que producen conocimiento. Si dichas instituciones defienden una cultura que tolera o incluso fomenta la comunicación engañosa cuando esta se alinea con los valores progresistas, esa confianza se desvanecerá. En este sentido, cualquier beneficio político a corto plazo que pueda tener la desinformación intelectual quedará eclipsado por la creciente desconfianza institucional y el resentimiento entre un público diverso con diferentes valores y afiliaciones ideológicas. Sospecho que este factor explica por qué, en las últimas décadas, tanta gente confía cada vez menos en instituciones como las universidades y los medios de comunicación tradicionales.
Por último, todos los ejemplos de desinformación intelectual que he enumerado son… ¡escándalos! Es terrible que un gran número de personas crea equivocadamente que la humanidad está condenada por culpa del cambio climático, o que vive en una sociedad en la que hombres y mujeres reciben salarios radicalmente diferentes por realizar el mismo trabajo, o que no puede confiar en que las instituciones del establishment investiguen temas siempre que estos guarden relación con valores progresistas o tabúes entre las élites educadas. No se trata de cuestiones triviales. Y habla muy mal de nuestras instituciones que quienes denuncian esos fallos y sesgos son más estigmatizados que quienes los promueven.
¿Cómo deberíamos responder?
Por todo lo anterior es en parte comprensible que las personas se vuelvan resentidas, enfadadas, indignadas e incluso se radicalicen cuando descubren la manera sesgada e interesada con que el establishment les presenta la realidad. Llegan a creer que les miente de manera metódica, y que el sistema está podrido hasta el fondo. Si nos mienten sobre estas cosas, piensan, quizá nos están mintiendo con todo.
Sin embargo, aunque esta dinámica puede explicar en parte por qué la gente pierde la confianza en las instituciones establecidas, no puede explicar por qué tanta gente recurre a fuentes de información mucho peores. Esto incluye a la mayoría de los medios “alternativos” y a teóricos de la conspiración, excéntricos y radicales varios.
Cabe destacar también que, en casi todos los ejemplos que he documentado en este artículo, la detección y crítica de la desinformación intelectual provienen de personas que trabajan dentro de las instituciones establecidas. En otras palabras, la principal forma en que podemos descubrir la verdad sobre temas como el cambio climático, las bandas de explotación sexual infantil, la medicina de género para jóvenes o cualquier otro asunto es confiando en expertos acreditados y periodistas profesionales que hacen su labor dentro de esas mismas instituciones.
Esto no significa que quienes se mueven por fuera de las instituciones tradicionales o hablan desde medios alternativos jamás digan nada cierto. Sin embargo, por lo general, cuando figuras de los medios alternativos formulan críticas legítimas a las versiones oficiales, se basan en conocimientos producidos por las instituciones establecidas. Por ejemplo, cuando Elon Musk decidió centrar su atención en el tema de las redes de abusos sexuales a menores en el Reino Unido, casi todas las “pruebas” reales que él y otras personalidades de la extrema derecha citaron procedían de informes oficiales del gobierno y de periodistas profesionales que operan dentro de las instituciones establecidas. Cuando Musk y sus aliados presentaron información genuinamente nueva que no había sido reportada por fuentes del establishment, había muchas mentiras absurdas y noticias falsas. En cierto modo no es algo que sorprenda. Es muy difícil descubrir la verdad detrás de cuestiones tan complejas.
El debate público, en su esencia, está lleno de intuiciones precientíficas, mitología tribal y delirios ideológicos. Para superar tal ignorancia y esas percepciones erróneas, se necesitan instituciones que puedan respaldar actividades como la recopilación minuciosa de datos, la investigación científica, el periodismo de investigación y la información basada en hechos. El floreciente mundo de los “medios alternativos” no ha creado tales instituciones, ni siquiera ha mostrado indicios de que reconozca su necesidad. En cambio, ha abandonado por completo el proyecto de descubrir y difundir el conocimiento.
A veces, estas observaciones se utilizan para restar importancia a la desinformación intelectual, o para argumentar que las instituciones del establishment son lo suficientemente diversas y se corrigen a sí mismas y por eso no hay nada de que preocuparse. Espero que haya quedado claro que no estoy de acuerdo con esa idea. Nuestras instituciones necesitan una reforma urgente. Necesitan más diversidad ideológica y normas más estrictas contra las formas perniciosas de razonamiento sesgado y el pensamiento grupal progresista. Pero “reforma” no es lo mismo que destrucción.
En otras palabras, la desinformación intelectual es un enorme problema institucional. Pero es un problema solucionable, no una excusa para sustituir nuestra única esperanza de adquirir conocimiento en sociedades modernas y complejas por un estado de naturaleza informativo dominado por charlatanes, demagogos y vendedores de humo. ~
Traducción de Ricardo Dudda.
Publicado originalmente en Persuasion.