Ecos de una guerra olvidada

La epopeya del “Kalevala” y la guerra de Invierno de 1939 son las grandes épicas de Finlandia. Ambas están al centro de “Los guerreros del invierno”, de Olivier Norek.
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Todo país tiene sus épicas, desconocidas fuera de sus fronteras y que, aunadas a alguna palabra “intraducible” de su idioma –como la saudade portuguesa–, conforman una parte esencial de su historia y carácter.

En Finlandia, además de los mitos del Kalevala, la gran épica nacional es la guerra de Invierno de 1939. Para definirla, sirve una palabra elusiva: el sisu finés. Ambas están al centro de la novela Los guerreros del invierno (2025) del francés Olivier Norek, narración bélica precisa y cautivante. El tema interpela: ¿quién recuerda la guerra de Invierno?

Era 1939, nazis y soviéticos firmaban el Pacto Molotov-Ribbentrop de no agresión que los dejaba libres para anexar a sus vecinos. La URSS ataca Finlandia el 30 de noviembre, presumiendo una victoria expeditiva, a tiempo para el cumpleaños de Stalin el 6 de diciembre. La asimetría es absoluta: el mayor ejército del mundo frente a un país independiente desde hacía apenas veintidós años, cuya población cabía en la capital rusa. Habrá más de trescientos mil muertos en ciento cinco días de lucha, en un frío atroz en los confines de Europa. Aquí es donde entra en juego el sisu, definido por una aleación de tenacidad, determinación estoica, y demás matices: se le invoca para explicar esa supervivencia contra todo pronóstico.

A la primavera siguiente, el ataque relámpago alemán contra Francia relegará al olvido ese “preludio” del conflicto mundial, vuelto nota al pie de mayores masacres.

¿Quién recuerda la guerra de Invierno? Matti Raatikainen, risueño jubilado finlandés, me comparte su infancia: tenía cinco años en enero de 1940 y escuchaba los bombardeos desde una cama de hospital. “Cayó una bomba a metro y medio de la pared, y el edificio se sacudió. De haber impactado la estructura otras habrían sido las consecuencias. Quienes se movían fuera llevaban consigo una sábana blanca por si sobrevolaban aviones enemigos: se envolvían en ella y se refugiaban entre la nieve; blanco sobre el blanco se volvían indistinguibles para los aviones.” Quedan memorias, monumentos y libros de texto finlandeses.

Un escritor francés trae a escena esta guerra olvidada, sus motivos para recrearla se anclan en la actualidad. Entre líneas, un análisis de la soberbia de las superpotencias, su desprecio por el país asediado que los pondrá en jaque. El relato se distingue por la autoridad con la que retrata el conflicto. No sorprende enterarse de que Norek fue voluntario en la guerra yugoslava y capitán de policía por dieciocho años. ¿Es necesario conocer la violencia para describirla? No, pero al teniente Tolstói no le habrá perjudicado para escribir Guerra y paz.

El autor viajó por el país, estudió armas vetustas y el día a día de la gélida contienda. Trasluce su conocimiento de Finlandia, idealizado pero efectivo, y la exactitud de los detalles (qué marca fumaban los soldados) y de los datos: llegaron a caer catorce bombas por minuto. “En medio de esa carnicería, la vida persiste a pesar de todo, mientras que en otros lugares, aún más aterradores, reinaba el silencio de los edificios ennegrecidos por el hollín, de las calles desoladas y devastadas donde nadie había sobrevivido.” También sabe alternar la deflagración y la espera, la elipsis y la batalla: al reutilizarse los uniformes de los caídos, las zurcidoras buscan en la tela lo que sufrió el cuerpo, reparando desgarros de bombas y huecos de balas, cosiendo la muerte para el siguiente soldado.

Estudioso de la historia, Norek restituye las narrativas de época, citando las declaraciones diplomáticas hipócritas y la propaganda que justifica lo injustificable. De ahí proviene el “coctel molotov”: tras el bombardeo de Helsinki, el ministro ruso Molotov alegó que habían lanzado cestas de comida. Las bombas finlandesas adquieren su nombre para devolverle un explosivo maridaje.

Como en otras grandes novelas bélicas, el terreno es un personaje central. Aquí lo encarna la dureza del clima, que congela ametralladoras y obliga a mascar hielo para que el vaho no revele el escondite al enemigo. La sangre derrite la nieve; en cuanto la tiñe, se endurece. Tras la batalla viene la nevada que difumina su rastro, la página en blanco antes de renovadas muertes.

Norek explicó su propósito al presentar el libro en Helsinki: “Es una lección de coraje de la cual escuchamos el eco en Ucrania: ¿por qué países pequeños logran resistir contra naciones del tamaño de un continente?… Este conflicto nos ayuda a comprender el que vivimos hoy y los peligros de ver caer otro país ante Rusia.”

¿Es válido el paralelo entre la invasión de 1939 y la de 2022? Se lo pregunto a una antigua corresponsal de guerra en Ucrania, quien responde: “Los ucranianos trazan un vínculo directo entre su guerra y la que narra este libro. Uno de los grandes comandantes del ejército ucraniano lleva tatuado en el brazo el rostro del protagonista de la obra: aquel legendario sniper desfigurado.”

Se trata de Simo Häyhä, apodado “La Muerte Blanca”, un granjero convertido en el francotirador más mortífero de la historia. Lo que siente a lo largo del libro es coyuntura, pero en lo más extraordinario Norek se apega a los hechos: sus hazañas y milagrosa supervivencia. Es la brújula de esta novela histórica, moralmente sana, cuyos personajes están del lado correcto de la historia. Los guerreros del invierno tiene algo de hagiografía, de David contra Goliat, como no podría ser de otra forma. Los momentos poéticos son una decisión de estilo, y cierto sentimentalismo atempera la negrura de lo que se relata.

La paz fue firmada en marzo de 1940, tras no avanzar los soviéticos más de quince kilómetros. Finlandia no fue anexada, pero se le amputó más del diez por ciento de su territorio. Una derrota gloriosa para el país superviviente, una victoria vergonzosa para los agresores. Stalin ordenó olvidarla.

Aquí vale la pena insertar el contrapunto de otra novela, del mismo tema, y contraponer la reconstrucción desde afuera y desde el presente con lo escrito por un protagonista. ¿Qué aprendemos al leer lado a lado la novela histórica y la que es fruto de la experiencia?

Soldados desconocidos (1954), del finlandés Väinö Linna, relata la guerra de Continuación (1941-1944) entre los mismos contrincantes. Fue la revancha finlandesa ocurrida un año después, el infructuoso intento por reconquistar el territorio cedido. Es la obra de un hombre que luchó en el conflicto y lo rememora a una década de distancia. Es una de las mayores novelas de Finlandia.

Linna escribe una ficción, pero en esencia conoció a sus personajes. La diferencia esencial con Norek está en el tono. Aquí no prevalece el heroísmo, sino la perspectiva a ras de suelo de la supervivencia. Los soldados son “el sacrificio de la Madre Finlandia a la historia”, y los esperan “las fauces abiertas de la historia mundial”. La crítica del patriotismo es ácida, los soldados se mofan de la propaganda que los retrata y la valentía colinda con la histeria.

Donde Norek opta por la elegía, aquí son la ironía y el humor los que diluyen la negrura y permiten absorberla. Y mientras el francés enfatiza la crueldad soviética, al finlandés le basta con la complejidad humana de su bando. Lo suyo no es el ejemplo sobrehumano de Simo Häyhä, sino la carne de cañón, seres al límite con todas sus fallas.

“Los muertos ya no podían dar fe de su dolor y, de todos modos, nadie tenía especial interés en indagar. Su sufrimiento les pertenecía solo a ellos. Habían renunciado a todo lo demás. Les habían arrebatado todo por la fuerza, hasta el último jirón; pero se les permitía conservar para sí mismos su sufrimiento. No servía de nada a nadie.”

Norek infunde un trasfondo moral; Linna prefiere obviarlo: el cotidiano de la guerra no admite tanto. ¿Qué distingue a estas obras, que la temática une y las décadas separan? Norek, nuestro contemporáneo, hace un llamado a estar listos para defender la democracia y sus valores amenazados; Linna, marcado por el conflicto, escribe un libro pacifista, donde el sinsentido y el horror desnudan las palabras. ~


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