El recuerdo vivo de Miguel León-Portilla

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En sus últimos años, el longevo y prolífico Miguel León-Portilla (1926-2019) fue teniendo dificultades para caminar y para ver, pero esto no afectó su impetuosa actividad intelectual y académica, pues con el apoyo de su esposa Ascensión Hernández Triviño, Chonita, y del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, a través de varios ayudantes, pudo seguir escribiendo libros, artículos, reseñas, prólogos, cartas, correos electrónicos, dictándolos, y dar por video e internet amenas, informadas e inteligentes conferencias. Dejó listos varios libros antes de fallecer: Erótica náhuatlTeatro náhuatl, una edición del Popol Vuh (en la segunda traducción del quiché realizada en 1715 por el dominico fray Francisco Ximénez), entre otros. Pero cuando don Miguel sintió las amenazas de sus males pulmonares, emprendió el dictado de sus Memorias, que completó en borrador y, antes de entrar al hospital por una segunda neumonía, le pidió a su esposa Ascensión que las revisara y cuidara que no faltara nada ni nadie relevante. Don Miguel falleció en el hospital, y Ascensión, tras recuperarse de los meses de extenuante cuidado hospitalario, emprendió la tarea de publicación. Las Memorias, no obstante, tardaron más, su cuidado editorial requirió más trabajo, y es con alegría que las recibimos, siete años después de su fallecimiento, con el título evocador de Soy mi memoria, suerte de reformulación del cogito cartesiano, como: Recuerdo, luego existo, soy en la medida en que recuerdo y me recuerdo, y dejo de ser en la medida en la que dejo de recordar, pero soy y perduro cuando mis memorias son leídas.

Al dictarlas en sus últimos años, don Miguel no se libró a un esparcimiento sentimental, sino que pensó y dictó, consciente de su indudable interés, un libro con dieciocho capítulos, un comienzo y un fin, con su sonriente “Adiós al lector”, que es un “A Dios”, Dios identificado con el logos, palabra y pensamiento, en el Evangelio de San Juan, que don Miguel cita en griego, y exclama: “A ese logos invoco desde el fondo de mi alma. Con él quiero estar, con él quiero morir.” Así se despidió del lector, con una amabilidad conmovedora, poco antes de ser llevado por última vez al hospital: “Al lector que me ha seguido hasta aquí en estas Memorias, le agradezco su compañía y le digo, con esa expresión tan antigua como verdadera, adiós, en la que implícitamente se entiende el complemento ‘te encomiendo’. / Una vez más, adiós, querido lector.” A Dios: al logos, a la palabra y al pensamiento te encomiendo. Y al cerrar el libro de memorias de don Miguel, nos quedamos con la grata sensación de que es tal vez el mejor de sus libros, el que abarca más, el más entrañable.

Soy mi memoria cuenta varias cosas sobre las que se sabía poco, como sus nueve años de estudios en seminarios jesuitas en Estados Unidos y México, en los cuales recibió una muy sólida educación en ciencias, filosofía, religión, literatura, griego y latín. Y don Miguel nos cuenta la razón por la cual no publicó ni se conoce su tesis de maestría en filosofía sobre el libro de Henri Bergson Las dos fuentes de la moral y la religión. En estas páginas nos enteramos de que la tesis fue escrita bajo la influencia de un maestro jesuita de mente cerrada, al que se sometió don Miguel, creo que por última vez en su vida. León-Portilla acabó quemando la tesis, se retiró de la Compañía de Jesús y regresó a México.

Su temprana inclinación por las culturas del México antiguo está presente en la obra de teatro que escribió antes de volver, La huida de Quetzalcóatl, ejemplo de su asimilación del teatro griego en griego y de su interés por los temas filosóficos. El tío de don Miguel era el gran arqueólogo mexicano Manuel Gamio, quien había aplicado la búsqueda de una investigación y aproximación integral en los cinco tomos de su La población del Valle de Teotihuacán (1922), que llevó al niño y joven Miguel a instructivos paseos. También lo puso en contacto con el padre Ángel María Garibay K., el gran estudioso y traductor de la literatura náhuatl, cuyos libros inspiraron el deseo de Miguel de estudiar las ideas filosóficas de los antiguos mexicanos. Ya conocemos la historia: el padre Garibay puso a don Miguel a aprender la lengua náhuatl y comenzó una larga y fructífera relación que dio lugar en 1957 al Seminario de Cultura Náhuatl en la UNAM, a la revista Estudios de Cultura Náhuatl, que comenzó en 1959 y sigue viva, al libro Visión de los vencidos, también de 1959, con las traducciones de Garibay de los textos en náhuatl sobre la toma de la ciudad de México, editadas y comentadas por don Miguel.

Don Miguel no le da mucha relevancia al contenido de sus libros y publicaciones, confiado tal vez en el poder de su lectura. Y ciertamente las menciones respectivas nos animan a la lectura o relectura de varios de sus libros. Pero lo valioso de estas Memorias es que abundan en las menos conocidas realizaciones de León-Portilla como funcionario cultural, que van en el mismo sentido que sus investigaciones históricas académicas: estudiar y difundir el aporte de la lengua y la cultura de los indios a la historia de México.

De regreso al país, tras sus nueve años de estudios jesuíticos, don Miguel se integró a trabajar en el Instituto Indigenista Interamericano que dirigía su tío Manuel Gamio, quien le encargó hacer el Índice del Boletín Indigenista y de la revista América Indígena del Instituto, de enorme valor, y allí continuó trabajando don Miguel hasta que sucedió a Gamio en la dirección, y realizó un trabajo muy activo viajando a todos los países miembros, incluyendo los Estados Unidos, para que aumentaran sus cuotas. Al mismo tiempo, don Miguel escribía su tesis sobre La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, con la que se recibiría en la UNAM, bajo la dirección del padre Garibay, y con él entró en 1957 al Instituto de Historia de la UNAM, que pronto llegó a dirigir, sin dejar por ello de ser director del Instituto Indigenista Interamericano. Y precisamente entonces don Miguel recibió la encomienda adicional de organizar como secretario general el XXXV Congreso Internacional de Americanistas, presidido por Ignacio Bernal, que se celebró en México en 1962. Los logros del Congreso se plasmaron en los tres riquísimos tomos publicados en 1964. Un logro menos conocido de don Miguel fue la decisión que tomó el pleno del Congreso de solicitar al presidente de México, Adolfo López Mateos, la construcción de un nuevo Museo Nacional de Antropología, que el presidente aceptó apoyar, a condición de que se inaugurara antes del fin de su sexenio en 1964, lo cual efectivamente sucedió, con la excelencia que conocemos. Don Miguel participó de varias maneras, como en la selección y la traducción del náhuatl de las palabras que quedaron labradas en los bellos mármoles del museo, diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

A partir del Instituto de Investigaciones Históricas don Miguel pudo realizar otras tareas importantes, como la fundación en la UNAM del Instituto de Investigaciones Antropológicas, que dirigiría Juan Comas, que no obtuvo el apoyo del rector Pablo González Casanova, debido a que este último consideraba que la antropología mexicana estaba en crisis, basado en recientes cuestionamientos universitarios al indigenismo oficial. El siguiente rector, Guillermo Soberón, le dio a don Miguel el apoyo que requería. Y desde el Instituto de Investigaciones Históricas don Miguel desarrolló su gusto por la Baja California, el descubrimiento del archivo de La Paz, la escritura de libros y estudios, y el apoyo para la fundación con la Universidad Autónoma de Baja California del Centro de Investigaciones Históricas, dirigido por David Piñera, quien sugirió establecerlo en Tijuana, por su cercanía con las universidades de San Diego y de Los Ángeles.

Soy mi memoria también cuenta el encargo que le hicieron en 1985 para organizar los festejos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. León-Portilla decidió primero no festejar sino conmemorar, y después, no hablar del “Descubrimiento de América” sino del “Encuentro de Dos Mundos”. Los historiadores Silvio Zavala y Edmundo O’Gorman se opusieron desde sus respectivas posiciones al cambio de nombre. Lo curioso fue que, más tarde en 1987, León-Portilla fue designado representante de México en la UNESCO, donde pudo proponer que se organizara la Conmemoración del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos. Su propuesta obtuvo la aprobación de la mayoría, pese a las objeciones iniciales de Dinamarca, que alegaba que los vikingos habían descubierto América siglos antes que los españoles, y de los países africanos, debido al aumento de la esclavización que trajo la colonización de América.

Se volvieron célebres las feroces embestidas de O’Gorman, quien tenía en su haber varias polémicas historiográficas con León-Portilla, quien comentó que lo peculiar era que O’Gorman coordinara nada menos que el tomo V, titulado “La fusión de dos culturas”, de la Historia de México Salvat, un proyecto en diez tomos que don Miguel coordinó en 1974. De esta y de tantas otras historias, personajes, documentos y libros, hubiésemos querido seguir platicando con don Miguel León-Portilla, que sigue vivo en nuestra memoria. ~


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