Las conversaciones pendientes

“El cisne de cristal rosa”, de Lucy Lippard, puede leerse como una discusión inconclusa sobre el lugar de las mujeres en el arte, sus condiciones de trabajo y su visibilidad.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Lucy Lippard (Nueva York, 1937), escritora, crítica de arte, curadora y activista, contribuyó a una radical ruptura en la tradición narrativa crítica gracias a sus aportaciones sobre la desmaterialización del arte a finales de los años sesenta e inicios de los setenta. Sus reflexiones han estado en el centro del debate sobre el arte feminista, la estética de las minorías sociales en Estados Unidos y, más recientemente, en las relaciones entre arte, territorio y ecología. Su práctica, tanto curatorial como literaria, ha impulsado nuevos modos de realizar exposiciones y producir crítica de arte. En este sentido, Lippard ha sido una figura clave para comprender la transformación del arte conceptual y acompañar las prácticas identitarias con perspectiva de género. La reciente publicación de El cisne de cristal rosa, traducido al español bajo el sello editorial Diamantina, da cuenta de esta vertiente feminista en su trabajo, poniendo en tensión la actualidad y pertinencia de textos que datan de hace más de cincuenta años.

“Estos seis ensayos, en su mayoría escritos en la década de los setenta, han envejecido, como su autora, y aunque algunas cosas han cambiado, muchas otras siguen igual”, dice Lucy Lippard en la introducción a un volumen que reúne textos escritos entre los setenta y los ochenta. ¿Qué nos dicen estos escritos que se pensaron en un contexto específico para la escena artística de su época y por qué resonamos tanto con ellos? ¿Será que el mundo no ha cambiado tanto como parece (o como nos gusta pensar)? Quizá es que todavía hay muchas conversaciones pendientes en relación a lo que las mujeres artistas hacen y dicen que hacen. Quizá, también, es que pocos asuntos mantienen su vigor tanto como los discursos con perspectiva de género que tratan de insertarse en los relatos hegemónicos, no desde una visión separatista, sino desde el entendido de que la colectividad hará del mundo –especialmente el del arte– un espacio más libre, justo y creativo.

A través de seis ensayos unitarios la autora nos adentra en diversas discusiones sobre el arte contemporáneo desde un ángulo feminista, desde el cual cuestiona las estructuras de poder que determinan quién ocupa los espacios de legitimación y cómo el género y la clase hacen del campo artístico una disputa política constante. Se trata de entradas independientes que combinan un tono ensayístico y personal, que pone en evidencia la relación tan cercana que Lippard mantenía con sus temas y la conciencia activa de la autora frente al mundo, “ni siquiera por representar el 50% de la población [las mujeres] alcanzamos las condiciones mínimas de igualdad”, advierte. El primer ensayo es una suerte de entrevista entre dos personalidades sin identificar, pero entendemos que al menos una de esas voces pertenece a la autora; en esta conversación se habla sobre una posible definición del arte de las mujeres y sobre la experiencia social y biológica que implica ser mujer en el mundo del arte, con sus implicaciones. En la segunda entrada (“Las imágenes domésticas en el arte”), Lippard nos habla sobre la complejidad de dividir los tiempos de producción artística con los tiempos de la vida diaria: en los años cincuenta y sesenta, “dado que las mujeres eran consideradas ‘artistas de medio tiempo’, si tenían un trabajo fuera del arte, estaban casadas o tenían un hijo, no se les tomaba en serio”. Este ensayo pone el foco en cómo el hogar aparece también en el terreno del arte y cómo las mujeres artistas han tenido que darles nuevos significados a estas actividades para sostener su lugar en el sector cultural.

Consciente del impacto social del arte, la autora reflexiona sobre el papel de los públicos, de las artistas como trabajadoras y la economía del arte. Bajo el título de “El cisne de cristal rosa. Movilidad ascendente y descendente en el mundo del arte”, Lippard entrecruza un breve análisis histórico que pasa por las escuelas de Estados Unidos, el modernismo, la idea del gusto y el papel de las mujeres relegadas a la esfera privada, así como del efecto que tendría que seguir empujando la agenda feminista en el marco del arte contemporáneo: “el mundo del arte, tanto político como apolítico, sigue comportándose como si el feminismo no existiera, pese a la presencia de unas cuantas artistas y críticas vociferantes”, asegura.

Páginas más adelante, la crítica acude a una imagen muy significativa que, a la vez, plantea como “una de las metáforas feministas favoritas: la telaraña, la red o el quilt”. Resulta indispensable insistir en esta imagen porque sugiere un encuentro diverso que busca romper barreras de raza, clase y género, con el potencial de no dejar nada afuera. A lo largo de los años, hemos percibido que la aproximación colectiva a las prácticas feministas ha sido clave para escribir un contrarrelato frente a la hegemonía artística, en lugar de sostener prácticas individuales que dejen de lado ciertas discusiones que nos atañen a todos y todas. El trabajo de las mujeres en el arte despierta conciencias e invita al diálogo y a transformar la cultura, en virtud de que el arte feminista es “una posición política, un conjunto de ideas sobre el futuro del mundo que toma en cuenta la historia de las mujeres y nuestras luchas, que reconoce a las mujeres como clase”, como diría la artista Suzanne Lacy.

Los ensayos del libro no abordan obras específicas ni exposiciones de su época, sino que se enfocan en el contexto general del arte y de los efectos y afectos del arte feminista. Para la autora, “la principal contribución del feminismo ha sido demasiado compleja, subversiva y fundamentalmente política para prestarse a un combate estilístico interno, cuerpo a cuerpo”, por este motivo se abstiene de mencionar nombres en particular y más bien apuesta por afirmaciones amplias. El estilo de los textos invita a pausar, tomar notas y acomodar las ideas en una negociación constante entre los años en que fueron escritos y nuestro presente para seguir pensando qué es o podría ser el arte de las mujeres y el arte feminista. Una discusión que nos permita seguir existiendo –en mis notas escribí “insistiendo”, pero en la página 9, al cierre de la introducción, se lee “existiendo”–. Valiente confusión. Creo que hay un poco de ambas.

Lippard nos insta a recordar que las luchas personales y sociales son compartidas, que si bien hemos aprendido a sostener y cultivar relaciones en el mundo del arte para explorar las conexiones entre vida y creación, hay que seguir construyendo espacios y encuentros de transformación. En el colofón de El cisne de cristal rosa se lee que, mientras terminaban de imprimir los ochocientos ejemplares de esta primera edición, “las noticias seguían siendo tan agobiantes como cincuenta años antes”; ojalá que la próxima relectura del libro coincida con nuevos titulares en los periódicos y sirva como una brújula estética para crear y mirar desde una agenda política más justa. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: