Casi una década ha transcurrido desde que Christopher Domínguez Michael ingresó a El Colegio Nacional y su obra pasó a desarrollarse, tal vez involuntariamente, en el género de la conferencia no leída e improvisada, una forma de la literatura oral y para la que no todo escritor está capacitado. Pueden verse en YouTube y estoy seguro de que muchos –conozco varios con nombre y apellido– las han reproducido haciendo quehaceres hogareños o atentos en el sillón de su sala. Domínguez Michael ha hecho de estas intervenciones públicas una suerte de paseos personales por la historia de la crítica literaria del mundo. Comenzó por el país donde nació por razones obvias y fue expandiéndose. Desde el icónico auditorio de El Colegio Nacional, habló –y aprendimos– sobre Denis Diderot (prototipo epistolar del crítico de pintura en el siglo XVIII) o de Madame de Staël (inventora del concepto de “literatura”), pasando por Goethe (fundador y víctima del romanticismo) hasta Edmund Wilson (ejemplo fecundo del marxismo cuando entra en contacto con la crítica), por mencionar solamente cuatro momentos de las más de cincuenta conferencias impartidas, la mayor parte bajo el título de “Grandes críticos”. Proyecto arduo y ambicioso del que no conozco precedentes en nuestra tradición: pensar la crítica literaria de manera extensa, universal (reiterando esa palabra mallugada y algo cursi), sin limitarse al entorno hispanoamericano (la frontera de su antecesor Emmanuel Carballo) o de la incapacidad de leer en otras lenguas.
En aquellos repasos por sus figuras predilectas, Domínguez Michael no solo ahondó en las ideas literarias y filosóficas –o la ideología– de los críticos, sino que buscó entender a las personas de carne y hueso. En sus conferencias mezcló los asombros y las vidas; sus obras capitales, las batallas políticas, los mitos (o mejor dicho: los chismes), las contribuciones indiscernibles, los abrazos y empujones, los errores o virtudes, y en el fondo, soterradas como raíces, la insistencia por las mismas preguntas: qué es la crítica literaria, qué es un crítico literario, cuál es la importancia de la literatura o (acaso la más difícil) cómo explicar qué es una buena o mala obra arte.
Hay excelentes libros conformados por las trascripciones, casi exactas, de conferencias, pero, como fiel creyente de la palabra escrita, Domínguez Michael ha preferido utilizar sus lecciones como antesala de ensayos a publicar después en suplementos culturales y revistas. De ese enorme corpus la editorial Sauvage Atelier ha tenido el acierto de realizar una selección miscelánea bajo el título de El crítico sin estatua. A pesar de tener en su haber casi una treintena de libros, Domínguez Michael nunca había dado a la imprenta una reunión de escritos dedicados exclusivamente a críticos literarios, llenando así un vacío en su amplia bibliografía. Resulta paradójico, además, que, en la triste noche libresca en que vivimos, sea una editorial pequeña –y no una consagrada– la que se adentre a la heroica aventura de poner a circular un libro de estas características.
En El crítico sin estatua se dan cita figuras capitales como Roland Barthes, Alfonso Berardinelli, Harold Rosenberg, Beatriz Sarlo, Edward Said y V. S. Pritchett, entre otros. Al cúmulo de estas páginas lo rodean dos curiosas muertes. El libro inicia con John Keats y el mito de que las críticas negativas precipitaron su fallecimiento, y cierra con Marcel Reich-Ranicki, ridiculizado en el atardecer de sus días por el novelista Martin Walser, que escribió –entre otras injurias– la siguiente condena: “si el Nazareno sufrió por los pecados de la humanidad, el crítico sufre por los pecados de los escritores”.
Resulta fascinante, leyendo otro de los ensayos de El crítico sin estatua,enterarse de que Emir Rodríguez Monegal murió con honores y serpentinas, decidiendo dejar su tratamiento contra el cáncer para viajar a Montevideo, ofrecer un seminario y ser condecorado por el presidente de su país para luego volver a Connecticut en donde finalmente murió en 1985. O que, en el verano de 1920, dos figuras claves de la cultura rusa, Vyacheslav Ivánov y Mijaíl Gershenzón –a la manera de Settembrini y Naphta, viviendo en el mismo sanatorio–, decidieron establecer una comunicación epistolar titulada Correspondencia desde dos rincones de una habitación (1921)que el crítico califica felizmente como “uno de los mejores ejemplos de debate de ideas”.
Domínguez Michael dedica un capítulo a Julia Kristeva y a los postestructuralistas Derrida y Lacan, porque entiende a la teoría literaria como una rama de la crítica, para explicarnos luego que Schlegel fue el antecesor, un siglo y medio antes, de toda esa legión de libros ilegibles inventada por el editor francés François Wahl. Lo que encuentra a la hora de explorar la relación de Jacques Lacan con la literatura es muy divertido: nada. No hay nada, nos cuenta, y nos muestra a un Lacan que tampoco puede escribir, sino que dicta: “Me sorprendió la poca miga encontrada a la hora de averiguar sus relaciones con la literatura. Para empezar, Lacan difícilmente puede ser calificado como escritor. Como muchos médicos plenos en inventiva y curiosidad, era ágrafo, aunque la agrafía produce, paradójicamente, grafómanos.”
Quiero barajear varios de mis subrayados. El arranque del ensayo dedicado al crítico neoyorquino Alfred Kazin (1915-1998) parece escrito por el autor de necrológicas de Sostiene Pereira: “[De Kazin, que] nació y murió el día de su cumpleaños, un 5 de junio y cuyo centenario celebramos, pueden decirse muchas cosas y, extrañamente, es difícil hablar mal de él, lo cual, tratándose de un crítico literario, es casi aburrido.” Y más adelante encontramos un ejemplo del característico sentido del humor de Domínguez Michael: “El sabio Isaac Bashevis Singer, además, a quien [Kazin] frecuentaba, le advirtió que el secreto de los judíos, por ello odiados, es inventar cosas absurdas como el cristianismo o el marxismo para abandonarlas y dejar enredados en ellas, durante siglos, a los gentiles.” Al ponerse a conversar con Poética y profética (1985)de Tomás Segovia, el crítico compone esta bella máxima: “Creo estar seguro de alguna verdad, como aquella de que la crítica literaria no puede ejercerse sin admitir a la creación poética siempre por encima de ella aun cuando el crítico escriba mejor que el poeta, dado que esa convicción devuelve el sentido a su lugar en la literatura.”
El autor de El crítico sin estatua concibe la crítica literaria como algo que debe desagradar, causar molestia, vivir rodeado de polémica. Su libro deja ver que le encantan las discrepancias. Al hablar del portugués Eduardo Lourenço asegura: “Hace años, al reseñarlo, escribí que, en la vida de un crítico –o de un pensador–, a veces solo hay un encuentro extraordinario, fallido o no, como el de Sainte-Beuve y Baudelaire.” ¿Cuál será el suyo a la hora del juicio final?
Tal vez sea imposible construir una historia mundial de la crítica literaria, pero El crítico sin estatua da la impresión de ser la primera piedra de un intento que irá creciendo en páginas. Es, también, una derivación de la biografía de su autor, un espejo; una pedacería mínima (y vaya que muy nutritiva) de un enorme mapa que está en plena construcción. Si Tiros en el concierto (1997, 2024) essu mejor libro dedicado al mausoleo de la literatura mexicana del siglo XX, La sabiduría sin promesa (2001, 2008)su colección de escritores favoritos de todo el mundo o Los decimonónicos (2012)su cajón amoroso para pensar el siglo XIX, El crítico sin estatua es la obra en donde más diserta cara a cara sobre el quehacer de la crítica. Desde sus inicios, Domínguez Michael se dio a la tarea de organizar y entender el meollo de todas esas ficciones que lo maravillaron, pero pareciera que en el camino lo interrumpió otra felicidad: la de verse reflejado en otros críticos.
André Gide es una figura que reluce también en estos ensayos y por el cual se percibe una completa admiración: el Gide fundador de la Nouvelle Revue Française, revista que, después de la resistencia, François Mauriac llamó una “vieja y querida dama rapada”; el Gide pionero de la autoentrevista, género, vamos a llamarle así, al que Domínguez Michael también ha acudido para conversar con su doble; pero, aparte, el Gide que supo valorar desde sus comienzos la obra de ese genio espiritual apellidado Dostoievski.
Otro texto fascinante es el dedicado a Alfonso Reyes y El deslinde. Domínguez Michael lee decepcionado el tratado del patriarca de las letras de Hispanoamérica en donde “impera el aburrimiento, el fárrago, la repetición, la descortesía de enviar al lector páginas atrás sin contemplaciones ni guía y una idea de lo literario, más que incorrecta, anacrónica”. Tienta, cual médico a su paciente, y encuentra su génesis malhecha en las obras pedagógicas de Porfirio Parra: “Reyes escribió otro tratado ‘positivista’ al uso de esa Escuela Nacional Preparatoria de cuyos maestros en letras él mismo se mofó en Pasado inmediato (1941).”
Debo admitir que, después de leer El crítico sin estatua, me sentí como en un sketch de los Monty Python, pues esta reseña –forma mínima del ensayo– atiende el libro de un gran crítico literario que habla, a su vez, de los críticos literarios que más admira. El juego se vuelve incluso más complicado porque, como Domínguez Michael ha asegurado en una de sus conferencias, la crítica literaria es la única forma de arte que está elaborada con el mismo material del objeto que critica: el lenguaje. Sería difícil –o de dudosa eficacia, siguiendo al autor de El crítico sin estatua– imaginar a un crítico de pintura haciendo crítica con una serie de óleos, o un crítico de música dando su punto de vista con un recital de guitarra. Al trabajar con la misma materia de la obra que trata, la crítica literaria tiene la responsabilidad de estar “al nivel” de su objeto, de cincelar con la misma exigencia. Llevando hasta el extremo esa idea, podríamos sonreír al confirmar que la crítica literaria (la buena crítica literaria), esa a la que volvemos porque nos sigue estimulando, puede ser más hermosa que muchas novelas, cuentos o poemas. ~