Milenios de productividad

¿De qué hablamos cuando hablamos de productividad? Si, como lo imagina este artículo, midiéramos con las escalas actuales la organización económica de los siglos más arcaicos, notaríamos que nuestra idea de “progreso” no es más que una fantasía.
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Angus Maddison (1926-2010) fue un economista británico que dedicó su vida a medir el crecimiento económico a muy largo plazo. La OECD (Organisation for Economic Cooperation and Development) le publicó The world economy. A millennial perspective, en el año 2001.

A partir de una multitud de datos, llegó a una estimación: del año 1000 al 2000, la población mundial creció 22 veces, el PIB mundial 300 veces (p. 17).

Esto refleja un gran aumento de productividad (PIB por habitante). Subió de 400 dólares (constantes de 1990) en el año 1000 a 6,000 dólares en el año 2000: 15 veces.

Hay una glosa del libro en la Wikipedia (Anexo: Evolución del PIB mundial en los dos últimos milenios). En la Universidad de Groninga, Holanda, donde fue profesor, fundó el Groningen Growth and Development Centre, que continúa sus trabajos.

No existen estudios semejantes para los milenios anteriores. La Wikipedia habla de los “dos últimos milenios”, pero se limita a suponer que la productividad no aumentó del año 1 al 1000. Un error semejante sería suponer que, en la Edad de Piedra, la productividad fue ínfima.

Por el contrario, la memoria ancestral recuerda una antigua Edad de Oro, de abundancia y libertad. Y el antropólogo Marshall Sahlins (Stone Age economics, 1972) dice que existió. En los tiempos anteriores a la agricultura, se vivía de la recolección de frutos, miel, caza y pesca, en grupos de docenas de personas hasta un centenar, que disponían de territorios inmensos para pasear y alimentarse. Todavía en el siglo XX había grupos que vivían así: bosquimanos de África y aborígenes de Australia. Las etnografías sobre ellos muestran que, a pesar de su aparente pobreza, su consumo de proteínas y calorías era altísimo, y lo obtenían con unas cuantas horas de “trabajo”.

Esa realidad puede entenderse en términos de productividad. La productividad de los recolectores y cazadores es muy alta por hora de trabajo, aunque es bajísima por kilómetro cuadrado.

Se estima que a fines del Paleolítico había unos cuatro millones de habitantes en el planeta, que tenía unos 77 millones de kilómetros cuadrados habitables. Casi 20 millones de kilómetros cuadrados por habitante. Más de 10 veces el territorio de México por cada habitante. Una población ínfima cuyo consumo recolector y cazador, aunque abundante, no llegaba a nada globalmente.

Los indios a caballo multiplicaron su productividad por kilómetro cuadrado. La agricultura, mucho más. La producción urbana, todavía más, porque aumentó las oportunidades de división del trabajo. La industrialización y el comercio mundial llevaron al máximo la productividad. Que todavía subió con el desarrollo de las comunicaciones y el uso de computadoras.

Jane Jacobs (The economy of cities) supone que la vida sedentaria no empezó por la agricultura, sino por las minas de obsidiana. Quienes las descubrían, se quedaban a cuidarlas de los recolectores rapaces. Estos, acostumbrados a no distinguir tuyo de mío, recolectaban de los sembradíos y cazaban a la ganadería, como si fueran frutos de la naturaleza disponibles para todos. Jacobs insiste en las oportunidades para aumentar la productividad urbana a niveles nunca vistos.

Aparentemente no hay límite para los aumentos de productividad, excepto en los trabajos de atención personal. De hecho, en este sector la productividad avanza mucho menos que en los servicios mecanizables. El número de pacientes que puede atender un médico no puede aumentar mucho, a diferencia de los servicios de una central telefónica. ~


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