Primero como tragedia

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Simon Critchley

La tragedia, los griegos y nosotros

Traducción de Daniel López González

Madrid, Turner, 2020, 416 pp.

“¿Qué me ocurrirá a mí? ¿Qué puedo hacer?”, dice el coro de Las Euménides. Un grupo de mujeres, en Los siete contra Tebas, clama: “¿Qué ocurrirá conmigo? ¿Qué debemos de hacer? ¿Qué podemos pensar?” Antes de matar a su madre en Las coéforas, Orestes duda: “¿Qué debo hacer, Pílades?” No menos confundidos lucen los protagonistas de Edipo rey o Filoctetes, en vista de que la experiencia más consistente en la tragedia clásica es la desorientación. Arrojados a esa zona gris entre la libertad y la necesidad, los personajes trágicos despiertan compasión y temor porque no son del todo responsables ni del todo víctimas de la fatalidad. Si una imagen pudiera sintetizar su estado sería la de “confused Travolta” que mira hacia todos lados sin tener una maldita idea de qué está sucediendo.

No he mencionado este meme tan a la ligera. En La tragedia, los griegos y nosotros, el filósofo, profesor universitario y columnista del New York Times Simon Critchley (Hertfordshire, Inglaterra, 1960) salda su deuda con la tragedia ática a través de referentes pop, un ánimo iconoclasta y, sobre todo, un firme afán por contravenir cierta tradición filosófica que va de Platón a Badiou, pero en la que también se insertan figuras capitales, muchas de las cuales comienzan con H, como Hegel, Heidegger o Hölderlin. Las concepciones alrededor de “lo trágico” que desdeñan el carácter teatral o su relevancia política han alimentado, de acuerdo con el autor, un sinnúmero de malentendidos. Según Critchley, en su capacidad para “darle voz a todo lo contradictorio, lo opresor, lo precario y lo limitado que hay en nosotros”, la tragedia pone en tela de juicio la autoridad de la filosofía, empeñada en pensarnos como sujetos racionales, autónomos, congruentes en lo psíquico y lo político. “¿Qué ocurriría –se pregunta– si tomáramos en serio la forma de pensar que encontramos en la tragedia, es decir, la experiencia de la parcialidad de la capacidad de obrar, de los límites de la autonomía, del profundo afecto traumático, del reconocimiento del conflicto agonístico, de la confusión en lo relativo a cuestiones de género, de la complejidad política y de la ambigüedad moral que la propia tragedia presenta?”

Vistos de cerca, los conflictos que recrean Esquilo, Sófocles y Eurípides no apuestan por el triunfo de la razón sino por hacer manifiestas las limitaciones del intelecto y la deliberación frente a la violencia, el dolor, el desorden y el pasado. En las obras de Esquilo, los asesinatos de Agamenón, Casandra o Clitemnestra pueden considerarse actos de justicia para quienes los cometen, pero en la misma medida obedecen a una violencia añeja, a una cadena de rencillas que los personajes no pueden eludir con facilidad. En ese retrato de la ciudad dividida, enferma de antagonismo, el espectador está obligado a escuchar las distintas versiones en discordia y atestiguar, a la vez, cómo el mejor argumento puede ignorarse por una decisión arbitraria. La moraleja, dice Critchley, es que necesitamos abandonar la fe en una razón monolítica, a favor de la ambigüedad moral que los autores trágicos ponen en escena.

Un panorama así de terrenal no podía sino despertar la suspicacia de algunas grandes mentes idealistas, en particular la de Platón, que no escatimó acusaciones al momento de excluir a los poetas –a los que llamó “tribu de imitadores”– de su Estado imaginario. Critchley dedica sus mejores páginas a explicar la tirria que el fundador de la Academia sentía por ellos en voz de un Sócrates temeroso de que el exceso de lamentaciones, el espectáculo de una justicia en constante negociación y los efectos emocionales de la mímesis poética se tradujeran tarde o temprano en inestabilidad política. Para el Sócrates de La república, los sollozos eran un asunto personal, por no decir una cosa de mujeres y extranjeros, y los autores trágicos explotaban con éxito esa línea borrosa entre lo público y lo privado. La tragedia, por si fuera poco, pervertía la democracia y legitimaba su paso hacia la tiranía, un problema cuyo mejor antídoto era la guía filosófica y, desde luego, la expulsión de los poetas en calidad de apestados.

Hay una ruta doble que este libro acierta a describir: la de la invención de la filosofía en oposición a la tragedia y a su equivalente intelectual, la sofística, a las que Sócrates y Platón denostaron con similar ánimo policial. Por siglos, los sofistas han cargado con la mala fama de ser unos farsantes y unos mercenarios que vendían sapiencia al mejor postor, pero una revisión de su pensamiento, por desgracia fragmentario, revela sugerentes ideas que merecen una segunda consideración. A diferencia de Sócrates, su mejor oponente Gorgias confiaba en que la ilusión creada por la tragedia hacía “más sabios a los que se dejaban engañar por ella que a los que no”, una postura que compartiría cualquier entusiasta moderno de la ficción. El sofista también apreciaba la soberanía del discurso, en lo que el autor considera un lejano antecedente del giro lingüístico, y el poder de la persuasión para revertir cualquier argumento. Esta última técnica, afirma Critchley, brilla en todo su esplendor en algunas obras trágicas, por ejemplo, Las troyanas, en donde Casandra puede demostrar la gloria de la ciudad derrotada por encima de la victoriosa Atenas. “La tragedia es persuasión en acción y, más importante todavía, persuasión como acción”, asegura Critchley.

Apoyado en helenistas como Nicole Loraux, antropólogos como Jean-Pierre Vernant, filósofas como Judith Butler o poetas de raigambre clásica como Anne Carson, el autor busca despertar el interés por la tragedia, al verla no como un vestigio de otro tiempo, sino como un género necesario para entender una época, como la nuestra, marcada también por la guerra. Nunca asume el tono del especialista, sino del interesado en la antigüedad griega que, con el paso de los años y el diálogo con sus alumnos, ha recogido fértiles ideas de toda clase de libros. Por momentos, parece criticar con relativa facilidad algunas interpretaciones canónicas –como la de Hegel– al tiempo que abraza sin muchos reparos otras más recientes –por ejemplo, la teoría queer–, no obstante, hay en su forma de abordar cada obra una pretensión de mayor calado que la mera novedad académica. El “nosotros” al que se refiere el título sugiere un componente humano común, más allá de las particularidades culturales, sobre el que el pasado griego todavía tiene mucho que decir. Cada generación debería estar dispuesta a enfrentarse a los clásicos, afirma con contundencia, al menos para percibir aspectos poco iluminados de su propio momento histórico. Y ese ejercicio no tendría por qué plegarse a la mirada tradicionalista, aquella que ve en las obras de hace veinticinco siglos una cantera de sabiduría imperecedera. Por el contrario, leer a Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes o Platón puede llegar a ser –como demuestra este libro– un convincente llamado a la subversión. ~