Proust compara

Se cumplen cien años de la muerte del autor de En busca del tiempo perdido. Su forma de establecer asociaciones y analogías no solo cambió la historia de la literatura: también ha ampliado nuestra percepción de la realidad. Esta es una breve antología de sus símiles.
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Todos sabemos que la luna es un cuerpo opaco que no emite más luz que la que recibe prestada del sol (entre un 3% y un 12%, para ser exactos). No es fácil dar apresto literario a la luminosidad lunar. Un escritor mediocre hablaría de una luz tenuediscreta o pálida; no menos banales, y más cursis, serían adjetivos como lánguida o mortecina (más sobrio, tal vez, señalar su tono azulado). Seguramente un escritor moderno evitaría todo intento de describir la luz de la luna, tan humilde y claudicante como saturada de clichés. Esto es lo que hace Proust:

A veces, por el cielo de la tarde pasaba la luna blanca como una nube, furtiva, sin brillo, como una actriz a la que no le ha llegado la hora de actuar y que –vestida con ropa de calle, haciéndose a un lado en el patio de butacas, sin querer que se le preste atención– mira un momento a sus compañeros. (Por la parte de Swann, p. 173)

¿Y una puesta de sol en el océano? ¿Cómo describir un crepúsculo marítimo sin sucumbir en el intento? Por ejemplo, así:

Pronto los días se acortaron y en el momento en que entraba en mi habitación el cielo violeta, que parecía estigmatizado por la figura rígida, geométrica, pasajera y fulgurante del sol, semejante a la representación de un signo milagroso, de una aparición mística, se inclinaba hacia el mar sobre la bisagra del horizonte como un cuadro religioso por encima del altar mayor, mientras que las partes diferentes del ocaso, expuestas en los cristales de las librerías bajas de caoba a lo largo de las paredes y que yo transportaba con el pensamiento a la maravillosa pintura de la que estaban separadas, parecían como escenas diferentes que algún maestro antiguo ejecutó en tiempos para una cofradía en un relicario y cuyas hojas separadas se exhiben, unas junto a otras, en una sala de museo, que solo el visitante vuelve a situar en las partes inferiores de un retablo. Unas semanas después, cuando volvía a subir, el sol ya se había puesto. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 439)

La luna es una actriz secundaria. El mar es la línea de un altar mayor por encima del cual se alza un retablo dorado: el ocaso. Son solo dos de las muchas, muchísimas, comparaciones que espolvorean En busca del tiempo perdido. Los especialistas registran más de 2.000 imágenes a lo largo de 3.000 páginas. Una proliferación que ayuda a entender por qué muchas veces, leyendo a Proust, uno tiene la sensación de leer a un científico. Y el símil –un mismo párrafo, como ramas de un tronco, puede llegar a desplegar tres o cuatro– cumple en Proust la misma función que en su pizarra la fórmula para el físico: la de atraer dos objetos del universo que hasta ahora nadie había puesto en conexión, desvelando así una verdad esencial. El torrente de percepciones queda así anillado, salvado de las contingencias del tiempo que todo lo devora.

Durante mi lectura de la novela iba haciendo una marca en los márgenes cada vez que una analogía me obligaba a volver a leer la frase, llevado del asombro. Hubiera sido mi propósito brindar una selección que abarcara los siete volúmenes. Los dos primeros han bastado para reunir una pequeña muestra del genio metafórico de Proust, dueño de una retina capaz de arquear la realidad hasta el más mínimo céntimo. Un fragmento de las inolvidables páginas finales del último tomo hace de broche. El elenco es exiguo, me temo. Proust se quejaba de que en Flaubert no había una sola metáfora bonita. En busca del tiempo perdido no tiene, en cambio, una sola página sin una imagen capaz de perdurar en la memoria, es decir, en el tiempo.

(Todas las citas salen de la traducción al español de Carlos Manzano. La paginación responde a la edición de rba Libros.)

…y enviábamos de exploradora a mi abuela, quien siempre se alegraba de tener un pretexto para dar otra vuelta por el jardín y de paso aprovechaba para arrancar subrepticiamente algunos tutores a fin de dar a las rosas un aspecto más natural, como una madre que –para ahuecarlo– pasa la mano por el pelo de su hijo, aplastado en exceso tras su paso por la peluquería. (Por la parte de Swann, p. 19)

Hace mucho tiempo también que mi padre ha cesado de poder decir a mamá: “Vete con el niño.” La posibilidad de tales momentos jamás renacerá para mí, pero desde hace poco empiezo de nuevo a percibir muy bien –si presto oídos– los sollozos que tuve fuerzas para contener delante de mi padre y que no estallaron hasta encontrarme solo con mamá. En realidad, nunca han cesado y solo porque ahora la vida se calla más a mi alrededor los oigo de nuevo, como esas campanas de conventos, tan bien cubiertas por los ruidos de la ciudad durante el día, que parecen haber callado, pero vuelven a tañer en el silencio de la noche. (Por la parte de Swann, p. 44)

El caso es que, durante mucho tiempo –cuando, al despertarme por la noche, me acordaba otra vez de Combray–, volví a ver siempre aquel como lienzo de pared luminoso, recortado en medio de tinieblas indistintas, igual al que la llamarada de una bengala o una proyección eléctrica iluminan y seccionan en un edificio cuyas demás partes permanecen sumidas en la noche: en la base, bastante amplia, el saloncito, el comedor, el comienzo de la obscura alameda por la que llegaría el Sr. Swann, autor inconsciente de mis tristezas… (Por la parte de Swann, p. 53)

Y, en cuanto hube reconocido el sabor del trozo de magdalena mojado en tila que me daba mi tía –aunque no supiera aún descubrir, y hubiese de aplazarlo para mucho más adelante, por qué me hacía tan feliz aquel recuerdo–, la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino al instante como un decorado de teatro a ajustarse al hotelito, que daba al jardín, construido para mis padres en su parte posterior –aquel lienzo de pared truncado que era lo único que había vuelto a ver hasta entonces– y, junto con la casa, la ciudad, desde la mañana hasta la noche y a todas las horas, la plaza, a la que me mandaban antes de almorzar, las calles por las que iba a hacer recados, los caminos por los que, si hacía bueno, nos internábamos, y, como en ese juego en el que los japoneses se divierten mojando en un tazón de porcelana lleno de agua trocitos de papel, hasta entonces indistintos, que, en cuanto los sumergen en el agua, se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se vuelven flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, también entonces todas las flores de nuestro jardín, las del parque del Sr. Swann, los nenúfares del Vivonne, la buena gente del pueblo, sus casitas, la iglesia, todo Combray y sus alrededores –todo aquello, que iba cobrando forma y solidez– salió –ciudad y jardines– de mi taza de té. (Por la parte de Swann, p. 58)

De momento, al colmarla de regalos, al hacerle favores, podía descansar –gracias a atractivos exteriores a su persona, a su inteligencia– de la agotadora solicitud para gustarle por sí mismo y aquel gozo de estar enamorado, de vivir exclusivamente del amor, de cuya realidad dudaba a veces –el precio con que, a fin de cuentas, la pagaba, como diletante de sensaciones inmateriales–, aumentaba su valor para él: así como vemos que personas no del todo convencidas de que el espectáculo del mar y el sonido de sus olas sean deliciosos dejan –tras alquilar por cien francos al día el cuarto del hotel que les permite disfrutarlos– de dudarlo y se convencen de la calidad, poco común, de sus gustos desinteresados. (Por la parte de Swann, p. 316)

“Me parece ridículo que un hombre de su inteligencia sufra por una persona de esa clase y que ni siquiera es interesante, pues, según dicen, es idiota”, añadió con la cordura de las personas no enamoradas, para quienes un hombre de talento solo debería sentirse infeliz por una persona que se lo mereciera; es más o menos como extrañarse de que nos dignemos sufrir del cólera porque lo comunique un ser tan pequeño como el vibrión. (Por la parte de Swann, p. 403)

Antes de salir de casa, dijo a mi madre: “Procura que haya una buena cena, recuerda que voy a traer a De Norpois.” Mi madre no lo había olvidado y, desde la víspera, Françoise –feliz de entregarse a ese arte de la cocina, para el que tenía, sin lugar a dudas, un don, y estimulada, por lo demás, por el anuncio de un comensal nuevo y sabiendo que debería preparar, con un método suyo exclusivo, “carne de vaca con gelatina”– vivía en la efervescencia de la creación; como atribuía extrema importancia a la calidad intrínseca de los materiales que debían entrar en la preparación de su obra, iba personalmente al mercado de Les Halles a buscar los mejores trozos de lomo y jarrete de vaca, de pie de ternera, así como Miguel Ángel pasó ocho meses en las montañas de Carrara eligiendo los bloques de mármol más perfectos para el monumento a Julio II. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 21)

Aquella tez pelirroja era la de su padre, hasta el punto de que la naturaleza parecía haber tenido que resolver –cuando Gilberte había sido creada– el problema de rehacer poco a poco a la Sra. Swann disponiendo solo –como materia– de la piel del Sr. Swann y la naturaleza la había utilizado perfectamente, como un ebanista que hubiese querido dejar a la vista el grano y los nudos de la madera. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 160)

A la vez José y Faraón, me puse a interpretar mi sueño. Sabía que en muchos de ellos no se debe tener en cuenta el aspecto de las personas, que pueden estar disfrazadas y haber intercambiado sus rostros, como esos santos mutilados de las catedrales que arqueólogos ignorantes han reconstruido colocando en el cuerpo de uno la cabeza de otro y mezclando sus atributos y sus nombres. Los que llevan las personas en un sueño pueden engañarnos. La persona a quien amamos debe ser reconocida en ellos solo por la fuerza del dolor sentido. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 236)

…pues, si, por tener demasiado calor, se abría –o incluso se quitaba y me la entregaba para que se la llevara– su chaqueta, que había pensado llevar cerrada, descubría yo en la blusa mil detalles de ejecución que habían estado a punto de pasar inadvertidos, como esas partes de la orquesta a las que el compositor ha dedicado todo su esmero, aunque nunca vayan a llegar a los oídos del público, o en las mangas de la chaqueta doblada en mi brazo veía yo –y me quedaba contemplando largo rato, por placer o por amabilidad– algún detalle exquisito: una franja de un color delicioso, un rasete malva habitualmente oculto a los ojos de todos, pero tan delicadamente confeccionados como las partes exteriores, como esas esculturas góticas de una catedral disimuladas en el reverso de una balaustrada a ochenta pies de altura, tan perfectas como los bajorrelieves del gran pórtico, pero que nadie había visto nunca hasta que, al azar de un viaje, un artista obtuvo permiso para subir a pasearse en pleno cielo, para dominar toda la ciudad, entre las dos torres. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 246)

…y, aunque nunca pudiera yo –ahora que estaba enfermo y no salía solo– hacer el amor con ellas, estaba feliz, de todos modos, como un niño nacido en una cárcel o en un hospital y que, tras haber creído durante mucho tiempo que el organismo humano sólo puede digerir pan seco y medicamentos, acaba de enterarse de repente de que los melocotones, los albaricoques, las uvas no son un simple adorno del campo, sino también alimentos deliciosos y asimilables. Aunque su celador o su enfermero no le permitan recoger esas hermosas frutas, no por ello deja de parecerle mejor el mundo y más clemente la existencia, pues un deseo nos parece más hermoso, nos apoyamos en él con más confianza, cuando sabemos que, fuera de nosotros, la realidad se ajusta a él, aunque para nosotros resulte irrealizable. (A la sombra de las muchachas en flor, p. 332)

Durante las largas tardes, el mar estaba suspendido frente a ellos como una simple tela de un color agradable colgada en el saloncito de un rico soltero y en el intervalo entre jugadas uno de los jugadores, no teniendo nada mejor que hacer, alzaba los ojos hacia ella para obtener una indicación sobre el buen tiempo o sobre la hora y recordar a los otros que la merienda estaba esperando y por la noche no cenaban en el hotel, en el que, como las luces eléctricas hacían manar a raudales la luz en el gran comedor, este se volvía como un inmenso y maravilloso acuario delante de cuya pared de cristal la población obrera de Balbec, los pescadores y también las familias pequeñoburguesas, invisibles en la sombra, se apretujaban contra el cristal para vislumbrar –lentamente balanceada en remolinos de oro– la lujosa vida de aquellas personas, tan extraordinaria para los pobres como la de peces y moluscos extraños (una gran cuestión social es la de si la pared de cristal protegerá siempre el festín de los animales maravillosos y si las personas obscuras que los contemplan con avidez en la noche no irán a cogerlos en su acuario y comérselos). (A la sombra de las muchachas en flor, pp. 296-297)

Como estaba solo, me quedé simplemente delante del Grand-Hôtel esperando el momento de ir a reunirme con mi abuela, cuando –casi en el extremo aún del malecón, en el que formaban una singular mancha en movimiento– vi avanzar a cinco o seis muchachas tan diferentes en aspecto y modales de todas las personas a las que estábamos habituados en Balbec como podría haberlo sido en la playa una bandada de gaviotas, de procedencia desconocida, que hubieran ejecutado con pasos contados –y las rezagadas alcanzarían a las otras revoloteando– un paseo cuyo fin habría parecido tan obscuro a los bañistas, a quienes no parecerían ver, como claramente determinado para sus espíritus de aves. (A la sombra de las muchachas en flor, pp. 421-422)

El caso es que me azoraban algunas de sus miradas, de sus sonrisas. Podían significar costumbres relajadas, pero también la alegría un poco tonta de una joven vivaracha, pero con un fondo honesto. Como una misma expresión, del rostro y del lenguaje, puede entrañar diversas acepciones, yo vacilaba como un alumno ante las dificultades de una traducción del griego. (A la sombra de las muchachas en flor, pp. 529-530)

Daban las doce del mediodía y por fin llegaba Françoise. Y, durante meses seguidos, en aquel Balbec que tanto había deseado yo, porque solo lo imaginaba batido por la tormenta y perdido en las brumas, el buen tiempo había sido tan esplendoroso y tan fijo, que, cuando venía a abrirme la ventana, había podido siempre esperar encontrarme sin falta el mismo lienzo de sol plegado en el ángulo de la pared exterior y de un color inmutable que era, como signo del verano, menos emocionante que sombrío, como el de un esmalte inerte y facticio y, mientras Françoise quitaba las pinzas de los montantes, retiraba las telas y abría las cortinas, el día estival que descubría parecía tan muerto, tan inmemorial, como una suntuosa y milenaria momia que nuestra vieja sirvienta hubiera desfajado con precaución de todos sus paños, antes de hacerla aparecer embalsamada en su traje de oro. (A la sombra de las muchachas en flor, pp. 611-612)

¡Qué feliz sería quien pudiese escribir semejante libro!, pensaba yo. ¡Qué tarea tendría por delante! Para dar una idea de ella, habría que recurrir a las comparaciones con las artes más elevadas y más diferentes, pues ese escritor, que, por lo demás, presentaría –para cada carácter– las facetas opuestas, para mostrar su volumen, debería preparar su libro, minuciosamente, con perpetuas reagrupaciones de fuerzas, como una ofensiva, soportarlo como una fatiga, aceptarlo como una regla, construirlo como una iglesia, seguirlo como un régimen, vencerlo como un obstáculo, conquistarlo como una amistad, sobrealimentarlo como a un niño, crearlo como un mundo, sin dejar de lado esos misterios que probablemente solo tengan explicación en otros mundos y cuyo presentimiento es lo que más nos emociona en la vida y en el arte. Y en esos grandes libros hay partes que solo han tenido tiempo de ser esbozadas y que seguramente nunca serán acabadas, por culpa de la amplitud misma del plan del arquitecto. ¡Cuántas grandes catedrales han quedado inacabadas! (El tiempo recobrado, pp. 405-406)

Hace cien años, Proust puso la última piedra de su catedral. Esta pieza cumpliría su propósito si anima a algún lector a visitarla de nuevo o por primera vez. ~


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