Dos fardos: positivismo e historicismo

Historiografía, temporalidad y saber histórico

Guillermo Zermeño Padilla

Universidad de Zaragoza

Zaragoza, 2025, 310 pp.

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El último libro de Guillermo Zermeño, Historiografía, temporalidad y saber histórico, editado por la Universidad de Zaragoza, propone una venturosa conjunción de crítica y homenaje. Por medio de la crítica, el historiador expone la crisis de una conceptualización de la disciplina historiográfica, demasiado dependiente de las viejas coordenadas del positivismo. A través de los homenajes, el libro rescata las voces de algunos maestros: Siegfried Kracauer, Michel Foucault, Michel de Certeau y Reinhart Koselleck, con los que Zermeño dialoga desde hace décadas.

El libro proyecta la crítica tanto sobre las herencias positivistas de la historia académica, que insisten en no distinguir la disciplina dentro del campo de las ciencias sociales, como sobre los espejismos ideológicos que, desde otro flanco, buscan reducir las humanidades a la propaganda. La reflexión sobre las mutaciones del concepto de archivo resulta de la mayor pertinencia para acompañar ambos acentos de la crítica.

Llama la atención Zermeño sobre una paradoja de nuestro tiempo: mientras los archivos se vuelven digitales y, por tanto, licúan su vieja materialidad o positividad, se le exige a la historia académica una reafirmación cientificista que entre en contradicción con el lugar de enunciación del saber histórico. No hay, en este libro, un llamado a la vuelta de la narrativa en la historia, como en su momento hicieron Lawrence Stone o Hayden White, sino una cabal comprensión de la contigüidad de la escritura de la historia con el trabajo literario.

Recuerda Zermeño que no por casualidad muchos escritores contemporáneos, como Emmanuel Carrère, Junot Díaz, Javier Cercas o Juan Gabriel Vásquez, postulan la ficción real como una ruta de reconstrucción histórica del pasado. Esa es la respuesta que encuentran los escritores a la desestabilización de las temporalidades que se vive a principios del siglo XXI. Esta aproximación de la literatura a la historia convergería con un movimiento de lo histórico hacia lo literario, donde el historicismo y el positivismo serían las dos caras de una vieja moneda.

Zermeño observa el efecto pernicioso de esa yuxtaposición entre historicismo y positivismo en la historiografía nacionalista mexicana. Tanto en las ideologías de la memoria nacional como en la propia historiografía académica se ha suscrito la letra y el espíritu del Acta de Independencia del Imperio Mexicano, del 28 de septiembre de 1821, según la cual, algo llamado “nación mexicana” recuperaba una soberanía perdida con la conquista española, después de trescientos años de opresión.

Ese mito poderoso, que sobrevive hasta nuestros días en el lenguaje político, encuentra ecos no solo en Ranke, Dilthey, Meinecke y otros clásicos del historicismo, sino en Johann Gustav Droysen, más atento al papel de la memoria en la trasmisión de una ideología de Estado a través de la educación. En algún momento, Zermeño sugiere que Agustín de Iturbide sea entendido como un positivista avant la lettre.

Encuentra Zermeño un primer intento de salida al laberinto del historicismo en el estadounidense Arthur C. Danto, filósofo del arte, quien incursionó en la filosofía analítica de la historia. Danto insistía en que no era el pasado, sino el futuro el terreno en disputa entre filósofos e historiadores: lo decisivo no era la reconstrucción de lo sucedido, sino la forma en que esa reconstrucción postulaba o interpelaba una imagen del porvenir.

Sin embargo, observa Zermeño escapes más airosos a las trampas del historicismo y el positivismo en la obra Siegfried Kracauer, cercano a Walter Benjamin y Ernst Bloch en la primera etapa de la Escuela de Frankfurt. Kracauer escribió sobre la fotografía, el cine y la danza, pero también sobre las masas asalariadas en Alemania. Interesa en particular a Zermeño la definición de la historia de Kracauer como el “saber de un espacio intermedio”, entre la ciencia y el arte, que correspondería al de “las últimas cosas antes de las últimas”.

Se trata de un atisbo antiteleológico, para el cual el fin no es el fin, pero tampoco un medio, sino una instancia siempre inacabada, en proceso de construcción perpetua. Por tres vías radicalmente distintas, Michel Foucault, Michel de Certeau y Reinhart Koselleck llegaron a formulaciones semejantes: Foucault por medio del reemplazo de la historia epistemológica de la ciencia por una arqueología de las formaciones discursivas, que permitía el reconocimiento de una multiplicidad de saberes; De Certeau a través de “una experiencia –cito a Zermeño–, que probaba la imposibilidad de reducir la alteridad radical del pasado al presente”; y Koselleck, reformulando la noción de un “futuro-pasado” que resume la superposición de temporalidades en el trabajo histórico.

Hacia el final de su libro, Zermeño introduce un breve pasaje mexicano, que queda como insinuación de un nuevo libro. Ahí glosa ideas sobre la historia de historiadores como Silvio Zavala y Daniel Cosío Villegas, fundadores de El Colegio de México y del Centro de Estudios Históricos. Pero en quien encuentra mayores sintonías con el linaje de la crítica histórica aquí descrita no es en ellos dos, sino en Edmundo O’Gorman. En el ensayo Crisis y porvenir de la ciencia histórica (1947) de O’Gorman, halla Zermeño una noción de crisis, equivalente a la de Koselleck, “que no es algo coyuntural o externo a la historia, sino que es inmanente al mismo proceso en la que esta aparece”. ~


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