Cuando hay guerra, la guerra lo cubre todo, pero solo para quien la sufre. Una mirada extrañada quedaría obturada por el cúmulo de destrucción y muerte. Pero no necesariamente estas personas conectarían con el sentimiento de dolor e incertidumbre que viven las víctimas, con sus quehaceres y digresiones, tampoco con sus momentos de asueto y tedio.
Ya sabemos que desde fuera la tragedia se concibe como un espectáculo mórbido, sobre todo si el lugar está lejos y no se tiene ninguna referencia cercana ni conocida. En este caso en Europa y a setecientos kilómetros de Viena.
A comienzos de los años noventa, para los europeos, Bosnia y Herzegovina estaba cerca, igual que lo está ahora, pero muy lejos mentalmente. Como un juego de espejos catatónico, los sarajevitas sabían cómo los observaban, con una mezcla de incredulidad, paternalismo y algunos gestos de compasión, pero también como a una masa deforme de víctimas, una amalgama sin nombres ni apellidos.
Semezdin Mehmedinović es un autor bosnio, de los que se quedó con su familia en el Sarajevo asediado, durante 44 meses, por el Ejército serbo-bosnio –arrastraría el cargo de conciencia de que su hijo Harun pasara por ello–. Parecían causarle repulsa los fotorreporteros internacionales (“monos de feria con cámaras Nikon”), que en su ambición ansiaban la instantánea efectista; también le enervaba todo el politiqueo en torno al conflicto, mientras sus conciudadanos escuchaban la radio anhelando la paz.
Leyendo a Mehmedinović, uno reafirma la idea de que la guerra solo pertenece a quienes la han vivido en su patria espiritual, y a casi nadie más.
Después de la buena acogida de Diarios del olvido, la editorial Deleste publica Sarajevo blues, ambos traducidos por Marc Casals. Esta última obra relata episodios dispersos, entradas a descripciones, reflexiones y pensamientos varios, inspirados durante y por el asedio. La obra de Mehmedinović está compuesta por un glosario de diapositivas junto con una colección de poesías –que también se retrotrae a una etapa anterior a la guerra en Zenica como bibliotecario– y las excelentes fotografías de Milomir Kovačević, quien tiene la bula de ser un fotógrafo local. Al final hay una entrevista entre el autor y el traductor.
La literatura sobre el asedio es un género literario en sí misma. Hay muchas obras de autores locales que nos acercan al sitio desde la ficción y desde la no ficción –algunas todavía no traducidas al español–: Sarajevo. Diario de un éxodo, de Džezvad Karahasan; El diario de Zlata, de Zlata Filipović; Sarajevo para principiantes, de Ozren Kebo; Plegaria en el asedio, de Damir Ovčina; o Sarajevo Marlboro, de Miljenko Jergović. Este último defiende que La peste de Albert Camus también serviría para hacerse una idea del asedio más largo de la historia moderna después del de Stalingrado.
Estos autores narran el asedio como un cuaderno de retales, como si la vida en aquellos días fuera discontinua. Tal vez porque uno es consciente de que la existencia empieza y acaba a cada momento. Uno oye granadas, disparos, explosiones y ve cuerpos yaciendo en el suelo. Son señales terroríficas que te mantienen alerta y que te trauman para siempre. Cualquiera diría que a todo se acostumbra el ser humano. No es cierto. Mucho menos si el testigo es un alma cuerda y sensible.
El texto combina delicadeza y sofisticación. Es una ventana hacia ese abismo, como quien mira a escondidas tras una puerta. Su poesía no aspira a convertirse en una voz etérea y onírica; todo lo contrario: es un atlas de incidencias sobre una catástrofe moral y emocional.
Mehmedinović prefiere ser periodista en la literatura y literato en el periodismo. Es meritorio escribir en tiempos de guerra, pero en él parece haber una necesidad incontrolable de relatar la realidad, sus contrastes y contradicciones. Quiere evitar que la verdad se le escape entre los dedos o que llegue cualquier aprovechado y la falsifique. Sin embargo, entre líneas se lee una interpretación sardónica y liviana de la existencia, frente al maximalismo de las palabras gruesas y lo trascendente. El autor huye del patetismo, para perfilarse hacia lo paradójico y ensalzar los detalles hacia una poderosa simbología de la estupidez, la dignidad y la supervivencia en la guerra.
Ni la selección de temáticas ni el estilo pretenden dramatizar un contexto que ya es dramático; de hecho, por momentos, hasta se podría decir que hay una desmitificación del horror bélico, porque el dolor es real, las miserias humanas quedan expuestas y la arena social parece dominada por la banalidad. El resultado, incluso en las referencias más líricas, es epidérmico. Las latas vacías, las velas en un cuarto, la pérdida de peso, los libros como parapetos, las goteras en las casas, la falta de aire al recorrer el túnel de Sarajevo, los regueros de sangre limpiados por la lluvia, los disparos de los francotiradores desde el cementerio judío, los escaparates allanados por las botas militares o las motosierras como aullidos lejanos son pasajes terrenales y radicalmente vivenciales. La literatura de Mehmedinović tiene los pies en la tierra.
Sarajevo blues no deja de ser un grito sordo para la posteridad: incluso los sistemas aparentemente más sólidos son frágiles. Sus referencias a Radovan Karadžić, Miroslav Toholj o Emir Kusturica son llamadas de atención, sobre la frontera borrosa entre el arte creativo y la indecencia. Con un enfoque de pandilla de barrio, nos cuenta que estamos en manos de hombrecillos de doble moral, oportunistas y aviesos.
Aleksandar Hemon, en El libro de mis vidas, narraba su desazón cuando Nikola Koljević, el mayor experto yugoslavo en Shakespeare, se convirtió en uno de los personajes insignes de la ruptura de la convivencia en Bosnia y Herzegovina. A nadie le puede extrañar que Mehmedinović desconfíe de las metáforas cuando vio a tantos amigos y paladines de la cultura inflados de odio, a su profesor de literatura “jugando al fútbol con la cabeza de un musulmán decapitado”.
El escritor se transforma sin quererlo en el forense de un cadáver ideológico, acelerado en su putrefacción por la guerra. Por eso los autores yugoslavos y posyugoslavos miran al futuro con suspicacia. La guerra pareció devolverlo todo a la incivilización. Una sociedad que fue alzada hasta lo más alto fue precipitada al vacío. El hecho de que el autor lo predijera no le salvó de la inclemencia de los comportamientos crueles y arbitrarios.
Sarajevo invita a un exceso de trascendencia e historia que lleva a muchos a proyectarla en el idealismo, en una especie de arcadia exótica que parece tan lejana como Jerusalén. Mehmedinović, ya en 1992, llegaba desde el futuro para enmendar nuestro silencio actual, sobre la desdicha de una periferia que no lo es, para narrar que los asedios son de carne y hueso y que la poesía puede doler en cualquier parte. No debe acabar en el sumidero de la historia. ~