Virtud retroactiva (contra la impostura moral)

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En cierta ocasión la fallecida periodista Victoria Prego, para dibujar la diferente forma en que la generación de su hermana mayor y la suya propia vivieron, siendo jóvenes, la incipiente revolución sexual que empezaba a abrirse paso en nuestro país a finales de los años sesenta del pasado siglo, echó mano de una conocida afirmación (hasta donde yo sé, de autor impreciso): “Cuando ellas decían no querían decir sí, cuando nosotras decíamos sí queríamos decir no.” Tal vez pueda resultar de alguna utilidad clarificadora evocar dicha afirmación en estos tiempos, en los que, al rebufo del movimiento #MeToo, tanto se ha criticado el argumento utilizado por algunos hombres para exculparse o, cuando menos, para rebajar la importancia de comportamientos pasados que en nuestros días se consideran inequívocamente censurables. El razonamiento, bien conocido por reiterado, apela al hecho de que en su momento tales comportamientos, lejos de recibir el más mínimo reproche social, formaban parte de una normalidad aceptada de manera generalizada.

Con toda seguridad un debate planteado en tales términos se encuentra hoy irreversiblemente envenenado. Entre otras razones porque el cinismo de algunos depredadores sexuales, que se han acogido al mencionado argumento para intentar justificar su injustificable conducta, ha terminado por viciar cualquier debate en el que se pretendiera introducirlo. De ahí que pueda ser preferible desplazar la dicusión a otra cancha de juego, como la que la afirmación inicial de Victoria Prego permite diseñar. Por lo pronto, esta sitúa la cuestión en un ámbito distinto al más habitual. Se da por descontado que tanto la actitud de las que en un momento dado decían que no como la de las que, algo después, decían que sí respondía a decisiones libres (siempre dentro de lo que cabe, claro). Quiere decirse que el malestar que ambas expresarían años más tarde no quedaba atribuido en ningún instante a la persona a la que se había rechazado o aceptado, sino, si acaso, al clima de opinión que se vivía en la época y en el ambiente correspondientes, clima que las protagonistas aceptaban haber interiorizado. Con otras palabras, tanto en un caso como en otro –tanto el rechazo como el consentimiento– eran comportamientos por completo asumidos por las protagonistas.

Obviamente, no se trata de universalizar esta plantilla y dar por descontado que todas las mujeres se han encontrado siempre en disposición de poder decir con libertad sí o no, cosa ostentosamente falsa. Pero que no siempre haya sido así no equivale a afirmar que no lo haya sido nunca ni para nadie. A este respecto, lo que puede resultar esclarecedor es constatar en qué forma en nuestros días no son pocas las que, habiendo dispuesto –ellas sí– de la posibilidad de decidir sin coerciones (fuera de las ambientales, por supuesto, pero nadie se libra de ellas en ninguna época), llevan a cabo una específica y significativa revisión de su pasado. Una revisión que va en la dirección de renunciar a su condición de personas plenamente responsables de conductas que en su momento recibían el elogio de determinados sectores (sobre todo de izquierdas, por presuntamente revolucionarias en materia de costumbres, avanzadas, iconoclastas o calificativos similares) para acogerse a alguna variante de minoría de edad kantiana que cumpla la función de evitar la valoración negativa que en la actualidad podrían recibir esos mismos comportamientos.

Acaso deberíamos en algún momento colocar el foco sobre un aspecto de la cuestión al que no se suele prestar la debida atención. Me refiero al signo de las valoraciones más comúnmente aceptadas en la sociedad actual, signo que, a poco que se piense, está lejos de ser inequívoco. Porque, junto a algunas que constituyen, de forma incuestionable, el reflejo de un avance (por ejemplo, en materia de derechos), es asimismo evidente que otras valoraciones están lejos de merecer la misma consideración positiva. Precisemos que no se trata de una circunstancia que transcurra en el ingrávido e intangible mundo de las ideas, sino que mantiene una profunda conexión con fenómenos que transcurren en otros ámbitos. Es el caso de la tan reiterada denuncia del auge de la derecha (extrema y no tan extrema), cuyos efectos no solo tienen lugar en la esfera política o jurídica, sino también en la ideológica, concretamente, para el caso al que nos estamos refiriendo, en el más específico plano de las opiniones morales.

Llegados a este punto, el problema reside en que se podría estar produciendo una inquietante coincidencia entre posiciones que, al menos sobre el papel, se reclaman de los dos extremos del arco ideológico-político. Sería el caso de la actitud puritana en determinadas materias, que parece evidente que está experimentando un importante repunte de un tiempo a esta parte. Habría que plantearse seriamente la posibilidad de que en el particular negacionismo autobiográfico al que aludíamos se haya producido una contaminación de esos discursos profundamente reaccionarios que parecen estarse extendiendo como mancha de aceite en nuestra sociedad.

Advirtamos que tales discursos no se presentarían explícitamente como tales (a fin de cuentas, la tesis del fin de las ideologías, postulada hace décadas por Daniel Bell, ha obtenido un triunfo incontestable), sino que, en cierto modo, operarían por defecto. Sabemos la forma vergonzante que en estos tiempos adopta el reproche moral a determinados comportamientos: “yo no tengo nada contra quienes…, cada cual que haga lo que se le antoje, pero yo no soy persona de…” (póngase en los puntos suspensivos el comportamiento –por lo general promiscuo, de relaciones fugaces o cosas similares– que se pretenda, taimadamente, censurar).

Al problema de la ambigua equivocidad de determinados planteamientos habría que añadir la resistencia que ofrecen a la falsación (incluida la falsación propia, lo que no deja de constituir una variedad del autoengaño). De hecho, nos encontramos con uno más de los efectos que provoca en nuestros días haber aceptado utilizar como criterio incontestable de realidad la forma en la que cada cual se siente. Y, si eso vale para algo tan trascendental como la atribución de género (en el que se puede llegar a aceptar la existencia de un género fluido y cambiante, acorde a cómo puedan ir variando las sensaciones de la persona en cuestión), cómo no va a valer para tipificar una conducta en particular y convertir en forzada la que cualquier testigo hubiera considerado como consentida.

El resultado final es que el negacionismo autobiográfico termina legitimando una variante de puritanismo moral, de tal manera que no es raro que buena parte de las que ayer presumían de liberadas del yugo de las ideas represivas gusten hoy de aparecer, con efectos retroactivos, como virtuosas defensoras de un modelo de virtud conservador. Y si algo sobra, por cierto, son ejemplos ilustrativos de semejante actitud. Así, cada vez que salta a los medios de comunicación algún escándalo pasado protagonizado por un personaje público, surgen abundantes voluntarias, conocidas precisamente por el vínculo que en su momento mantuvieron con el personaje ahora denostado, dispuestas a testificar mediáticamente en contra de aquel con argumentos tan lábiles como el de que “nunca se sintieron cómodas”.

Por supuesto que resulta perfectamente legítimo volver autocríticamente sobre el propio pasado, sin acogerse al exculpatorio discurso de una minoría de edad mental (no se ha aludido en vano hace un momento a la ambigua equivocidad de ciertos planteamientos). En realidad, la cuestión nunca ha sido el qué sino el cómo. O, tal vez mejor dicho, el en nombre de qué. Porque nada tienen que ver el negacionismo neopuritano que hemos venido comentando hasta aquí con otros planteamientos, por más que aquel haya intentado a menudo apropiárselos pro domo sua. Pienso en el tratamiento de estas cuestiones que han hecho quienes han criticado la llamada “cultura del sexo casual” (cuyo epítome sería el eslogan “todas disponibles”) en nombre justamente de que la revolución sexual iniciada en Occidente a mitad del siglo XX en buena medida no habría cumplido con sus promesas de efectiva liberación de la mujer. La crítica que plantean, lejos de pretender subrepticiamente el restablecimiento de ninguna situación anterior, presentada falazmente como una Arcadia feliz perdida, denuncia determinadas formas de la presunta liberación sexual contemporánea por no ser otra cosa que la adaptación de la lógica del mercado más ultraliberal al ámbito íntimo. (Entre nosotros, Rosa María Rodríguez Magda, con solventes argumentos de autoridad, ha señalado hasta qué punto colocar el consentimiento en el centro del debate, como algunos alardean de hacer, implica asimilarlo a un contrato sexual implícito. Contrato al que, para más inri, subyace una visión de la sexualidad francamente cuestionable, en la que el hombre desea y la mujer, pasivamente, se limita a consentir o no.)

De ahí que podamos concluir que sería un paradójico signo de nuestro tiempo que propósitos sin duda bienintencionados, como los defendidos en su momento por el #MeToo, hubieran podido acabar siendo un instrumento en manos de la peor derecha para imponer en la sociedad marcos mentales reaccionarios. Como no estará de más la puntualización para evitar innecesarios malentendidos en un tema tan espinoso como este, añadamos que no hemos pretendido cuestionar en ningún momento aquí el objetivo de aquel movimiento, sino tan solo determinados métodos empleados para alcanzarlo (como sería –pongamos un ejemplo paradigmático– la sustitución de la presunción de inocencia por la presunción de culpabilidad). Pero, precisamente por el enorme respeto, atención y cuidado que se merecen las auténticas víctimas de cualquiera de las formas de violencia sexual, no deberíamos permitir que, sin el menor derecho real a hacerlo, cualquiera pudiera hacerse pasar por tal. Lo más grave quizá no sea lo que una pretensión así pueda tener de banalización tanto de la violencia sexual como de sus víctimas, sino lo que efectivamente tiene de ejercicio de lo que bien merecería ser calificado como impostura moral. ~


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