Vivir como animales

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Lucy Cooke

La inesperada verdad sobre los animales

Traducción de Francisco José Ramos Mena

Barcelona, Anagrama, 2019, 448 pp.

“Tenemos la costumbre de ver el reino animal a través del prisma de nuestra propia y más bien limitada existencia […] La vida adopta una soberbia multitud de formas extrañas, y hasta las más simples requieren una interpretación compleja”, dice Lucy Cooke en La inesperada verdad sobre los animales, su hilarante y conmovedor compendio de hallazgos, malentendidos y anécdotas sobre los terrícolas no humanos. Acostumbrados como estamos los habitantes del siglo XXI a pensar que lo sabemos todo es, en efecto, inesperado lo que se halla entre sus páginas en torno a nuestros vecinos planetarios. Aunque, por desgracia, no es ninguna sorpresa en cuanto a lo que los seres humanos revelamos de nosotros a partir de nuestra conducta hacia ellos.

El libro, a decir de su autora, es una suerte de “zoológico de incomprendidos”, una reunión de especies (anguilas, castores, perezosos, hienas, buitres, murciélagos, ranas, cigüeñas, hipopótamos, alces, pandas, pingüinos y chimpancés) cuya reputación ansiaba salvar o, al menos, aclarar las ideas erróneas que la gente se ha hecho de ellas. Debido a los prejuicios humanos (o quizá sea mejor decir a la falta de juicio), varios de estos animales gozan de poca simpatía y, por ende, carecen del apoyo para su estudio y conservación que sí favorece a otras especies en estos tiempos de extinción masiva. Otros, en cambio, tienen una serie de virtudes impuestas y engañosas que los ponen en riesgo tanto a ellos como a las personas. Es el caso de los pandas, cuyo aparente desinterés para la reproducción en cautiverio dista mucho de las extravagantes prácticas sexuales que realizan en su hábitat, un placer incompatible con su función de agentes diplomáticos de China para el mundo; o el de los pingüinos, utilizados por los grupos religiosos en Estados Unidos para captar fieles con el documental El viaje del emperador que, según el crítico de cine conservador Michael Medved, es “la película que más apasionadamente afirma las normas tradicionales como la monogamia (heterosexual), el sacrificio y la crianza de los hijos”, cuando en realidad también pueden ser homosexuales. Y es también el caso de los hipopótamos, cuya natural fiereza ha sido diluida por su recurrente papel de bonachón en las caricaturas infantiles, lo que ha provocado perturbadores encuentros con la población colombiana después de que el narcotraficante Pablo Escobar los importara de África.

Cooke es una eminente zoóloga que ha sido presentadora de documentales de televisión, esos que aún solemos mantener como tapiz de fondo durante nuestras actividades cotidianas y que, con sus valientes anfitriones, digeribles Top 10 y potentes cámaras, nos dan la sensación de que la verdad ya nos ha sido dada, de que hoy más que nunca es fácil desentrañar los misterios del mundo animal. Desde luego, esa idea dista mucho de la realidad, y este libro también es un homenaje al conocimiento de la naturaleza construido por numerosas personas a lo largo de la historia. Lo interesante es que la autora hace este reconocimiento entretejiéndolo con una justa crítica a los métodos que la humanidad ha utilizado (y sigue utilizando) para alcanzarlo: el afán de dominio, la arrogancia y la antropomorfización como único camino hacia la empatía: “pintar el reino animal con nuestra brocha ética artificial equivale a negar la asombrosa diversidad de la vida en todo su esplendor”.

La historia de nuestra curiosidad es, también, la de nuestra crueldad. Basta leer acerca de los experimentos a los que el sacerdote italiano Lazzaro Spallanzani sometió a los murciélagos durante el siglo xviii, unas criaturas de las que el célebre naturalista Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (el bufón predilecto de Cooke a lo largo de todo el texto, por cierto) dijo en su enciclopedia: “Un animal como el murciélago, que es mitad cuadrúpedo y mitad pájaro, y que en resumidas cuentas no es ni lo uno ni lo otro, por fuerza tiene que ser monstruoso.” Esta presunción, ligada al mito de que los quirópteros chupaban litros de sangre cada noche y eran cosa del diablo, pareció ser suficiente para ejercer todo tipo de crueldades contra ellos en pos de saber qué los hace capaces de orientarse con tanta eficacia en la oscuridad. Si La inesperada verdad sobre los animales se tratase únicamente de enumerar atrocidades sería un libro un tanto repelente, sin embargo, la autora es partidaria de los matices: no hay un solo animal que no evidencie el sufrimiento directo o indirecto que le han infligido los seres humanos, como tampoco lo hay que no nos obsequie un entendimiento más completo e iluminador. Cooke les devuelve la dignidad (y mantiene el interés de la comunidad lectora) gracias a su estrategia discursiva principal: el sentido del humor. De los mismos murciélagos, por ejemplo, se burla un poco: “Dado que mi primera cita con un quiróptero fue con el Dirk Diggler (el actor porno) de los murciélagos, pensé que quizá podría formarme una opinión ligeramente sesgada de estos animales.” Pero también nos revela que regurgitan sangre coagulada para alimentar no a sus parientes, sino a desconocidos que no hayan tenido la misma suerte al buscar el sustento. “En el seno de esta comunidad en la que unos cuidan de otros y vomitan y comparten sangre, los murciélagos comparten vínculos entre sí.” Además, afirma, son amantes generosos, exterminadores de plagas y polinizadores de flores y frutos, en suma, muy valiosos para mantener la vida en la Tierra. El papel que este animal ha tenido en la transmisión del coronavirus no debería renovarlo como agente del Mal, sino enfrentarnos a la conflictiva relación que existe entre la devastación de áreas naturales, la alimentación y la riesgosa cercanía de las personas que termina por desplazar a los animales.

Por otra parte, es un respiro que la curiosidad humana no haya cedido del todo a la brutalidad. Por cada naturalista con tendencias sádicas hay una voz contemporánea que respeta lo no humano sin abandonar la productiva intriga de lo científico. Así, es posible conocer que los hipopótamos secretan su propio protector solar, una sustancia roja y viscosa que Plinio el Viejo confundió con la sangre; que la “pereza” de los perezosos los hace uno de los organismos más exitosos en términos evolutivos (han durado aquí unos treinta millones de años); que el excremento de los buitres, con el que suelen cubrir sus patas, los mantiene libres de infecciones. Es notable que muchas de estas voces son de mujeres especialistas en sus respectivas disciplinas, y contrastan con las voces categóricas masculinas de los tiempos pasados. Voces que de alguna manera otorgan una perspectiva más humilde ante expresiones peyorativas del tipo vivir como animales: ¿no sería conveniente en muchos aspectos que la humanidad fuese capaz de habitar el mundo de una forma más cercana a la suya? Aunque tampoco es conveniente caer en la tentación de idealizarlos, como nos advierte Cooke cuando relata su encuentro con los chimpancés: “De alguna manera me resultaban increíblemente familiares y desconocidos a un tiempo: eran como nosotros, y a la vez diferentes de nosotros. El efecto era fascinante y emotivo de un modo raro. Sentí un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos […] Mi ensoñación se vio interrumpida por el sonido de un pedo.” ~

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