Copio las últimas líneas de Los recuerdos del viejo Jack, de Wendell Berry, que ha publicado Chai editora con traducción de Juan Nadalini: “la obstinación con la que Jack se quedó con ellos hasta el final, la lealtad hacia aquellos que lo iban a sobrevivir, y eso que tal vez hasta ahora ninguno había atinado a reconocer como bondad, una bondad pertinaz hacia su gente y hacia ese lugar en el que trabajan. Saben que los recuerdos del viejo Jack los unen entre sí con una certeza y en una pérdida compartidas. Falta mucho para que alguien parecido vuelva a habitar este mundo, y no se olvidarán nunca de él”. Es el final de la novela, y esas palabras están dedicadas a Jack, en quien el ojo de Berry se detiene especial pero no únicamente, pero bien podrían haberse usado para despedir al escritor, que murió el pasado 2 de septiembre a los 92 años. Berry dedicó un ciclo de novelas a contar ese lugar ficticio, Port William, inspirado en el lugar donde él vivía, Port Royal, Kentucky, donde nació y a donde volvió después de una temporada en Nueva York en los años sesenta. Como todos los jóvenes, allí llegó para hacerse escritor. Pero no encontraba en la ciudad lo que sí le daba Port Royal: historias y personajes en los que basarse para sus novelas. Wendell Berry (1934-2026) fue también poeta y ensayista; en Errata naturae publicaron el volumen El fuego del fin del mundo en 2020, donde Berry escribe: “Nunca había dejado de escribir sobre mi lugar de origen, y a esas alturas ya me había reconocido a mí mismo que probablemente lo seguiría haciendo el resto de mi vida. Kentucky era mi destino –y ni siquiera uno por completo satisfactorio, aunque muchas cosas me satisfacían de él–: un destino que no podía dejar atrás por el mero hecho de mudarme a otro lugar, y que me sentía obligado a mirar de frente y a tratar de comprender a toda costa. Pero, aún más importante: era un lugar que seguía amando y del que deseaba volver a formar parte.” Y así lo hizo: trabajó la tierra en Port Royal, escribió novelas, escribió poemas, escribió ensayos que son una filosofía de vida, que era la que él mismo había puesto en práctica: creía de verdad que para hacer del mundo un lugar mejor la solución pasaba por “economías adaptadas al ámbito local, basadas en la naturaleza local, la luz solar local, la inteligencia local y el trabajo local”. “A sus enemigos les gustaba fingir que ambas cosas eran ciertas, pero lo que probablemente más les disgustaba de él era que realmente ponía en práctica lo que predicaba. Berry nunca se compró un ordenador ni utilizó un smartphone, no viajaba en avión y vivía y trabajaba en la pequeña comunidad rural a la que dio vida con sus palabras. Incapaces de tacharlo de hipócrita, sus críticos tuvieron que conformarse con llamarlo ‘fósil poco realista’, aferrado a un pasado muerto. Pero no había nada de irrealismo en Wendell Berry, que no estaba entregado a ninguna fantasía romántica. Estaba entregado a unas vidas humanas reales y al trabajo humano real, en comunidades reales y vivas”, ha escrito Paul Kingsnorth, primer editor en Reino Unido de la obra de Berry.
Además de ese volumen de ensayos, pueden encontrarse en español dos de las novelas de Port William, Los recuerdos del viejo Jack y Vida de Hannah Coulter; Hannah aparece en la primera, pero no hace falta leer una para leer la otra, son piezas autónomas de un mismo universo, con un mismo tema que las une más allá de las dichas y desdichas íntimas y colectivas, del trabajo de sol a sol, de los nacimientos y las muertes prematuras: el fin de un mundo. Lo que cuentan las novelas de Berry –al menos las dos que he leído– es la muerte de la escala humana en el trabajo en el campo. Se ve de manera muy clara en Vida de Hannah Coulter, que transcurre unos cuantos años después que Los recuerdos del viejo Jack, de ahí que sea más explícita y haga más hincapié en el cambio de la explotación posibilitado por los avances tecnológicos. Hay una especie de digna resignación en el modo en que cuenta ese ocaso, un poco como si dijera: es ley de vida, así son las cosas, esto fue lo que elegimos. “Mi abuela, que nunca fue al instituto, estaba desesperada por que yo fuera. Y yo, que nunca fui a la universidad, estaba desesperada por que fueran ellos [mis hijos]. Nathan, que nunca fue a la universidad tampoco, tenía menos ambiciones para nuestros hijos que yo, pero estaba de acuerdo conmigo. Los dos queríamos que fueran porque sentíamos que se lo debíamos. Esa era la explicación que nos dábamos y hacíamos sacrificios para mandarlos […]. Nunca se nos ocurrió a ninguno de los dos que así podríamos perderlos. El camino de la educación te aleja del hogar. Es lo que aprendimos de la educación de nuestros hijos”, se lee en Vida de Hannah Coulter. Lo que explican las novelas de Berry es una paradoja: el progreso (social, económico, tecnológico) acaba con la comunidad (familia, pueblo). También son similares los mecanismos: dos personajes recuerdan su vida; en el caso de Jack, los recuerdos se confunden con las acciones cotidianas del que va a ser su último día de vida; en el caso de Hannah, se pone a relatar su vida porque “Al volverlo y volverlo a contar, el pasado se hace visible en el presente de nuevo, los muertos vuelven a vivir aun cuando no estén, y este sueño de tiempo ya parece reposar en la eternidad”. La mujer de Wendell Berry, según contaba Kingsnorth, explicó que el don literario de su marido era “repetirse a sí mismo durante setenta años”.
Leyendo a Berry comprendí eso que se dice de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero no es por eso por lo que le tengo aprecio, sino por la serenidad que transmiten sus novelas. Tiene que ver con un estilo pausado, que se detiene mucho en las cosas, en lo que nos rodea y que compone nuestro día a día, las cosas materiales y tangibles, y también los vínculos y afectos de los que resulta mucho más difícil hablar, pero que se intuyen entre lo no dicho. La escritura de Berry te anima a mirar mejor lo que te rodea, a prestarles atención a las cosas pequeñas y a otorgarle a cada una su importancia: “Minucias y restos de una vida entera dedicada a la agricultura, todo demasiado valioso como para terminar en la basura.” La vida son minucias valiosas. ~