Garrido y el secreto de Tarzán

De Felipe Garrido, quien ha resultado ganador de Premio Xavier Villaurrutia  junto a Saltiel Alatriste, tengo apenas una historia:

Algún dia de mayo de 2009, durante el V Encuentro de Ensayistas de Tierra Adentro, Felipe Garrido había sido invitado a hablar sobre la vida y obra de Sergio Pitol. Yo, mientras tanto y dado lo poco afecto que soy a prestar atención a los conferencistas, oscilaba entre el sueño y la contemplación del doble exacto de Fernando Pessoa, aunque todos pensaban que en realidad miraba el escote de una chica que estaba precisamente al lado de Fernando Pessoa.

Al inicio de su intervención, Garrido, quien es también traductor, empezó diciendo algo así: “Sergio Pitol es un gran escritor que no fue reconocido en su momento. ¿Alguno me puede decir en qué año publicó Pitol su primer libro y hasta qué año ganó su primer premio?”

Silencio. Aproveché el momento para sumergirme en el sueño por cinco minutos y cuando quise retornar a la realidad, ya estábamos hablando de otra cosa:

“La traducción, claro. (Pausa larga. Por lo que ví, Garrido acostumbra perderse en sus pensamientos entre un párrafo y otro y luego continúa hablando de otra cosa totalmente distinta). Hay que entender la labor de Pitol como traductor para tener un panorama completo de su obra. ¿Quiénes de ustedes traducen?”

Dejé de escuchar, mi vista volvió al escote, pero no por morbo sino porque era la vía más rápida de ver al doble de Pessoa. Mientras pensaba cuál era la forma menos ofensiva de pedirle al doble de Pessoa una foto a mi lado, no escuché qué opinaban mis compañeros ensayistas sobre la traducción.

Seis o siete minutos después mi alma descendía de nuevo a la charla. “La edición es una labor importante en Pitol. ¿Alguien sabe cómo se llamó la colección que dirigió para Tusquets?”

El asunto se estaba volviendo algo insoportable (no sabía a qué se parecía más, si a una mala clase de la UNAM, a un concurso de conocimientos o a aquel capítulo donde Bart Simpson intenta explicar de qué trata La Isla del Tesoro a partir de su portada: “Habla de piratas… mmm… que tienen patas de palo… con loros en el hombro…”).

Me distraje un momento en lo que sucedía afuera del salón. Al menos pasaban cosas menos obvias. El celular de un periodista sentado frente a mí, me hizo volver al recinto, entonces escuché a Garrido decir: “Los libros no hacen lectores; son los lectores quienes hacen los libros”. Un segundo después añadió con la maldad del sinodal que no quiere que te titules: “Sólo conozco un caso donde los libros han hecho a un lector. ¿Saben ustedes de quién se trata?”

Silencio absoluto. Garrido sonrió, pero la alegría le duró apenas dos segundos, porque una voz salida de la penúltima fila le dio la respuesta:

“Tarzán”.

El conferencista se acarició la piocha y me miró con el odio del mago al que le han descubierto la carta escondida.

“En efecto”, dijo.

Todos los ensayistas volvieron el rostro para cuestionarme con la mirada por qué carajos había dicho “Tarzán”, tomando en cuenta que nunca he leído Tarzán, ni he visto ninguna de las películas sobre Tarzán y no hablo el suficiente inglés para saber si la canción “You’ll be in my heart” de Phil Collins trata de libros que hacen lectores.

El asunto quedó ahí, Garrido terminó su charla (no fue precisamente un final sino que en algún momento la conferencia se diluyó con los ruidos del entorno), pero durante el vino de honor al menos seis de los asistentes se acercaron para saber el secreto de aquel dato misterioso:

El sentir general era que sólo había cuatro explicaciones:

a) Yo era un genio.

b) Tuve suerte.

c) Hice trampa.

e) Estaba escrito.

Siento tener que desilusionarlos a todos: mi malicia no llega a tanto. La verdad es más simple y se remonta a dos años atrás cuando fui invitado a una feria del libro en Chetumal, a donde asistí para escaparme del trabajo por tres días. Cada estado participante había mandado a dos o tres escritores que leyeran su obra… y vendieran los libros editados por su Instituto de Cultura. En fin, que eso lo supe hasta la mera hora y yo que no tengo alma de vendedor –es decir, nunca tendría la suficiente cabeza fría para decirle a un curioso que ese libro sobre la historia del frontenis en Campeche vale los 40 pesos que dice la etiqueta– tuve a bien esconderme de los organizadores.

¿Cuántas cosas había por hacer en Chetumal en esos momentos? Huir hacia la zona libre y jugar en los casinos (descartado: tenía miedo de morir acribillado por no pagar una deuda), dar vueltas en el mercado (tampoco: los puestos estaban cerrando en ese momento), platicar con un poeta (definitivamente no: llámenle paranoia si quieren pero sentí su saludo más bien como un frotamiento), ir a una conferencia sobre Octavio Paz.

Me decidí por Paz (una chica guapa con escote acababa de entrar). En la mesa de enfrente un hombre viejo con piocha decía:

“Ahora todos sabemos quién es Octavio Paz, pero no fue así en su momento. ¿Alguno de ustedes me puede decir en qué año publicó Paz su primer libro y hasta qué año fue reconocido con algún premio?”

Obviamente nadie sabía la respuesta y a nadie le interesaba. Mientras mi atención viajaba de la chica del escote al expositor, los tópicos que alcancé a escuchar fueron más o menos: Paz traductor, Paz editor, Paz admirador de Pessoa, Paz lector. Esto último le dio oportunidad al conferencista de llegar al que era, al parecer, uno de sus temas preferidos.

“Hablando de lectura y libros, ¿saben cómo aprendió a leer Tarzán?”

Uff, me dije, uno de esos datos que no le servirían a uno ni para jugar Maratón. De hecho, no habría oído la respuesta  de no ser porque la chica guapa –a quien yo miraba en ese momento– dijo:

“Pues le enseñó Jane, ¿no?”.

Entonces Felipe Garrido soltó esa risa sardónica del que escucha un chiste en una reunión de caballeros ingleses.

“Jaja. No. De ninguna manera. Aprendió a leer solo. Únicamente con los libros”.

Y contó la historia. La misma que contó aquel día de mayo frente a veinte ensayistas, Pessoa y otra chica con escote, pero con la diferencia de que yo ya había dado la respuesta. Quizás en Chetumal, porque su público era más condescendiente y nadie sabía la respuesta de nada, Garrido parecía más feliz.

"Felipe Garrido se acarició la piocha y me miró con el odio del mago al que le han descubierto la carta escondida",

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Comentarios (3)

Mostrando 3 comentarios.

Hola, hace casi un año leí su nota de amateur "ardilidirijillo" presumiendo su falta de imaginación para criticar a un hombre que por su edad tal vez no sea el mas afable ni entretenido dando una conferencia, además peca de presumir su erudicción donde menos hace falta... pero eso no le quita una vida de trabajo e incluso sacrificio por la promoción de la lectura en este país. Y veo que nunca se publcó aquella opinion en este artículo.

 Usted es un envidoso, y dudo que cuando llegue a la edad del maestro Garrido haya echo la mitad de lo que el ha echo con su vida por las letras ¿por que? por una razón muy sencilla: lo reto a que encuentre un solo texto de Don Felipe dedicado a burlarse, criticar, denostar, o humillar a un colega escritor. Nunca lo hallará, por que el no pierde su tiempo frente al teclado en esas tonterias, además sabe que precisamente con las autoridades e instituciones culturales que padecemos -de las que todos somos parte tarde o temprano así que le recomiendo que no se quiera hacer el santo- que entre escritores dediquemos tiempo a perjudicarnos en lugar de ayudarnos, puts, pues ya es el colmo.

 Como Letras Libres no es una publicación muy amiga del Maestro Garrido, supongo que su nota fue recibida con singular gusto, que le aproveche. El camino de esta profesión es largo y traicionero ójala y "se las haya prestado" al equipo ganador.

Yo también recuerdo una tristísima conferencia de Felipe Garrido sobre la lectura, en el Hospital General Balbuena, dirigida a las enfermeras y los médicos. A-bu-rri-dí-si-ma. Y, dicho sea de paso, aquel programa "Sana sana leyendo una plana" era un horror, pésimas ediciones, hechas al vapor como todo lo que hace la Secretaría de Cultura y las bola de señoras encopetadas "esposas de" y sus amigas, que no tienen una pizca de cultura. Una pena.

Pues mi estimado Sr. Huchìn debiò haber colocado las fotos de las chicas con escote nomás para ver si valían la pena o, como parece que es, tiene usted el mismo mal gusto para las chicas que para las conferencias

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