Sobre la distinción entre democracia y populismo

ABC del populismo

La Universidad de Princeton, bajo la dirección del profesor Jan-Werner Müller, organizó un seminario sobre el populismo con algunos de los mayores expertos en la materia. Rescatamos estas tres ponencias, editadas para la revista, que discuten entre sí una definición de populismo y sus diversos avatares históricos.

Émile Durkheim dijo alguna vez que el socialismo fue el “grito de dolor” de la sociedad moderna. El populismo es, entonces, el “grito de dolor” de la democracia moderna y representativa. El populismo es un acontecimiento inevitable en regímenes que se adhieren a los principios democráticos pero en donde, en efecto, la gente no gobierna.

El populismo pone a las ciudadanías democráticas en una situación peculiar: su búsqueda de políticas que reflejen mejor o sean más fieles a las preferencias e intereses de la propia ciudadanía de lo que lo hacen las instituciones representativas está en manos de individuos o partidos que en realidad “representan” a la gente de maneras muy tenues. El populismo casi nunca desemboca en leyes, políticas o instituciones a través de las cuales se otorga poder a la gente para que sean ellos quienes se gobiernen directa y sustancialmente. Si sucede que los líderes populistas ejercen políticas públicas que benefician a la mayoría de los ciudadanos, esto depende completamente de la competencia y la buena voluntad de esas élites, que las más de las veces demuestran ser muy poco desinteresadas y muy incompetentes.

En una democracia, la gente gobierna. “La gente” constituye una ciudadanía que se extiende a través de la población para incluir a gran cantidad de individuos que podrían definirse propiamente como pobres. (Por eso los antiguos críticos de la democracia la describían despectivamente como “el gobierno de los pobres”.) La gente “gobierna” a través de: (1) asambleas legislativas abiertas a todos los ciudadanos, (2) magistraturas ejecutivas distribuidas por sorteo y (3) cortes políticas compuestas de grandes subgrupos de ciudadanos elegidos al azar. En las asambleas democráticas, cada ciudadano tiene la facultad de proponer y discutir la ley, y las decisiones finales acerca de ellas se deciden con un voto mayoritario. Todo ciudadano deseoso y capaz de ejercer algún puesto público puede incluir su nombre en los sorteos políticos para designar a los magistrados. Los exmagistrados y, en realidad, cualquier ciudadano, pueden ser acusados por cualquier otro ciudadano y juzgados ante jurados de sus pares por ofensas que amenacen o minen a la democracia.

Obviamente esta descripción estilizada de una democracia se deriva de las constituciones de las democracias antiguas, en especial la de Atenas.[1] Entre más se desvía un régimen de las prácticas de legislar a través de la acción popular directa, y de la distribución aleatoria de la autoridad judicial y ejecutiva entre los ciudadanos, menos democrático será.[2] Las repúblicas electorales modernas son más democráticas que las democracias antiguas porque le han otorgado ciudadanía a una gran cantidad de pobres, les dan todos los derechos a las mujeres y (con el tiempo) prohibieron la esclavitud.[3] Pero son mucho menos democráticas porque sustituyen al gobierno directo con la representación, a la lotería con elecciones y dejan en manos de jueces profesionales y otros funcionarios, en lugar de políticos amateurs entre los ciudadanos, la labor de castigar a los funcionarios públicos por ofensas políticas.[4] Una democracia moderna tiene más demos y mucho menos kratos que su contraparte antigua; incluye dentro de la ciudadanía a una proporción mucho mayor de la población, pero el poder político que le otorga es mucho menos robusto que el que daba, digamos, la democracia ateniense.

Populismo se refiere a un movimiento caracterizado por la movilización popular pero nunca por el gobierno popular; tiende a manifestarse fuera de las instituciones de gobierno, a través de las actividades de asociaciones civiles, organizaciones sociales y manifestaciones masivas. El populismo es “popular” en su génesis y en su intención: grandes cantidades de individuos (aunque no siempre la mayoría de la población) se unen en torno a una preocupación o un programa cuyo fin es siempre visto como benéfico para la mayoría de la gente. Una diferencia crucial entre populismo y democracia es que el primero en última instancia le encarga a un líder individual o a un partido político la puesta en práctica o el ejercicio formal de las políticas públicas perseguidas o buscadas por el movimiento. En una democracia, en cambio, la gente decide.

Así, cuando los críticos señalan la demagogia como un peligro endémico tanto para la democracia como para el populismo, están confundiendo dos estados de cosas distintos. El demagogo populista exitoso llegará al puesto público y personalmente echará a andar el programa apoyado por los miembros del movimiento que dirige (por ejemplo Mussolini o Lenin), o usará su prestigio y capital político para presionar a otros funcionarios públicos que no están afiliados a su movimiento para hacer eso en favor de él y de su movimiento (por ejemplo Martin Luther King o Gandhi). El demagogo demócrata, por otro lado, intentará persuadir a la asamblea popular formal para que elija políticas que ostensiblemente beneficien a la gente (por ejemplo Pericles, Alcibíades o Cleón). En una democracia, entonces, la responsabilidad última respecto de las leyes y políticas resultantes recae en las decisiones de la gente, y no, como en el populismo, en las decisiones de las élites que actúan (de segunda o tercera mano) a nombre de la gente.

En este sentido, el populismo no existía en las democracias y repúblicas democráticas de la antigüedad. Tiberio Graco pudo haber derrocado a un tribuno obstruccionista para permitir que la ciudadanía romana votara a favor de las reformas agrarias que él proponía, pero finalmente fue el populus Romanus quien aprobó dicha legislación. Por el contrario, los “plebeyos” de las repúblicas modernas dependen por completo de agentes que negocian en su nombre políticas que garanticen mayor equidad (como los sindicatos laborales en las democracias occidentales) o para destruir y reconstruir los acomodos institucionales existentes para alcanzar así la igualdad (como los partidos comunistas del siglo XX en Rusia y China). Ejemplos notables de los movimientos populistas incluyen el jacobinismo en la Francia revolucionaria, el movimiento cartista en la Gran Bretaña del siglo XIX, los bolcheviques y el fascismo en Rusia e Italia en el siglo XX y el People’s Party en la última década del siglo XIX en Estados Unidos. Hoy, el término se aplica por lo general al chavismo en Venezuela, los partidos de extrema derecha en Europa y el Tea Party en Estados Unidos.

El populismo es el otro lado de la moneda de las políticas normales en las repúblicas electorales. Estas últimas son especialmente propicias para instalar en puestos públicos a funcionarios que se inclinan por garantizar que la equidad política formal, en tanto esté presente, no se traduzca de facto en una equidad socioeconómica. Dado que, o bien las elecciones las protagonizan funcionarios públicos que son personalmente acaudalados, o bien se requiere tal cantidad de dinero para que una campaña electoral sea exitosa que el funcionario público está atado a los intereses financieros que lo respaldaron, las repúblicas electorales con frecuencia son descritas correctamente como democracias oligárquicas. Las democracias antiguas recurrían a una tregua informal entre los ciudadanos ricos y pobres que proponía que el demos no “anegaría a los ricos” a través de acuerdos institucionales –siempre y cuando los ricos no usaran sus vastos recursos económicos y su prominencia pública para minar la igualdad política–.[5] Las democracias electorales, por el contrario, hacen cumplir esta tregua estructuralmente y de forma que favorece, en condiciones normales, a los ciudadanos ricos de manera totalmente desproporcionada.[6]

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Comentarios (1)

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John P. McCormick se asoma a sus estudios de historia política para trazar la distinción entre democracia y populismo. Al igual que Pierre Rosanvallon, quien considera al populismo como un fenómeno político inherente a la democracia moderna, McCormick desde la Universidad de Chicago escribe estas conclusiones:

"…Mientras que es preferible en términos normativos una democracia en la que la gente en efecto se gobierna a sí misma por encima de casi todas las formas del populismo, alguna variante de este último debería ser absolutamente necesaria para hacer que las repúblicas[2] electorales modernas sean más democráticas verdaderamente…" (Letras Libres, abril, 2012).

El historiador liberal Enrique Krauze cierra el Dossier con su ensayo En torno al populismo. Siendo reciente su investigación apasionada sobre la Venezuela de Hugo Chávez, Krauze se ha sumergido a discutir los temas de populismo de manera más sistemática. De hecho cuenta Krauze en su libro El poder y el delirio que interesado por el concepto de "pueblo" estableció un fructífero diálogo con Luis Fernando Lara y Julio Hubard quienes le "aportaron reflexiones sobre el concepto lingüístico y teológico de 'pueblo'." (Krauze, 2008:16).

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