Cuando leo a Alfredo Bryce Echenique, me pregunto cómo se puede vivir siempre así, de mudanza en mudanza a un departamento más estrecho, muerto de desamor, cada día más pobre a pesar de que en la víspera ya no se tenía ni un franco ni un sol, con una depresión crónica, un insomnio disciplinado, una dieta estricta de tabaco y vino tinto, y convencido de que los buenos tiempos quedaron sepultados décadas atrás y jamás volverán. Es solo literatura, me digo para tranquilizarme, es solo literatura, y aun así parecería demasiado para una obra conformada por trece novelas, ocho libros de cuentos e innumerables tomos autobiográficos, además de artículos y ensayos. Ninguna tristeza da para tanto, salvo la de Bryce, seguramente porque se combina con un humor entrañable, inesperada mezcla que se encuentra en cualquier página del peruano.
Nadie pone en duda la efectividad de la fórmula y tampoco nadie estaría dispuesto a negar que la dilapidó como sus personajes dilapidan sus fortunas, la rara vez que la tienen. Pero sería injusto concentrarse en la repetición y la decadencia y no en el periodo de esplendor, que duró más libros de los que cabría pensar dada su prolongada agonía. Curiosamente, su primera novela y la más celebrada, Un mundo para Julius (1970), es la menos representativa, al menos en apariencia. Es verdad que ya están allí el humor que compensa la cursilería desinhibida, la nostalgia por los mundos perdidos y la prosa emotiva, pero el protagonista es un niño que descubre el mundo a través de la aristocracia limeña, que supongo es lo mejor y lo peor que le puede pasar a alguien nacido en Latinoamérica. Una década después llegaría el díptico formado por La vida exagerada de Martín Romaña (1981)y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), donde ahora sí ya está el Bryce más reconocible.
Se trata del autoexiliado en París, convertido en el último bohemio de una ciudad que ya también vivía de sus glorias pasadas, con un talento indiscutible para fracasar en cualquier iniciativa, las contadas veces que su depresión le permitía emprender alguna. Parecería que Bryce viaja a París para extrañar Lima y vuelve a Lima para extrañar París, en un círculo melancólico apenas interrumpido por el entusiasmo de un amor efímero cuya pérdida se extenderá por varios centenares de páginas de sus de por sí bastantes gruesas novelas. En sus mejores momentos, Bryce sabe reírse de la caricatura en que se convirtió a sí mismo –lamentándose, junto con sus compinches latinoamericanos igual de perdidos en la ciudad que hacía más de medio siglo había dejado de ser la capital del mundo, de lo que ellos nunca se enteraron–, y en los peores, cae en una autocompasión sustentada en versos de Vallejo que no alcanzan para paliar el patetismo.
El profesor de literatura española –trasunto del autor– asiste muerto del aburrimiento a sus propios cursos medio vacíos, con la insoportable certeza de que la vida no está en sus antologías del Siglo de oro, sino allá afuera, en los bistrós y los bulevares, donde también se le niega, al menos desde el presente desde el que narra. Porque la tristeza y el humor no deben confundir: Bryce es un escritor consciente, cuya espontaneidad es resultado de meditadas decisiones retóricas. Una de las principales es no narrar ni describir nunca, sin excepciones, un momento de felicidad mientras ocurre, sino evocarlo años después, ya con la idealización del tiempo pasado, cuando se recuerda como se recuerdan las novelas y los cuentos, más que las vivencias y los hechos. Y claro, en esa remembranza también hay una felicidad no confesada y una tristeza que es auténtica pero también algo fingida, pues Brye sabe que finalmente para vivir hay que sentir, y él no se priva de hacerlo, de demostrarlo ni de decirlo.
Es curioso lo bien y lo mal que ha envejecido su literatura. El personaje que salta de libro a libro arrastrando su tristeza es inaceptable –con razón– para la sensibilidad contemporánea. Hoy no tiene mucho de simpático un profesor enamorado de sus alumnas que a la menor provocación presume de sus conquistas amorosas y que vive, alcoholizado, de fingir que da clases y de los sablazos que le saca a amigos y parientes, a quienes ni un océano Atlántico de distancia los salva de los pedidos de auxilio del genio incomprendido. Sin embargo, en los estertores del boom, Bryce Echenique fue de los primeros en escribir autoficción –mucho antes de que se inventara el término– y en reivindicar la historia personal para escribir novelas hechas y derechas, más preocupadas por la intimidad que por la identidad latinoamericana. Aunque se lo niegue y se le ignore con igual pasión, uno de los fundadores del yo en la literatura latinoamericana contemporánea es Bryce Echenique, quien no es un mero precursor de la narrativa autobiográfica más o menos ficcionalizada, sino uno de sus mejores exponentes y uno de los pocos que ha sabido reírse de sí mismo.
Hay otro rasgo en él que me resulta irresistible. Si se pasó media vida construyendo ese personaje alguna vez encantador en sus novelas, cuentos y crónicas, se pasó la otra mitad destruyéndolo en la realidad. No recuerdo otro caso de un escritor reconocido que haya hecho tanto para dinamitar su prestigio, a base de plagios más que comprobados, declaraciones fuera de lugar y desplantes de borracho. Finalmente consiguió que no se le concediera ningún premio importante –con el Cervantes reservado para astutos funcionarios bien portados–, y el único que ganó, el Juan Rulfo, se lo tuvieron que dar a escondidas. Más que una rebelión contra la corrección política y la era de los agentes literarios y la fotogenia de las redes sociales, veo en estos berrinches la constatación de que el talento se le había acabado, y esa fue la única tristeza que él no fue capaz de soportar y mucho menos de convertir en literatura.
Pero el talento que siempre conservó fue el de saber titular sus libros. Nadie titula tan bien como él en la lengua española, y allí están sus obras completas para demostrarlo. Como no es posible listar su bibliografía entera, basta recordar, además de las novelas ya mencionadas, libros como Tantas veces Pedro, No me esperes en abril, La felicidad ja ja, Guía triste de París, Dándole pena a la tristeza o Reo de nocturnidad. Su trilogía de memorias, en la que siempre está nevando, hasta cuando visita el Mediodía francés, es otra prueba de ello: Permiso para vivir, Permiso para sentir y Permiso para retirarme. A veces, lo que sigue al título no cumple con la amplitud de la promesa, pero casi siempre le hace justicia con creces, e incluso en sus obras menos logradas uno encuentra los restos de la literatura pasada, y eso, en escritores de su talla, es suficiente. Después de todo, fue él quien nos enseñó que la felicidad se vive en retrospectiva.
De su amplia obra me quedo con sus cuentos, en especial con los más extensos, ya casi nouvelles. El cuento lo salva de engolosinarse con sus planteamientos y de ser demasiado reiterativo, como le sucede en algunas de sus novelas más extensas. Al concentrarse en un instante, una anécdota o una rememoración, sus personajes adquieren mayor relieve, densidad y un carácter decidido que, mediante el humor y la oralidad marcas de la casa, adquieren un estatuto trágico, lejos de ser una mera sucesión de chistes. La indecisión en “Tiempo y contratiempo” y en “Baby Schiaffino”, la maldad y la avaricia en “El descubrimiento de América” y la nostalgia ya no como mera evocación placentera, sino como una incapacidad para disfrutar el presente en “A veces te quiero mucho siempre” muestran que sus cuentos son pequeños tratados del alma, expresión de la que él se burlaría a carcajadas. En muchos de ellos, además, Bryce se permite el uso de técnicas vanguardistas bien digeridas del boom, siempre al servicio de la narración y no como meros alardes técnicos. La mezcla de tiempos y narradores, por ejemplo, ponen a la gramática a trabajar para la nostalgia, ese pasado clausurado que sigue modificando el presente, no siempre de la mejor manera.
De vez en cuando, abro alguno de sus libros de cuentos para leer uno al azar, justamente en un gesto de nostalgia para un escritor que descubrí en la juventud, y acabo leyendo un buen puñado y comprobando que yo ya no soy el mismo, mientras que ellos sobrevivieron a todas sus tristezas y sus excesos, y, como toda literatura verdadera, son ya un presente permanente. Ahora nos toca a nosotros el turno de extrañarlo a él, que creó su obra a base de extrañarlo todo. Sé que lo seguiré releyendo toda la vida, quizás no en un libro entero, pero sí en sus cuentos y crónicas y pedazos de novelas, pues concibo su literatura más como una presencia continua y una sensibilidad que como una obra con un principio y un final. La literatura de Bryce es también una forma de estar en el mundo y una forma de sentirlo, peligrosa y cautivadora, abierta a las desdichas más desoladoras para reírse de ellas a carcajada y lágrima suelta. ~