Es sorprendente la cantidad de veces que me han preguntado con candor si el narcotraficante Nemesio Oseguera está “de verdad” debidamente muerto y a varios metros enterrado.
A esa pregunta le siguen quince, cada una con teorías más elaboradas, sobre el operativo contra el líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, todas alimentadas por la desconfianza hacia las versiones oficiales. Hasta cierto punto, esa desconfianza es saludable y, entre los periodistas, indispensable. Pero la desconfianza ciudadana tiene un punto peligroso. El punto en el que alimenta el ruido de las conspiraciones, en el que destruye los marcos normativos como referentes de convivencia pública, en el que disminuye la capacidad de operación de las instituciones gubernamentales.
La confianza en las instituciones es importante. Es importante para los inversionistas gigantescos pero también para las decisiones hormiga en la ciudad y el campo, para la planeación privada, para el respeto a los señalamientos viales y para que el trabajo del gobierno no se obstaculice.
Por eso es tan peligroso tener otros datos y al mismo tiempo acosar a la prensa, a las voces disidentes, a las organizaciones civiles, a los think tanks y, sobre todo, a las distintas piezas del Estado mexicano que completan con autonomía la información oficial.
Si Claudia Sheinbaum informa que la pobreza ha disminuido, es posible debatir las causas, cuestionar las comparaciones, argumentar sobre los lugares y los sectores en los que hay menos pobres, pero en términos generales se acepta que hay un piso firme de datos. Esto, porque, aunque desaparecieron al Coneval, aún existe un INEGI lo suficientemente sólido (no perfecto ni impoluto) para usarlo como referente socialmente válido.
No pasa lo mismo en otros espacios de la vida pública, donde ya no hay un INEGI o un Banco de México con autonomía política y prestigio técnico. Los gobiernos de Morena, asumidos como intérpretes de una voluntad sin disenso, acabaron con la mayoría de los organismos autónomos y destruyen o debilitan la reputación o la integración de los que quedan, con la intención de que el relato oficial no se tope con molestos actores que lo contradigan.
La reforma judicial y la nueva integración de la Suprema Corte, las iniciativas para fusionar o eliminar organismos reguladores como IFT, Cofece, CRE; la desaparición del INAI y las designaciones de carnales (carnalas) en la Fiscalía General de la República o en la Comisión Nacional de Derechos Humanos son ejemplos de ello.
El puño destructor de voces independientes golpea más allá. El desprestigio a la prensa, el uso diario de un podio presidencial como propaganda y el debilitamiento de organismos de la sociedad civil vigilantes de la vida pública son otros ejemplos. Este mes, se hizo público que alrededor de 270 organizaciones civiles ya no pueden recibir donativos deducibles de impuestos por decisión del SAT. Ignoro si esto es porque son paraguas de lavado de dinero o por incumplidas y evasoras, pero me inquieta sospechar también que sea parte de la estrategia para acabar con voces independientes como México Evalúa, Mexicanos contra la Corrupción o el Instituto Mexicano para la Competitividad.
¿Por qué sospecho? Porque no tengo manera de saber si el SAT opera con honestidad o como brazo político. ¿Y por qué no tengo manera? Porque el acceso a la información, la transparencia y los contrapesos en el relato público son prácticamente inexistentes.
Resulta que el gobierno de la científica presenta la paradoja de la indemostrabilidad. Puede ser, insisto, que el SAT no tenga segundas intenciones y que esté poniendo orden, pero no hay voces independientes con acceso a información que lo corroboren. Sheinbaum puede decir misa, pero no puede demostrar que la santa trinidad sea la santa trinidad fuera del eco en su iglesia.
Todos los gobiernos necesitan legitimación que no provenga de la fe de sus acólitos, porque esta tiene límites temporales y temáticos. Quizás ya hay medicamentos oncológicos, quizás el ejército no viola derechos humanos, quizás el tren interoceánico es seguro, quizás Oseguera ya no está en este mundo, pero por cada afirmación oficial germinan catorce teorías alternativas que alimentan un ruido paralizante.
No sé si Sheinbaum caerá en el llamado dilema del dictador, ese que controla tanto la información que termina por no saber qué es mentira y usa su propia propaganda como insumo para las decisiones. Lo que sí sé es que la paradoja la persigue: es una científica que renuncia al arbitraje de pares y a la verificación del dato. En su juego, cualquier afirmación oficial es indemostrable y por eso hay quienes todavía se preguntan si Nemesio Oseguera sigue respirando. ~