Las amenazas son tan antiguas como los dioses y suelen pronunciarse en tono de bravuconada. “Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo su pie resbalará, porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura”.
Cristo era muy pacífico, pero también amenazaba como no queriendo la cosa, con alguna parábola: “Vendrá el señor de aquel siervo en el día que no espera, y a la hora que no sabe, y le cortará por medio, y pondrá su parte con los hipócritas: allí será el lloro y el crujir de dientes”, o más directamente: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” o “después de la aflicción de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos serán conmovidas”. La cosa era meter miedo. Eso que solemos llamar el Juicio Final, los antiguos, sin eufemismos, le llamaban el Día de la Venganza.
Verdad es que a muchas de las amenazas proferidas por gente de los dioses se les conoce como profecías. Pues cuando un general invasor, ante la muralla de una ciudad, dice “no quedará piedra sobre piedra”, resta una lucha incierta por delante; pero cuando lo dice el cristo, es tan inevitable como que Edipo se revuelque con su madre.
Aquiles, muy seguro de su ventaja, le dice a Héctor: “Ya no tienes escapatoria; Palas Atenea te doblegará pronto por medio de mi pica. Ahora pagarás juntos todos los duelos por los compañeros míos que has matado con tu furibunda pica”. Cuando Aquiles le lanza la pica y falla, Héctor le espeta: “No has resultado ser más que un charlatán y un embustero que quería asustarme para hacerme olvidar la furia y el coraje”.
Con poderes menos que divinos, don Quijote sabe también acometer con la palabra:
La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender, donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia; que ahora vengáis uno a uno como pide la orden de caballería, ora todos juntos como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
Sabemos que tras sus baladronadas solía terminar el Caballero de la Triste figura en el suelo y con los huesos molidos.
En el boxeo terminó por instalarse el estilo bravucón de Muhammad Alí, pero en el futbol estaría fuera de lugar que los jugadores se lanzaran invectivas antes del partido.
He presenciado algunas veces diálogos parecidos al siguiente. Digamos que un hombre está mal estacionado. Otro lo amenaza: “Si no mueves tu coche, le voy a ponchar las llantas”. El del coche pregunta, como si existiese posibilidad de duda. “¿Me estás amenazando?”, y el primero responde en el mundo del absurdo: “Yo no amenazo”.
Desde 1726 lo tenemos bien definido en español. “AMENAZAR. v. a. Infundir miedo, poner temor a otro manifestándole con palabras, o demostraciones el peligro, riesgo, daño, o castigo a que se expone. Viene del Lat. Minari, que significa esto mismo.”
Vemos por escrito algunas amenazas al caminar por las calles. “Se consignará a las autoridades…”, a quien entre en tal propiedad privada o tire basura o consuma alcohol o… Con esa acepción, “consignar” aparece en el Diccionario de Mexicanismos, no en el de la RAE.
El teatro del Siglo de Oro está repleto de frases osadas y amenazantes:
“Más piedad tiene el fuego que mi espada”, dice don Fadrique en El sitio de Breda, de Calderón de la Barca.
O del mismo autor, en La vida es sueño, exclama Segismundo:
Pues muerte aquí te daré
Porque no sepas que sé
Que sabes flaquezas mías.
Solo porque me has oído.
Entre mis membrudos brazos
Te tengo de hacer pedazos.
Leemos en La industria y la suerte de nuestro Juan Ruiz de Alarcón:
Aguardad; que es disparate
Que yo este lance dilate.
Yo mismo mataros quiero,
Ya que no tengo dinero
Para que otro por mí os mate.
El florilegio de estas frases es infinito en aquella literatura, pero también en los literatos, como Gutierre de Cetina, que habría de morir por la espada en la ciudad de Puebla de los Ángeles debido a un asunto de faldas, y sus propios versos le servirían de epitafio:
De mí dirán: “Aquí fue muerto un hombre:
La vida le faltó, no la osadía”.
Pero eso es el valor, la amenaza, la bravuconada o la osadía con la espada en mano y el rival delante. Recordemos que la última batalla en la que estuvieron presentes los jefes de Estado fue la de Solferino. Ahí comandaron sus ejércitos Vittorio Emanuele II, Napoleón III y Francisco José I. Con esa batalla comienza La marcha de Radetzky, de Joseph Roth. “Los Trotta no eran de antiguo linaje. El fundador de la dinastía había obtenido el título de noble después de la batalla de Solferino…”. Muchas veces ocurre que batallas relevantes ocurren en sitios irrelevantes: Maratón, Gaugamela, Grunwald, Klyuch… Pero ese es otro tema.
Vayamos a la historia que nos cuenta Heródoto. Darío reunió sus fuerzas y sitió la ciudad de Babilonia. Bien pertrechados, los babilonios se mostraban en las murallas y “bailoteaban en son de mofa y se burlaban de Darío y de su ejército”. Uno de ellos alzó la voz para decirles: “Persas, ¿por qué permanecen aquí sin hacer nada y no mejor se marchan? Pues sólo lograrán rendirnos cuando puedan parir las mulas”.
Veinte meses tenía el asedio sin que los persas consiguieran nada. Entonces, “a Zópiro, un hijo del tal Megabizo, le sucedió el siguiente prodigio: parió una de las mulas que tenía para transportar grano”.
Ya podremos imaginar lo que ocurrió después, pero cito una frase de Heródoto para darnos mejor idea: “Darío hizo empalar a los cabecillas, unos tres mil hombres aproximadamente”.
Cada vez que veo, leo o escucho a uno de esos baladrones pendencieros amenazadores con tamaño de globo inflado, digo para mis adentros: “A ver si no pare la mula”. ~