Mi día favorito de la semana solía ser los lunes: era el día en que mi hija pequeña y yo nos quedábamos solas por la tarde y ella me pedía para cenar una lata de sardinas. ¡Mi cena favorita!, le decía yo, no como comensal sino como cocinera. Ella en cambio, odiaba ese día: se quedaba sola conmigo y yo no le presto atención, solo lees o trabajas y me aburro, lloraba a voz en grito. Así que si escuchaba la puerta de la vecina, abría la nuestra y la llamaba y le preguntaba si iban a dar un paseo con los perros, cosa que la vecina siempre estaba dispuesta a hacer y más con mi hija pequeña. Los perros de mi vecina son grandes, pero mi hija los maneja con destreza y autoridad, y ningún miedo, todo sea dicho. A veces, nos subíamos juntas a tender. Cuando no escuchaba la puerta de la vecina, repetía que se aburría y me preguntaba a qué podía jugar. A veces se enfadaba, a veces me pedía que le hiciera un cuaderno como esos que habíamos hecho, etc. Alguna tarde la pasamos ultimando un disfraz y, por supuesto, me quemé con la pistola de silicona caliente. Otras veces, se abría el libro con las tiras completas de Snoopy encima de la mesa, a un lado, para que no le cayera el aceite de las sardinas. “Esta sí que sabe”, me escribió un amigo escritor fan de Peanuts como respuesta a la foto de la estampa.
A mí lo que más me gustaba era meterme en la cama con ella y un libro y quedarme dormida y despertarme justo antes de que llegaran su padre y sus hermanos, o con el timbre que avisaba de que estaban de vuelta y anunciaba el fin de mi recreo: tenía que acabar el trabajo para el día siguiente.
Los martes se quedan en casa mis hijos pequeños y su hermana mayor y su padre llegan por la noche. Se entretienen entre ellos y me reclaman para merendar, intervengo si hay peleas y para mandarlos a la ducha –¿con pelo?–. Después de la cena, un poco más elaborada que la lata de sardinas, se lavan los dientes y se meten en mi cama con un libro. ¿Tienes yoga de dormir?, preguntan. Es la clase que suelo poder hacer: ellos en la cama, yo con la esterilla en el suelo. Cuando acaba la clase, los dos están dormidos. Cuando llega su padre, los movemos de nuestra cama a la suya, y me pongo a trabajar en la mesa del comedor. A veces, mi hijo mediano protesta: ¿por qué cuando estás sola con ella te metes en la cama y cuando estoy yo no? Porque me despertáis cuando llegáis. No sé bien por qué cuando están los dos me duermo más profundamente y me da miedo quedarme dormida y con todo lo que me suele quedar por hacer de trabajo. Me puedo tumbar pero no meterme en la cama, le digo. Pero me haces cosquillas. Vale. Eso era antes de la rutina del yoga de dormir.
En invierno, me piden que hagamos galletas en algún momento de la larga tarde. Las tengo que esconder si quieren llevarse alguna de almuerzo al día siguiente. También piden tortitas para desayunar el fin de semana. El mediano acepta cenar crepes los viernes esperando que sobre algo de masa que luego reconvertimos en masa de tortitas. Les hago esperar a que estén todas hechas antes de empezar a comer, a veces logro esconder algunas tortitas para mis vecinos, que las comen con fresas o nata o chocolate, pero con mucha más calma que mis hijos, que las devoran en segundos. Mi hijo mediano dice que hago las mejores galletas y en el cole alguna madre me ha preguntado si me dedico a la repostería. Si supiera que fantaseaba con que mis hijos dijeran de mí lo que escuché a alguien decir de su madre: no sabía ni dónde estaba la cocina. Un padre del cole dice que mis bizcochos siempre son los que tienen peor pinta y los que están más buenos, y siempre es distinto del anterior pero reconocible. ¡Yo uso siempre la misma receta y el mismo horno! Es verdad que los números y símbolos están borrados, así que la temperatura está puesta a ojo. Todos mis bizcochos son iguales, pero unos son más iguales que otros, pienso.