a Gustavo, discreto sabio del rock y del futbol
Aparece este nuevo libro sobre futbol unas semanas antes del Mundial, en medio del caos, la violencia y la corrupción que azotan a México, una de las tres sedes, y se suma a los anteriores de Villoro: Los once de la tribu (1995), Dios es redondo (2006, que coincidió con el Mundial de Alemania) y Balón dividido (2014, año del Mundial de Brasil), en los que ha compilado artículos, crónicas, ensayos y comentarios, la mayoría publicados en diferentes medios, sobre el universo del futbol y su importancia no solamente para el deporte y la numerosa afición en el mundo, sino sobre su impacto económico, social y cultural. Además, ha publicado Ida y vuelta: una correspondencia sobre futbol (2012, en colaboración con Martín Caparrós durante el Mundial de Sudáfrica), La cancha de los deseos (2015) y No fue penal: Una jugada en dos tiempos (2023). Confieso sin pena que solo he leído Los héroes numerados.
No soy un apasionado del futbol, aunque me emocionan los grandes partidos locales e internacionales, y, desde luego, los Mundiales. Nací en Torreón y solo por eso le voy al Santos, que ha ganado algunos campeonatos de liga y un título de copa, en 2014; también sigo a las Chivas y el Atlas, pues vivo en Guadalajara desde hace veintidós años. Sí, de los españoles le voy al Villarreal, “el submarino amarillo”, un buen equipo.
Desde niño Villoro es seguidor del Necaxa porque, según ha dicho en entrevistas, ser necaxista es no adherirse a los equipos “imperiales” –América o Guadalajara–. En esas conversaciones ha comparado su afición con su profesión: “El Necaxa es como la literatura, para las minorías ilustradas”. Borges, que despreciaba este deporte, dijo en alguna ocasión con rudeza innecesaria: “El ajedrez es hoy reemplazado por el fútbol, el boxeo o el tenis, que son juegos insensatos, no de intelectuales”. Como Bustos Domecq –al lado de Bioy Casares–, Borges escribió el cuento “Esse est percipi” –ser es ser percibido–, en el cual el futbol y su parafernalia es el protagonista, y en el que “todo lo que pasa y vale precisamente vale y pasa porque sale en la televisión y en la radio”.
Aquella frase que compara el Necaxa con la literatura puede decirse también de Los héroes numerados, libro que difícilmente leerán las muchedumbres pamboleras. Villoro mismo expresa algo que podría suscribir Borges: “Las masas que llenan las tribunas no se caracterizan por su curiosidad intelectual”. Como sabemos, el futbol es mucho más que un deporte, pues tiene un impacto enorme en la economía, genera miles de millones en ingresos por televisión, patrocinios, turismo y merchandising; en la sociedad: fomenta identidades regionales y nacionales, integración social, pero también violencia en los estadios y en las calles –vean los recientes disturbios en París después del triunfo del París Saint Germain frente al Arsenal. En la cultura, el futbol ha dado lugar a rituales, música, memes, lenguaje cotidiano y ha tenido incluso influencia política. Villoro habla de esto, pero lo hace como al pasar; sus textos conservan la levedad de la mayoría de sus efusivos artículos periodísticos.
Las estimaciones más comunes (datos de audiencia de tv, estudios de consultoras como Nielsen, Statista, Mitofsky o informes de la corruptísima FIFA) hablan de entre 3.5 y 5 mil millones de personas que tienen algún grado de interés o engagement con el futbol. La FIFA dice que 5 mil millones se engancharon con el Mundial de Catar 2022. Es, por mucho, el deporte más popular del planeta. (Pocos deportes alcanzan ese grado de popularidad, y después del futbol están el cricket, con 2.5 mil millones de fans en India, Pakistán, Bangladesh, Australia, Inglaterra y otros países de la Commonwealth; el basquetbol, el hockey y el tenis son muy populares, aunque no en todos los países, y más lejos están el volibol, el beisbol, el rugby y el ciclismo; la audiencia del Super Bowl, con todo y su fastuoso espectáculo de medio tiempo, llega a los 130 millones de espectadores, la mayoría en Estados Unidos.)
Es imposible concebir a Argentina sin el balompié. Con 46 millones de habitantes, se estima que hay entre 35 y 40 millones de hinchas. El futbol es parte central de su identidad cultural. España no se queda atrás, pues con 48 millones de habitantes el número de aficionados ronda los 30 o 40 millones. México, con 130 millones de habitantes, es el segundo país con más aficionados de acuerdo con algunos rankings globales, con unos 90 o 95 millones (Statista, “Soccer Media-Worldwide”).
El país que inventó el futbol moderno, Inglaterra, también fue la cuna de los hooligans –que viene del apellido de un delincuente irlandés de finales del siglo XIX–, una de las expresiones más violentas en el ámbito del futbol y que tiene sus versiones en otros países, como las barras bravas latinoamericanas, los tifosi italianos y los rufianes neofascistas del Ultras Sur, seguidores del Real Madrid, que salían a cazar e incluso asesinar inmigrantes africanos después de los partidos (sobre esto puede verse en YouTube el telerreportaje “Diario de un skin”, de Antonio Salas, 2005).
En Buenos Aires, por cierto, en marzo de 2012, en un partido entre el Atlanta y el Chacarita Juniors el árbitro marcó una falta a este último, lo que provocó el enojo de sus hinchas, que empezaron a arrojar objetos a la cancha y entonar un canto de resonancias hitlerianas: “Ahí viene el Chaca por el callejón, matando judíos para hacer jabón” (en YouTube puede verse el video “Cánticos antisemitas en la barra de Chacarita”). La sede del club Atlanta se encuentra en Villa Crespo, un barrio bonaerense donde muchos vecinos son de origen judío; el estadio del club lleva el sonoro nombre de su primer presidente, León Kolbowski.
Por todo esto, y más, es comprensible que haya escritores, como Villoro, que se interesen por el futbol y las hazañas en el campo de cientos de héroes y antihéroes. Los héroes numerados es eso, una relación de anécdotas, aderezadas con citas literarias y pinceladas históricas; una muestra de erudición efímera en la que también deja ver sus simpatías ideológicas: a propósito del levantamiento neozapatista en Chiapas y de las negociaciones entre el gobierno federal y los insurrectos, estos habían propuesto que se llevaran a cabo en la Catedral de la Ciudad de México o en la UNAM, a lo que se negó el presidente Zedillo. Los zapatistas propusieron la cancha de básquetbol de San Andrés Larráinzar, lo que el gobierno aceptó, escribe Villoro, “pensando que el sitio era inofensivo, pero estaba cargado de mitología. Ese espacio es la representación contemporánea del legendario juego de pelota. El sentido de la dualidad de las cosmogonías prehispánicas regresó a ese escenario donde los indígenas jugaban de locales y los funcionarios de visitantes”. Villoro no nos cuenta quién ganó –tampoco que el básquetbol lo inventó el profesor de educación física James Naismith en 1891 en la ymca de Springfield, Massachusetts.
Al hablar de personajes como Messi o Maradona se echa de menos un análisis profundo, no es suficiente con reproducir las proezas en la cancha y sus peripecias fuera de ella. Recuerdo ahora el ensayo “Maradona”, del filósofo, sociólogo y crítico literario argentino Juan José Sebreli (1930-2024), incluido en su luminoso libro Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos (2008). El capítulo comienza así: “Resulta extraño que un hombre aparentemente simple haya suscitado comparaciones con personajes tan disímiles: Cristo, Ulises, san Genaro, la virgen María, Napoleón, Mick Jagger y algunos más inexplicables aún, como Baudelaire…”. Al contrario del documental Maradona por Kusturica (2008), un elogio anodino por parte del cineasta serbio, Sebreli desmonta el mito del argentino como héroe popular y genio incomprendido. Reconoce su excepcional talento futbolístico, pero lo presenta como un personaje contradictorio y oportunista: un “comediante” que se construyó –y fue construido– como mártir del pueblo, mientras mantenía relaciones con el poder, la Camorra napolitana y diversos círculos de corrupción, además de hablar de su admiración y cercanía con dictadores como Fidel Castro, Hugo Chávez y el presidente Evo Morales. Destaca su hipocresía –sus críticas al sistema mientras vivía cómodamente de él–, sus excesos personales, su declive y cómo la sociedad argentina proyectó en él frustraciones colectivas, convirtiéndolo en un ídolo irracional que oculta más de lo que revela. Es una crítica dura contra la deificación acrítica y el populismo cultural. Maradona, dice Sebreli, es uno de los grandes mitos argentinos fabricados, junto a Evita, Gardel y el Che.
En este sentido, Villoro podría abundar en la relación del futbol con dictadores como Videla y Pinochet, o el papel de Henry Kissinger, quien fue un apasionado del soccer desde su infancia en Baviera y se convirtió en una figura clave para su desarrollo en Estados Unidos. Fue artífice del Mundial de 1994 en ese país, fichó a Pelé para el Cosmos de Nueva York y utilizó el deporte de las patadas como herramienta diplomática, como deja ver su polémica presencia en el Mundial de Argentina 1978, invitado por Videla, y su relación con la FIFA; además, analizaba el balompié con visión estratégica, comparando tácticas de juego con maniobras geopolíticas.
El Mundial de España comenzó en junio de 1982, justamente cuando Argentina sufría la derrota a manos –o a pies– de Inglaterra en la guerra de las Malvinas. La selección argentina llegó a España en medio de una enorme crisis nacional, la derrota en la guerra, miles de muertos y desaparecidos, una economía destruida y una dictadura que ya se tambaleaba. El equipo, dirigido por César Luis Menotti, fue eliminado en la segunda fase al perder contra Bélgica e Italia, lo que causó una penosa frustración. Para la dictadura, el Mundial era una oportunidad de distracción y propaganda, pero la derrota en las Malvinas aceleró el colapso del régimen. En 1983 se convocó a elecciones y la democracia volvió a Argentina.
Otro asunto que merece un análisis –que Villoro no menciona en su último libro, aunque no sé si en los anteriores– es uno que tiene que ver con distintas culturas y religiones. En 2017 el Real Madrid firmó un acuerdo de licencia con la empresa Marka –de Emiratos Árabes Unidos– para fabricar y vender productos oficiales en países del golfo Pérsico, como Catar, Arabia Saudita, los Emiratos y Kuwait. Para respetar “sensibilidades culturales” –es decir, para no ofenderlas– en esos mercados, de mayoría musulmana, se modificó la versión del escudo que se usa en esa región: se eliminó la pequeña cruz que aparece en la corona –solo en los productos vendidos allá; el escudo oficial del club no cambió.
Villoro sí menciona que en Catar –sede del Mundial en 2022– se violaron los derechos humanos, pero no dice nada sobre las muertes de trabajadores migrantes durante la construcción de estadios e infraestructura (Amnesty International y The Guardian hablaron de más de 6 mil 500 muertes de trabajadores de la India, Pakistán y Nepal entre 2010 y 2022), ni de condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud moderna –el llamado sistema kafala–. No habla de la corrupción y los sobornos para que Catar obtuviera la sede ni de la situación de los derechos de las mujeres, la comunidad LGBTQ+ –Catar, como la mayoría de las teocracias islámicas, penaliza la homosexualidad– o la libertad de expresión. Se prohibieron símbolos LGBTQ+, se confiscaron brazaletes “One Love” a las selecciones de Alemania e Inglaterra, entre otras, y hubo restricciones a la libertad; periodistas y fans denunciaron censura, detenciones breves y limitaciones para expresar opiniones sobre derechos humanos. Además, se prohibió el alcohol en los estadios, y un partido sin espumosas cervezas heladas, todos los saben, no es lo mismo. Fue, no obstante, una de las mejores finales de la historia del Mundial por el nivel, la emoción y los goles del partido entre Argentina y Francia. Lionel Messi alzó la Copa del Mundo y la selección ganó una final después de 36 años, desde México 86. (Es inevitable no referirse a uno mismo si se ha sido protagonista de anécdotas, aunque algunas en este libro desbordan un entusiasmo adolescente: “Cuando el árbitro lanzó el silbatazo final, estábamos abrazados en el suelo como si hubiéramos jugado en el Stamford Bridge”.)
El futbol es un gran tema no solamente para la literatura, como lo han demostrado tantos escritores: Galeano, Valdano, Vázquez Montalbán, Fontanarrosa, Caparrós y Nick Hornby –todos ellos citados por Villoro–, David Winner y Simon Kuper. ¿Solamente hombres…? No, tenemos que hablar de las sudamericanas María Fernanda Ampuero, Leila Guerriero, Florencia Etcheves, Susana R. Giusti, Gabriela Wiener, y de las mexicanas Daniela Osorio, Paulina M. Velasco y la querida mexicana-argentina Mónica Maristain. Hay europeas y estadounidenses que hablan en sus libros, crónicas y ensayos sobre historia, género e identidad. Los hombres, al parecer, se enfocan más en lo épico y lo mitológico…
En su primer libro, Football against the enemy (1994), el británico Simon Kuper (1969) narra sus viajes por una veintena de países en los que ha explorado cómo el futbol se entrevera con política, cultura, identidad nacional y conflictos. Soccernomics (2009, coescrito con Stefan Szymanski) es su obra más conocida, en la que echa mano de economía, estadísticas y datos duros para desmontar los grandes mitos. En ese libro responde a preguntas como ¿Por qué Inglaterra siempre decepciona? ¿Por qué Alemania y Brasil ganan? ¿Cuánto influyen realmente los entrenadores? ¿Vale la pena pagar fortunas por las estrellas? La última edición incluye el futbol femenino y la Copa del Mundo 2022. Tiene otros cinco libros, que no son propiamente para hinchas, sino para quienes quieren comprender el futbol más allá de la cancha.1
El pasado 30 de abril una futbolista del equipo femenil Guadalajara, Alicia Cervantes, impuso un récord en el partido de ida de los Cuartos de Final de la Liga mx Femenil, en el que metió el gol 161 –contra el Pachuca– y con el que superó al ya retirado centrodelantero Omar Bravo, que anotó 160 con las Chivas. Bravo, por cierto, fue acusado de abuso sexual infantil en octubre de 2025 y “vinculado a proceso”, como se dice en la jerga jurídica. Esas dos noticias trascienden el deporte y apuntan a lacerantes cuestiones de la sociedad mexicana. Acaso la mejor parte de Los héroes numerados es precisamente la que dedica al futbol que juegan las mujeres, que contrasta por su limpieza y la renuencia de casi todas ellas a comportarse como los hombres del futbol planetario, que no pierden la oportunidad de exhibir su histrionismo barato, su violencia y su vulgaridad machista –con algunas notables excepciones.
Juan Villoro es un buen cronista, ágil, irónico, con un gran acervo cultural y un estilo ligero que hace que sus textos se lean de un tirón. En Los héroes numerados pasa rápidamente por anécdotas, personajes y reflexiones sobre el futbol mexicano y del mundo; sabe capturar el instante, la pasión popular y el absurdo del fanático, pero prioriza el estilo y la agilidad sobre la profundidad sociológica o filosófica –una mirada que sí tuvo, por ejemplo, Albert Camus, según puede leerse en la monumental biografía de Olivier Todd–2 o el análisis sostenido, como Kuper.
De Villoro podría decirse lo que dijo Borges de Menotti: “Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo” (“Borges y la pelota”, Matías Rodríguez, El Gráfico, junio de 2016). ~
- Con un enfoque similar a Soccernomics, en 2018 el académico del ITESO Francisco J. Núñez de la Peña publicó Fútbol y números. El deporte de las patadas visto por un economista, disponible en la web ↩︎
- Para Camus el futbol fue una escuela de solidaridad, valentía, responsabilidad y humildad, valores que se viven de forma directa e inmediata en el campo, sin abstracciones intelectuales. En Argelia fue portero del equipo juvenil Racing Universitaire d’Alger, y publicó en el periódico de exalumnos del RUA agudas reflexiones sobre este deporte, como la muy citada “Después de muchos años en los que el mundo me ha dado muchas experiencias, lo que sé más seguramente sobre la moral y el deber del hombre, se lo debo al deporte y lo aprendí en el RUA”. ↩︎