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“Patria o narco” contra “Patria o yanquis”

No fue un simple intercambio de ataques: este fin de semana, la oposición le disputó el significado de los hechos al populismo gobernante.
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Desde hace varios años, la política ha dejado de ser una disputa por los hechos y se ha convertido en una disputa por el significado de los hechos. Y este fin de semana, ocurrió en México algo que tenía tiempo sin pasar: la oposición le disputó el significado de los hechos al populismo gobernante. El choque narrativo fue entre los discursos en el acto de respaldo a la gobernadora Maru Campos el 30 de mayo y el discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum del día siguiente.

En Chihuahua, la oposición encontró una narrativa moral potencialmente competitiva. Ya no se trata de explicar por qué Morena gobierna mucho peor, o por qué antes se gobernaba menos mal. La evidencia nunca ha sido suficiente ante el poder emocional del discurso populista. La nueva fórmula es mucho más potente, más polarizante, y se puede resumir en el dilema “Patria o narco”. Seguridad o impunidad. Estado de derecho o captura criminal.

La fórmula vino desde un flanco inesperado de la oposición: el expresidente Felipe Calderón, quien puso a prueba una vieja tesis en su discurso: un gobernante puede equivocarse, pero no puede renunciar a su obligación legal, política y moral de proteger a los ciudadanos ante el crimen. El discurso se llevó los titulares. La pinza la cerró Maru Campos, quien señaló directamente al régimen morenista como aliado de los grupos criminales, y habló del riesgo de un “narcogobierno” como un peligro real y presente. Esto, sumado a –quién lo hubiera dicho– la participación del expresidente Vicente Fox en el evento, le dio al ala panista de la oposición una sensación de unidad de propósito y de mensaje como no había tenido en bastante tiempo.

Esta narrativa no es en modo alguno nueva. De hecho, en 2024 fue uno de los ejes de ataque de Xóchitl Gálvez contra el oficialismo y su candidata, pero su advertencia cayó en oidos sordos. Han pasado dos años. La evidencia de corrupción en el primer círculo del lopezobradorismo se ha venido acumulando masivamente. Eso, más el caso Rocha Moya, más el mensaje repetitivo de Donald Trump de que en México gobierna no Sheinbaum, sino el crimen organizado, ha generado una grieta en la armadura de la “superioridad moral” del lopezobradorismo. La presión cada vez mayor de Estados Unidos para desmantelar las redes de protección política a los criminales es un misil para el que el discurso tradicional del populismo de ”pueblo contra élites” ya no ofrece un búnker seguro.

Por ello, el 31 de mayo, la presidenta cruzó su Rubicón retórico. A diferencia de lo que muchos Sheinbaum whisperers sueñan, la presidenta no actuó ni habló como Jefa de Estado. Hizo exactamente lo contrario: dio un discurso de facción, dobló la apuesta y se radicalizó, ahora en clave abiertamente bolivariana. Al hacerlo, planteó otro dilema moral:“Patria o yanquis”.

Hay tres cambios de tono y de contenido en el discurso de la presidenta. El primero es que traslada al enemigo del interior al exterior. Sheinbaum reorganiza el antagonismo en clave soberanista. Lo dice ella misma: “Detrás de la ofensiva mediática y de las campañas millonarias contra nosotros en redes sociales están los sectores conservadores nacionales e internacionales que nunca aceptaron que México recuperara su dignidad y decidiera ejercer plenamente su independencia”. Y remata: “¡México no es piñata de nadie! ¡Nunca nos subordinamos, ni nos subordinaremos!”.

El segundo cambio es el tránsito del carisma a la movilización ideológica. López Obrador podía neutralizar críticas gracias a su carisma y a su capacidad para polarizar a la sociedad y distraerla con fuegos de artificio. Sheinbaum carece de esos recursos y tal vez por eso recurre a un repertorio tomado de la tradición revolucionaria latinoamericana. Ante la amenaza de la “ultraderecha extranjera”, convoca a los mexicanos a que “a partir de la próxima semana, vayamos a las plazas públicas a realizar asambleas informativas, repartir volantes y periódicos”, bajo la consigna: “¡La patria no se vende! ¡La patria se ama y se defiende!”.

El tercer cambio es el tono conspirativo y bélico. López Obrador degradaba a sus críticos como fifís, conservadores o neoliberales, pero seguían formando parte de la comunidad imaginaria llamada México, a la vista de todos. Sheinbaum los convierte en colaboracionistas: toda una quinta columna operando en las sombras. Según sus palabras, existe “una derecha entreguista, dispuesta a celebrar e incluso promover las presiones de políticos extranjeros… que abren las puertas a agencias extranjeras”. La crítica ya no es simplemente una opinión: forma parte de una “operación de desinformación” realizada como “formas de desestabilización promovidas por las derechas internacionales”. Es la conocida retórica latinoamericana de la conspiración yanqui, del “golpe blando” y la guerra mediática: el disenso se redefine como agresión extranjera.

Como puede verse este no fue un intercambio más de ataques entre la oposición y el gobierno. Fue la aparición de dos discursos que plantean dilemas incompatibles: “Patria o narco” frente a “Patria o yanquis”. Ambas narrativas reclaman a la Patria. Ambas describen una amenaza existencial. No sabemos todavía cuál de las dos dominará. La opositora requiere que Maru Campos sostenga con hechos sus dichos, y que ella y su partido resistan la presión oficialista. Se desmoronaría si un personaje ligado al PAN es llamado a cuentas en Estados Unidos. La narrativa oficialista, por su parte, requiere que la presidenta resista tanto la presión de Trump como la presión interna. Y requiere sobre todo que la justicia en Estados Unidos no demande la entrega de más miembros de Morena, lo que se ve más incierto porque, como lo anticipó ya la presidenta “vendrán por unos, y luego por otros”.

Así, la disputa discursiva mexicana acaba de cambiar de estadio, si se me permite la analogía mundialista. Ya no se juega en la cancha de Morena. Pero tampoco en la de la oposición. Se juega en un tercer campo, en la cancha que ha puesto Estados Unidos. Y el árbitro es Donald Trump. A esto hemos llegado. ~


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