Hacia la segunda parte de México 86 (México, 2026), apenas segundo largometraje cinematográfico del prolífico realizador televisivo Gabriel Ripstein (desde un par de episodios de Narcos, 2017, hasta todos los capítulos del culposo festival kitsch Mentiras, 2025, pasando por las dos temporadas del thriller político Un extraño enemigo, 2018-2022, y el bromance charolastra La máquina, 2024), la ingobernable y salerosa Susana (Karla Souza, siempre bienvenida), para en seco la interminable verborrea de su amante, el picarazo presidente de la Federación Mexicana de Futbol Martín de la Torre (Diego Luna con idéntico bigote ochentero al que yo tenía en esa época), para decirle que mejor se calle, porque no cree nada de lo que sale de su boca. “Tú no sabes vivir sin decir mentiras”, le dice la mujer, con un dejo de resignada aceptación. La verdad es que Martín miente cuando respira, habla, camina y hasta cuando quiere coger, porque se hace pasar por Hugo Sánchez para ir a conquistar a la claridosa Susana. Martín miente, pues, porque solo mintiendo puede ser él mismo.
Inspirado en el libro El 86: el año en que México cambió el mundo (Planeta, 2022), del cronista deportivo Francisco Javiér González, el guion escrito por el propio Ripstein en colaboración con Daniel Krauze nos presenta en su centro cómico/dramático/satírico a un protagonista francamente detestable al que, sin embargo, encarnado por un simpatiquísimo Diego Luna, nos es imposible odiar por completo. Martín de la Torre –una versión muy libre del ejecutivo futbolero recientemente fallecido Rafael del Castillo– es un mediocre oficinista de la aún más mediocre Federación Mexicana de Futbol en 1983. Ante la renuncia colombiana a organizar el mundial de futbol de 1986, el pobre diablo malcasado da un golpe de estado interno: en un movimiento tan audaz como suicida, decide traicionar a su conformista jefe inmediato (Enrique Arreola) y le da una entrevista al prominente periodista deportivo José Ramón Fernández (interpretado por su hijo, Juan Pablo Fernández Gutiérrez De Quevedo) para denunciar que la Femexfut ha renunciado de facto a organizar el próximo mundial. Sus arribistas “huevos” llaman la atención del todopoderoso dueño de Televisa, del América y, por añadidura, de la Femexfut, el “soldado priísta” Emilio Azcárraga (Daniel Giménez Cacho, ni mandado a hacer), quien nombra al aprontado Martín como nuevo director del futbol nacional con la encomienda de ir a la sede de la FIFA en Zurich a conseguir, sí o sí, el mundial de futbol, por más que el rival a vencer sea Estados Unidos, que cuenta con el poder político de Kissinger y la historia futbolística de Pelé. Lo que no tienen los gringos es la capacidad para la transa y la mentira de Martín.
Narrado en voz en off por el propio protagonista, con todo y rompimiento de la cuarta pared, México 86 sigue con fidelidad el inalcanzable modelo scorsesiano de la efervescente crónica de vida, entre la crítica y la celebración, de un repelente protagonista al que admiramos sin dejar de detestar, cual Henry Hill de Buenos muchachos (1989) o, más específicamente, Jordan Belfort de El lobo de Wall Street (2013). Obedeciendo fielmente al arrollador y atrabiliario Emilio Azcárraga, quien le da un descarado consejo prototrumpista (“la juegas como si estuviéramos ganando, aunque nos esté yendo de la chingada: hablas como si estuviéramos ganando, gastas como si estuviéramos ganando y festejas como si estuviéramos ganando”), Martín hace todo lo que tiene que hacer para ganar la votación en Zurich, desde mentir descaradamente hasta falsificar faxes, repartir lana a los delegados o intervenir en la organización de la misma junta decisiva. Y es que en el escenario corrupto de la FIFA ochentera –nada que ver con la FIFA de hoy, ¿verdad?–, no hay otra forma de ganar una votación que haciendo trampas. Y, bueno, algo sabía –y creo que sabe todavía– la cultura política nacional sobre eso de ganar elecciones haciendo chanchullos.
Gabriel Ripstein ha evolucionado, sin duda alguna, como realizador desde su ya lejana ópera prima 600 km (2015). No es que México 86 sea necesariamente mejor, pero me queda claro que el cineasta es capaz de adaptarse al material que tiene enfrente: la historia de cómo México logró ser por segunda ocasión sede mundialista demandaba una realización vivaz y ágil, y eso es lo que ha entregado aquí Ripstein, bien apoyado por todos sus actores y su equipo de producción.
Ripstein ha hecho algo que no es nada sencillo: buscar de manera consciente ser estilísticamente invisible. Por ejemplo, hay varias ocasiones en la que la funcional cámara de Emiliano Villanueva extiende la toma durante un minuto o poco más, dejando de esta manera no solo respirar a sus actores para que puedan lucir el dominio físico de sus personajes –como sucede con Luna y Souza en cierta escena postcoito o en la llegada de Martín a la Femexfut para celebrar el haber ganado la sede, como Jordan Belfort en el El lobo de Wall Street–, sino para que el espectador pueda admirar, en esos generosos planos abiertos, tanto el diseño de producción de Mónica Chirinos como el vestuario de Adela Cortazar, perfectamente ambientados a esa época. México 86 se disfruta, pues, no solo viendo a los actores y el innegable rapport entre ellos –¡esos intercambios entre de la Torres y Azcárraga!–, sino todo lo que los rodea.
Una de las reglas fundamentales de la crítica de cine es analizar lo que hay en pantalla y no lo que uno quisiera haber visto. Y, la verdad, a mí me hubiera gustado ver un filme con mucho más filo crítico sobre el tema de la relación del futbol con la política nacional y sus entretelones mafiosos, pero es evidente que Ripstein y su coguionista Krauze no quisieron hacer nada por el estilo. El resultado, lo que hay en pantalla, es una muy entretenida sátira social que, en el fondo, más que condenar las discutibles artes negociadoras del protagonista, las termina celebrando, pues conseguimos el mundial de 1986 haiga sido como haiga sido, aunque luego esas mismas malas artes le haya costado al futbol nacional la asistencia a Italia 90.
Qué importa: esa capacidad para mentir hizo ganador a Martín de la Torre –y a México, por añadidura– aunque sea por un tiempo. Total, al final quién le quita lo bailado, aunque le echen de la madre cada vez que alguien lo identifica. ~