Mundos oníricos y realidades suspendidas

La exposición “Visiones difusas”, en el Museo Jumex, invita a buscar respuestas en los espacios liminales.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Hay un mundo onírico sucediendo en el sótano del Museo Jumex, el cual nos invita a una conversación que ocurre en otro tiempo –pausado, contemplativo– y en el que se están generando nuevos lenguajes para hablar sobre lo que acontece entre los límites del sueño y la noción de realidad. Visiones difusas es una exposición colectiva que reúne ocho piezas de la Colección Jumex y que se encuentra a cargo de Carolina Estrada García, Adriana Flores Suárez y Natalia Vargas, asistentes curatoriales del museo.

Visitar esta muestra se siente como la atmósfera psíquica de una siesta a media tarde: como cuando nos entregamos a un espacio-tiempo suspendido, donde los bordes de las cosas familiares comienzan a desdibujarse. La atención que exige la exhibición del Museo Jumex y el mundo de los sueños al que buscamos acercarnos al dormir encuentran puntos en común en un territorio donde las visiones y el deseo de significarlas permanecen en tensión constante. Nos encontramos frente a una serie de escenas cotidianas que existen al filo de lo inquietante y lo inexplicable.

Según menciona Adriana Flores Suárez en el catálogo de la exposición, la propuesta curatorial está inspirada en la novela A little girl dreams of taking the veil [Una niña sueña con tomar el velo] (1930), de Max Ernst, figura clave del movimiento dadá, quien creó en esta publicación “un repositorio de grabados victorianos transformados en collages satíricos que subvierten su lectura original para narrar una historia que brota de los confines del subconsciente”. A través de este ejercicio, el autor nos introduce en un universo tan maravilloso como extraño, en el que las reglas de la representación se reescriben según las necesidades del relato. Esa misma lógica acompaña la exposición: aunque las piezas están distribuidas de manera precisa en la sala, todas parecen afectadas por un velo que atraviesa el espacio y que acentúa la sensación de habitar un territorio de límites sutiles.

Las piezas que integran la muestra encarnan presencias humanas y más que humanas, formas naturales y extraordinarias que, en conjunto, sugieren el estado de somnolencia que aparece justo antes de despertar, cuando surgen preguntas como: ¿dónde me encuentro?, ¿aquello que acaba de acontecer pertenece a mi realidad o a mis sueños? De esa sensación parte también el título de la exposición en el que se evoca un estado de conciencia donde lo borroso aparece como una percepción liminal entre lo real y lo ficticio. En palabras de Natalia Vargas, las obras que conforman la muestra “funcionan como manifestaciones de un umbral. Capturan momentos etéreos, suspendidos entre el sueño y la memoria, que se sienten cercanos, pero dejan una impresión inquietante”.

El recorrido comienza con Coudes (1991), del artista belga Michel François, quien, a partir de gestos simples, desarrolla una práctica conceptual que abarca la esfera íntima y doméstica de la vida cotidiana. Esta fotografía en blanco y negro muestra el desgaste de la ropa como marca del paso del tiempo, convirtiendo la imagen en una declaración sobre la transformación y la impermanencia.

Al centro de la sala se encuentra Tunnel boring machine (2022), de Teresa Solar Abboud, creada con arcilla de alta temperatura, resina, acrílico, barniz acrílico mate y metal. Para la artista española, la arcilla es tanto un medio de producción como una metáfora material que conecta la base geológica sobre la que se asienta nuestra civilización, con lo cual pone sobre la mesa cuestiones ecológicas. La pieza –cuyo título se traduce al español como Tuneladora y se refiere a una máquina gigante diseñada para excavar túneles de forma continua– se consolida como un comentario sobre aquello que puede vivir y desplazarse a través de pasadizos ocultos bajo nuestros pies.

Es precisamente alrededor de la pieza de Solar Abboud donde encontramos el velo que atraviesa la sala y a partir del cual se establece un ritmo particular de encuentro con el resto de las obras. Untitled (Daydream), de Jim Hodges, aparece como una obra híbrida: lo que sugiere ser un vestido de seda con motivos florales contrasta con una telaraña de latón que cuelga de uno de sus costados. El artista estadounidense es conocido por combinar materiales y objetos cotidianos mediante conexiones poéticas y sutiles, y esta pieza encarna con claridad esos principios.

A su lado se encuentra el díptico Ouroboros (Fractal 3), creado por Emily Kraus en 2023. La obra surgió de un proceso basado en el movimiento continuo, la intuición y la repetición. “Motivada por el ritmo de los ciclos naturales”, escribe la cocuradora Flores, “la artista emplea un sistema de rodillos de su propia invención que pone en rotación continua dentro de su estudio para producir esta serie de pinturas, donde las ondas de óleo se trazan como jeroglíficos en perpetua repetición”. De estas piezas llama especialmente la atención la manera en que lo natural y lo mecánico se entrelazan: no queda claro, a primera vista, si las pinturas son el resultado de una meditación o de la cuidadosa observación de la naturaleza y sus devenires.

Retomando los motivos naturales y su encuentro con lo humano, aparece la pieza I’m hungry to keep you close. I want to find the words to resist but in the end there is a locked sphere. The funny thing is that you’re not here, nothing is, que Petrit Halilaj creó en 2014. Esta instalación, como gran parte del trabajo del artista, está estrechamente conectada con la historia de su natal Kosovo y con las consecuencias de las tensiones culturales y políticas en la región de los Balcanes. La obra, montada en una esquina de la sala, está compuesta por un traje amarillo que cuelga de una suerte de nidal; esto genera un contraste entre distintas formas de habitar el mundo, las cuales, sin embargo, mantienen cierta interconexión. Además, tiene una particularidad: a pesar de la aparente fragilidad del nido, la pieza produce una sensación de monumentalidad. Esta instalación dialoga con las nociones de realidad y ficción que atraviesan la muestra, sin saber del todo si nos acercamos a la casa de un ave gigantesca o a una colección de recuerdos, pues entre las ramas aparecen figuras de barro que asemejan pájaros.

Hay otras dos piezas que comparten una sensación de impermanencia e inmersión a través de la luz y el humo: Ventana, de Ale de la Puente, y Real remnants of fictive wars II, de Cyprien Gaillard, ambas de 2004. Me interesa pensar estas obras en conjunto porque se valen de una temporalidad y una atmósfera lumínica similar. La obra de la artista mexicana De la Puente muestra la forma en que la luz atraviesa las cortinas de tela de una casa y reflexiona sobre nuestra capacidad de reconocer la hora del día según la manera en que ciertos espacios se iluminan. Algo parecido sucede en el video de Gaillard, donde un paisaje es sometido a un fenómeno antinatural: un espeso humo blanco, creado con extintores, se extiende lentamente hasta borrar por completo el entorno, para luego revelar de nuevo el paisaje cuando la nube se disipa. En ambas obras, la mirada y la percepción del tiempo se ven comprometidas.

El recorrido por la exposición es relativamente breve, pero la sensación que guarda su curaduría se extiende más allá de la visita a la sala. Las ocho piezas que componen Visiones difusas nos invitan a desdibujar los límites entre lo evidente y lo esencial para descubrir que los espacios liminales también pueden ser una respuesta. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: