El 5 de febrero de 2026, Donald J. Trump hizo otra vez de sí mismo: dio un discurso arquetípico plagado de insultos, ataques y falsedades conspiratorias. El asunto es que la reunión donde se dio la diatriba no era un mitin de MAGA-lovers en Dakota del Norte sino el National Prayer Breakfast, un encuentro que desde 1953 reúne al presidente de Estados Unidos con los principales referentes de las religiones del país. Lo llamativo de aquello es que nadie protestó por la altisonancia divisiva de Trump. Más bien, los 3 mil 500 religiosos reunidos en el Washington Hilton Hotel se pusieron de pie y celebraron con una ovación al presidente mefistofélico.
¿Qué pasó? Se abrió el averno: un cambio estructural en la relación entre poder y credo que ha borrado la separación de Iglesia y Estado de la –¿aún?– mayor democracia del mundo para asegurar una nueva concepción del Estado, el gobierno, la república y la economía nada secular. Que el hombre moralmente menos dotado sea, hoy, el más indicado para garantizar victorias a ciertas iglesias no es, en rigor, milagro ni posesión: el evangelismo tomó el poder de Estados Unidos tras una paciente, ardua tarea de cinco décadas, el tipo de trabajo a largo plazo que hace sólidas a las instituciones. Este ensayo es su recorrido.
1. La Mayoría Moral y el dios republicano (1979-2008)
En 1979, mientras Jimmy Carter ocupaba la Casa Blanca, un pastor bautista llamado Jerry Falwell pronunció la frase que cambió el último medio siglo en Estados Unidos: “Los predicadores no tienen por qué meterse en política, pero yo he cambiado de opinión.”
No era un giro menor. Falwell había pasado quince años instando a sus colegas del púlpito a mantenerse alejados del mundo secular, pero ahora se convertía en uno de los primeros pastores en romper con la separación entre Iglesia y política. Quien lo animó a asumir que el reino de Dios podía ser indestructible si se apoderaba de la realpolitik fue Paul Weyrich, un exseminarista católico volcado ya al menester de cambiar el Estado. La organización que ambos crearon daría nombre a una era: la Mayoría Moral (MM).
La MM fue una máquina política disfrazada de revival. Su programa era concreto como una plataforma de partido: oposición al aborto, rechazo a los derechos de los homosexuales, apoyo irrestricto a Israel, recuperación de la oración en las escuelas públicas y rearmamento masivo de Estados Unidos frente a la Unión Soviética. Ni una coma atrás ni otra delante. El historiador John Fea dijo que la MM entendió que “la teología era el mejor lenguaje para hacer política de masas en Estados Unidos”. La experiencia histórica le dio la razón.1
Falwell y Weyrich comprendieron que la religión organizada era el único sistema de distribución ideológica capaz de llegar al ciudadano promedio una vez por semana, en persona, con propaganda controlada, sin ningún tipo de costos y con una autoridad moral intacta. Ya quisiera Coca-Cola eso. La iglesia era, funcionalmente, el partido en el territorio y los primeros en verlo fueron los asesores de Ronald Reagan. En 1980, durante una conferencia de líderes religiosos en Dallas, Reagan selló su pacto con la MM: “Sé que ustedes no pueden respaldarme, pero yo sí los respaldo a ustedes.” Fue una declaración de dependencia mutua: Reagan necesitaba los votos que los pastores movilizaban y los pastores un presidente que les devolviera el peso que la revolución cultural de los sesenta les había arrebatado. Esa alianza, escribió el historiador Randall Balmer en Thy Kingdom come, fue un negocio deliberado y rentable para religiosos y republicanos.
Hay un detalle que el mito suele ocultar: la cuestión que unió a los cristianos y el Partido Republicano no fue el aborto, como se cree, sino el dinero: la amenaza del Servicio de Rentas Internas de retirar la exención fiscal a los colegios privados blancos que habían florecido en el sur después de la sanción de las leyes de derechos civiles de John F. Kennedy. El brazo del gobierno metido en las escuelas de dios movilizó a la base evangélica sureña hacia la política activa y Weyrich se encargó de canalizarla hacia Reagan.2 El aborto llegó después, como el argumento noble que tranquilizaba las almas.
Durante los años ochenta de Reagan, la MM construyó lo que el sociólogo Robert Wuthnow llamó “la reestructuración de la religión americana”:3 un desplazamiento del eje identitario desde las denominaciones –eres bautista, metodista, presbiteriano– hacia el político –eres conservador o liberal–. La Mayoría Moral se disolvió formalmente en 1989, cuando Falwell declaró que su misión había triunfado, pero la infraestructura permaneció y, más aún, se perfeccionó. En 1994, seis años después del fin de la MM, la Christian Coalition liderada por Ralph Reed –dominada por bautistas, protestantes y pentecostales– distribuyó 33 millones de guías electorales en las iglesias de todo el país. Ese año, los republicanos recuperaron la Cámara de Representantes por primera vez en cuatro décadas. Un año más tarde, en 1995, la revista Time puso en su portada a Reed con el título: “La mano derecha de Dios”.
La otra figura central de ese puente entre republicanos y cristianos blancos fue James Dobson, el fundador de Focus on the Family, una organización que llegó a producir programas de radio para casi treinta millones de personas en un centenar de países. Dobson era duro y doctrinario, pero tenía un carisma comunicacional de profeta. Su voz en la radio era la autoridad moral que guiaba y reconvenía a los hogares evangélicos de todo Estados Unidos.
El mejor producto político de esta alianza –el jabón que todo lo lavaría y cualquier familia compraría– fue George W. Bush, una metáfora perfecta: el hijo no pródigo, alcohólico y extraviado, que se redime tras caminar el desierto del sacrificio. Karl Rove, el arquitecto político histórico del Partido Republicano, dijo a inicios de la campaña de reelección presidencial de 2004 que la diferencia entre ganar y perder radicaba en movilizar a los cuatro millones de evangélicos blancos que no habían votado en 2000, así que Bush hijo reclutó a los líderes evangélicos sabiendo que tenían detrás una fuerza convencida e infatigable.
El periodo Reagan-Bush II estableció los cimientos de una alianza que había dejado de ser táctica para hacerse estratégica: los evangélicos blancos se convirtieron en el corazón electoral del Partido Republicano y el Partido Republicano fue el vehículo de su agenda. La Mayoría Moral no consiguió tanto, pero sus bases cimentaron esta etapa y permitieron la profundización de esa lógica hasta sus consecuencias más extremas: MAGA.
2. La arquitectura del poder y el nacimiento de la bestia (2008-2016)
Cuando Barack Obama ganó la elección de 2008 con 53% del voto popular algo se quebró en el evangelismo político estadounidense. Y no fue solo la derrota sino el tipo de derrota. Obama era un tipo negro desconocido con un nombre árabe-islámico –tres outsiders en uno– al frente de una coalición de jóvenes, minorías y universitarios, los sectores menos religiosos de la historia americana. Para los pastores que habían construido durante tres décadas el relato de una nación cristiana destinada a la grandeza, Obama era una refutación viviente: la secularización impensada de one nation under God.
La respuesta –Yisus Roberto Craist!– no fue la moderación sino la radicalización: el Tea Party.
El movimiento, que emergió en 2009 con aparente espontaneidad y el foco en fiscalizar el gasto público, tenía en verdad un sustrato religioso. Theda Skocpol y Vanessa Williamson escribieron en The Tea Party and the remaking of republican conservatism que su base era, en un porcentaje aplastante, cristiana evangélica, blanca y con más de cincuenta años de edad. Y, en rigor, no les preocupaba tanto el déficit fiscal como la sensación de que su país –el país de ellos– les estaba siendo arrebatado. Los genes de Trump como bête noire de la democracia están en aquel Tea Party, el movimiento que inauguró el populismo del siglo XXI en Estados Unidos.
Pero la calle no hace política perdurable: eso viene con la ley. Y allí el cerebro que construyó más metódicamente la arquitectura institucional del evangelismo político perteneció a Tony Perkins, un tipo con cara de desayunar avena a diario que fue policía y reportero antes de ser legislador. Perkins convirtió al Family Research Council que preside desde 2003 en el lobby más poderoso de la derecha religiosa. Siguiendo las ideas de varios think tanks, vio que el cambio cultural durable requería control judicial y que no hay mejor manera de obtener ese control que dominando la Corte Suprema –si las leyes pueden ser revertidas pronto, las sentencias de la Corte tardan décadas en deshacerse.
La obsesión por el poder judicial fue el gran regalo estratégico del evangelismo al Partido Republicano en este periodo. La Federalist Society, fundada en 1982 por jóvenes abogados conservadores de Yale y Chicago, se convirtió en la cantera de jueces que el evangelismo necesitaba. La gran mayoría de los magistrados propuestos por Trump II, de hecho, provienen de las listas federalistas inspiradas en las acciones de Perkins.
Al mismo tiempo que eso sucedía en la superestructura, en la base también sucedían cambios, sobre todo en el lenguaje empleado en las megaiglesias del cinturón evangélico, el Bible Belt que va del sur de Missouri hasta el extremo sur del país. El pastor Mark Driscoll, con su Mars Hill Church en Seattle, fue el pionero del nuevo evangelismo: foco en hombres jóvenes, discurso patriarcal y misógino y con un Jesús guerrero que nada tiene que ver con el manso cordero de los himnos del siglo XIX. Driscoll cayó en 2014 bajo acusaciones de abuso espiritual, malversación de fondos y plagio, pero su impacto cultural persistió.4 La historiadora Kristin Kobes Du Mez, en su revelador Jesus and John Wayne, cuenta cómo el evangelismo americano fue construyendo sistemáticamente una teología de la masculinidad belicosa que preparó el terreno cultural para Trump.
Mientras todo eso sucedía, Obama cumplía dos mandatos de un gobierno del llamado “neoliberalismo progresista”, una moderación sin escándalos que, paradójicamente, radicalizó al evangelismo político. La legalización del matrimonio igualitario en 2015, por ejemplo, fue percibida como una derrota civilizacional por la derecha religiosa y que la defendiese un presidente negro no hizo más que sumar un insulto al agravio. Albert Mohler Jr., presidente del Seminario Teológico Bautista del Sur y una de las voces doctrinales más influyentes del evangelismo, escribió que la sentencia Obergefell v. Hodges era “el momento de mayor peligro para la libertad religiosa en la historia de Estados Unidos”.5 Que la frase suena a oratoria del aparato de seguridad ante una amenaza terrorista no es exagerado: desde entonces, los cristianos vieron a la política como la manifestación de una nación en guerra.
Fue justo en esos momentos en que Donald Trump bajó por la escalera de la Trump Tower y anunció su candidatura alertando sobre violadores mexicanos y bad hombres. Los pastores evangélicos que lo vieron entonces no supieron que ese sujeto amoral les daría algo más antiguo, diferente y útil que un líder espiritual: un rey.
3. El rey sin dios y su iglesia sin doctrina (2017-2026)
Todos nos rascamos la cabeza con esta pregunta: ¿cómo un hombre que es la materialización de la inmoralidad –divorcios, infidelidades, fraudes, lenguaje obsceno, crueldad pública, apología de la violencia– se convirtió en el político más respaldado por los cristianos en la historia de las encuestas modernas? En 2020, Trump recibió el 81% del voto evangélico blanco, un número incluso superior al de Reagan, hasta entonces el tótem del conservadurismo religioso. La respuesta es teológica más que política. John Fea, en Believe me. The evangelical road to Donald Trump, identifica tres motores: el miedo, el poder y la nostalgia de una grandeza blanca que nunca fue tan grande como se recuerda.
Demos la entrada a la primera mujer de esta historia, que no es María Magdalena: Paula White-Cain, arquitecta espiritual de la relación Trump-evangelismo. Pastora de una megaiglesia en la Florida, White conoció a Trump a inicios de siglo y se convirtió en su asesora espiritual. White es muy parecida a Trump: desleal, infiel, ventajera y corrupta. Fue ella quien lo llevó, cuando era candidato, hacia la comunidad de líderes evangélicos que necesitaba ser convencida. En junio de 2016, mil pastores se reunieron con Trump en Nueva York a pedido de White y Trump los sedujo con lo que el periodista Joshua Green llamó en Devil’s bargain “una devoción transaccional perfectamente calibrada”. No les prometió salvación sino algo infinitamente mejor: los jueces en la Corte Suprema que Tony Perkins reclamaba desde hacía dos décadas.
Los nombramientos de Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett en la Corte fueron la recompensa más concreta que el evangelismo recibió en cincuenta años de militancia política. La reversión de Roe v. Wade en 2022 –que otorgó a los estados la facultad de restringir o prohibir el aborto– fue celebrada en las megaiglesias como una victoria providencial. Mohler lo calificó como “el día más feliz” de su vida adulta.
En este periodo emergió con fuerza un movimiento que se movía en los márgenes del evangelismo desde los años noventa, el dominionismo, y su variante más radical, el Mandato de las Siete Montañas. La teología de las Siete Montañas, desarrollada originalmente en los años setenta, sostiene que los cristianos deben conquistar siete esferas de influencia cultural: gobierno, negocios, medios, artes, educación, familia e iglesia. Y no es una conquista metafórica sino literal: tomar el control.6
El movimiento de la Nueva Reforma Apostólica añadió una capa adicional trayendo a la arena pública a algunos iluminados que declaraban haber recibido revelaciones directas de Dios sobre la política americana. Muchos de ellos profetizaron la reelección de Trump en 2020, pero cuando eso no ocurrió no revisaron su teología: acusaron de fraude electoral a las máquinas de votación de la compañía Dominion.7 Poco tiempo después, los militantes del Mandato de las Siete Montañas y el movimiento de ultraderecha QAnon se solaparon el 6 de enero de 2021 con cruces, banderas y oraciones para asaltar el Capitolio e impedir la certificación de Joe Biden como presidente.
La periodista Katherine Stewart cuenta en The power worshippers. Inside the dangerous rise of religious nationalism cómo en este periodo el nacionalismo cristiano –la doctrina que sostiene que Estados Unidos fue fundado como nación cristiana y debe ser gobernado según principios bíblicos– dejó de ser una posición marginal para convertirse en parte del vocabulario político mainstream del Partido Republicano. Es un cambio radical que cubre todo el espacio visible. El vicepresidente J. D. Vance y congresistas como Marjorie Taylor Greene o Lauren Boebert hablan abiertamente de la inmanencia cristiana de la democracia estadounidense, por ejemplo. El Family Research Council de Perkins adoptó la designación “nación cristiana” en sus documentos oficiales y Andrew Torba, fundador de la plataforma de ultraderecha Gab, declaró que quería construir una “economía paralela cristiana”.
En 2025, ya en su segundo mandato, Trump nombró a Paula White como asesora presidencial de pleno derecho. Fue otro cambio donde lo simbólico y lo real se fundieron para crear política. Nunca como hasta ahora –ni con Reagan ni con George W. Bush– un presidente recibió tantas visitas religiosas en la Casa Blanca. Reagan cuidaba su exposición mientras Trump se muestra en fotografías y videos que lo tienen en el centro de una imposición colectiva de manos. Retuitea memes donde Jesucristo lo bendice y otros con un rayo divino iluminándolo. El presidente se ha apropiado de una irreconocible verba religiosa que distribuye por su red Truth Social. Todo le es tolerado porque es funcional a la agenda cristiana. Por eso en el National Prayer Breakfast de 2026 sus insultos y la autoglorificación recibieron una ovación de pie.
4. Los tech-lords y el Evangelio del Capital: el futuro ya llegó
Peter Thiel, el cofundador de PayPal y uno de los inversores más influyentes del mundo tecnológico, pasó años financiando a candidatos ultraconservadores y think tanks del nacionalismo cristiano porque leyó mucho cuando tenía veintipocos años. El asunto, claro, es qué leía.
Thiel tenía en su mesa de noche al filósofo francés René Girard, difusor de la teoría del chivo expiatorio –la violencia social se evita dirigiéndola a un grupo de “otros” distintos, como los extranjeros y las minorías–; al alemán Carl Schmitt –teórico del autoritarismo nazi y sostén de las identidades y la dicotomía amigo/enemigo, raíz de la polarización populista–; y, crucialmente, al calvinista estadounidense R. J. Rushdoony, el padre del reconstruccionismo cristiano, que sostenía que la ley bíblica –el Levítico, el Deuteronomio– debe reemplazar a la ley civil en una nación cristiana.8 Rushdoony murió en 2001 y fue un pensador marginal en su tiempo, pero hoy su influencia impregna, a veces sin saberlo, a una generación de emprendedores que creen que el Estado es ilegítimo, que el mercado es sagrado, el monopolio una condición natural y la democracia liberal un error histórico.
En Live work work work die, Corey Pein repasa la convergencia ideológica entre la tecnocracia libertaria de Silicon Valley y el ultranacionalismo cristiano. No es amor ni una alianza natural, por supuesto –los ingenieros de código y los pastores de Texas tienen poco en común en términos culturales–; los une el espanto: un profundo desprecio por el consenso liberal, la desconfianza hacia la democracia representativa como sistema de distribución del poder y la certeza de que debemos ser gobernados por una élite de geniócratas y elegidos.
Thiel lo ha dicho con la claridad de quien se siente intocable: “No creo que la libertad y la democracia sean compatibles.”9 Eso fue en 2009, en un ensayo para el Cato Institute, principal referencia del pensamiento libertario en Estados Unidos. Elon Musk, que no tiene afiliación religiosa conocida pero que comparte con Thiel la cosmología del genio solitario destinado a salvar a la humanidad, es uno de los personajes más ambivalentes de ese proyecto. Su alianza con Trump en la campaña de 2024 y su rol como director del Departamento de Eficiencia Gubernamental fueron la versión secular del proyecto dominionista: capturar las instituciones del Estado y vaciarlas de contenido para rehacerlas según una lógica funcional al asaltante. La diferencia es que Musk no usa el lenguaje de Dios: lo suyo es la eficiencia, la aceleración y el progreso tecnológico, ideas que formaron el alma del movimiento futurista de 1909 que una década después nutriría al fascismo de Benito Mussolini. Pero el resultado práctico –desmantelar el Estado, reducir derechos sociales, concentrar el poder en élites elegidas– es el mismo que soñaban la Mayoría Moral en 1979, los pastores del 2000 y Thiel en 2024.
Tech-lords y evangelistas políticos se unen por la función, no la fe o la ideología. Ambos ofrecen un relato totalizador que explica el presente y promete un futuro mejor para los elegidos –¿recuerdan Don’t look up?– mientras justifica las jerarquías existentes. Ambos desprecian la deliberación democrática como un proceso lento, corrupto e inapropiado para tiempos de urgencia. Ambos proponen líderes excepcionales –ungidos o superdotados– y presidencias unitarias que deben ser seguidas sin demasiadas preguntas. Y ambos tienen los recursos para pagar las consecuencias de sus convicciones.
Algunas de las figuras que más conscientemente habitan esa intersección son Kristi Noem, Russell Vought y Doug Burgum. Noem fue la sicofante directora de Homeland Security, responsable operativa de la estrategia antimigratoria diseñada por otro fanático del gobierno de Trump, Stephen Miller. Vought, el director de presupuesto de Trump II, es hombre del Claremont Institute, un think tank conservador alineado con el nacionalismo evangélico en la misión de recristianizar el país y que ha provisto a ambos gobiernos de Trump con una centena de cuadros y asesores, incluido el número dos de la CIA, Michael Ellis. Burgum, exgobernador de Dakota del Norte, asumió como secretario del Interior en la segunda administración de Trump con el propósito de abrir tierras públicas a la explotación privada. Burgum emplea el lenguaje de un broker cristiano –Dios nos dio la tierra para administrarla, no para preservarla– que es, simultáneamente, un regalo a las industrias extractivas que financiaron su carrera.10 Una síntesis perfecta: teología como argumento de negocios.
Pero hay una síntesis más: la destrucción de la fe con propósitos políticos. El mejor ejemplo de ello es Pete Hegseth, el secretario de Defensa. Hegseth prometió la “condena eterna” de Irán y sus “almas malvadas” unos días antes de que Trump anunciara que “borraría” su civilización de la Tierra, animado por la concepción de que la guerra contra los ayatolas es un “mandato divino”. El Departamento de Defensa cambió su nombre a Departamento de Guerra para recuperar, dijo Hegseth, un ethos militar perdido por la ideología woke y el intelectualismo. Y la herramienta para reespiritualizar ese ethos es una cristiandad combativa institucionalizada en misas, comandantes religiosos y la fe como disciplina. Cuando, sin nombrarlo, el papa León XIV cuestionó el militarismo genocida de la administración Trump, el Pentágono le respondió como lo haría un fanático: “Estados Unidos tiene el poder militar para hacer lo que desee en el mundo. Mejor que la Iglesia católica elija su lado.”
Por supuesto, el futuro de esta alianza religioso-política no está garantizado. Hay tensiones reales: una teocracia es inusual en Occidente y puede producir rechazos multitudinarios; no hay seguridad de que Trump procree una sucesión con el carisma requerido para operar un cambio cultural masivo y veloz; el evangelismo popular desconfía de las élites tecnológicas que en privado, a su vez, desprecian a la religión organizada; los tech-lords necesitan la masa evangélica para ganar elecciones pero no comparten su cosmovisión. Dentro del propio evangelismo, además, hay voces –Michael Gerson antes de su muerte, Russell Moore hoy– que advierten sobre la corrupción moral del movimiento.11 Pero esas voces hoy son minoritarias y las instituciones que construyeron –el Family Research Council, los think tanks, las redes de megaiglesias, los canales religiosos de radio, televisión y streaming– son demasiado grandes para ser desafiadas desde adentro sin pagar un precio enorme.
El escenario más probable, dada la experiencia del último medio siglo, es la profundización del fanatismo religioso-político. El evangelismo tiene demografía a su favor en los estados del interior –y sus familias se reproducen más que las liberales–; el Partido Republicano no exhibe líderes que quieran cambiar el rumbo y la oligarquía tecnológica tiene capital y herramientas de comunicación. Juntos, pueden construir lo que el filósofo político Sheldon Wolin llamó “democracia administrada”: el mantenimiento de la formalidad del procedimiento electoral con el vaciamiento de su contenido deliberativo. De hecho, algo así ya sucede: en 2025, V-Dem Institute, el respetado centro de estudios de gobernanza institucional a nivel mundial, constató que Estados Unidos se degradó de la democracia liberal a la electoral por primera vez desde 1776.
Epílogo: La cruz deviene marca
La conversión del evangelismo en un espacio que no es religión en el sentido clásico –una práctica comunitaria orientada hacia lo trascendente– sino una cosmología política que usa el lenguaje y los rituales religiosos permitió construir una identidad tribal y articular una agenda de poder que justifica un modelo económico y una organización social inequitativa. En términos weberianos, es la inversión de la ética protestante: la riqueza celebrada como evidencia de favor divino y la pobreza –y el ascetismo y la disciplina moral que en el pasado llevaban a la fortuna– redefinida como fracaso espiritual.
Ese cristianismo funciona, en la práctica, como una maquinaria de reproducción del orden social, una “religión de los poderosos” en palabras del teólogo James Cone: a diferencia del evangelio de los pobres y la tradición profética que denuncia la injusticia, santifica el statu quo.12 El matrimonio de conveniencia con Silicon Valley agrega una capa más: la promesa de inmortalidad, la ocurrencia de que la tecnología puede extender indefinidamente la vida humana.
Pero lo que está en juego, en el fondo, no es teológico ni tecnológico sino político. Y eso ya lo sabía el hombre que empujaría al pastor Falwell a convertir a los cristianos en militantes republicanos, Paul Weyrich: en 1973, antes de fundar la Mayoría Moral, Weyrich había creado The Heritage Foundation, el think tank conservador más reconocido de Estados Unidos y autor, nada menos, del Proyecto 2025, el plan de autocratización desplegado en Trump II.
Ahora el asunto es si la democracia liberal –con su insistencia en la igualdad formal, la separación de poderes, los derechos de las minorías y el gobierno por deliberación y consenso– puede sobrevivir a una coalición que la desprecia desde dos flancos, el de quienes creen que Dios la supera y el de quienes creen que el mercado la hace irrelevante. ~
- John Fea, Believe me. The evangelical road to Donald Trump, Eerdmans, 2018, p. 44.
↩︎ - Randall Balmer, “The real origins of the religious right”, Politico Magazine, 27 de mayo de 2014.
↩︎ - Robert Wuthnow, The restructuring of American religion, Princeton University Press, 1988, cap. 7.
↩︎ - Mark y Grace Driscoll, Real marriage, Thomas Nelson, 2012.
↩︎ - Albert Mohler, “The Supreme Court’s Obergefell decision: The blurring of everything”, AlbertMohler.com, 26 de junio de 2015.
↩︎ - C. Peter Wagner, Dominion! How kingdom action can change the world, Chosen Books, 2008, pp. 15-30.
↩︎ - Lance Wallnau, God’s chaos candidate, Killer Sheep Media, 2016, pp. 60-75.
↩︎ - Michael Lind, “Peter Thiel’s Nietzschean wager”, Tablet Magazine, septiembre de 2021.
↩︎ - Peter Thiel, “The education of a libertarian”, Cato Unbound, 13 de abril de 2009.
↩︎ - The New York Times, “Doug Burgum’s public lands vision”, febrero de 2025.
↩︎ - Russell Moore, Losing our religion. An altar call for evangelical America, Sentinel, 2023, pp. 1-20.
↩︎ - James Cone, The cross and the lynching tree, Orbis Books, 2011, pp. 155-165. ↩︎