Mi tío compraba la revista Interviú todas las semanas y yo, en mi pubertad y primera mocedad, la ojeaba los domingos mientras esperaba que empezara el almuerzo dominical en casa de mis abuelos maternos. La chica semidesnuda de la portada –y las de las páginas interiores– era un buen reclamo a esa edad. Pero había otras cosas que resultaban atractivas en aquella publicación: fotos impactantes, reportajes valientes sobre la extrema derecha y la violencia o un lenguaje desacomplejado, que empezaba siempre en los titulares. Si tuviera que elegir lo más turbador que recuerdo de aquellas lecturas, fascinadas y algo a hurtadillas, me inclinaría, sin duda, por un reportaje dedicado a un supuesto “holocausto caníbal” en el Amazonas, con ilustraciones sexuales y violentas muy explícitas. Me provocaron un sentimiento mezclado de asco, atracción e incredulidad. Era el año 1980. Más adelante, claro está, me enteré, como muchos otros españoles, de que había truco. Holocausto caníbal era, en realidad, una película de Ruggero Deodato, destinada a ser muy polémica, estrenada por aquellas fechas. Las historias y fotos que se presentaban como reales pertenecían al film. La trampa, sin embargo, funcionó.
Coincidiendo con el cincuentenario del nacimiento de Interviú, en 1976, se ha publicado el libro Los desnudos y los muertos. Una crónica sentimental de Interviú, del periodista y escritor Jerónimo Andreu. El título alude a una frase de uno de los colaboradores habituales de la revista, Manuel Vázquez Montalbán, sobre la posibilidad de encontrar en sus páginas, “junto a los desnudos, la brutalidad de la muerte más brutal”. Acaso no esté de más decir que Los desnudos y los muertos (The naked and the dead) fue también el título de una obra de Norman Mailer: una celebrada novela de guerra aparecida en 1948 en los Estados Unidos. Comoquiera que sea, Andreu nos recuerda en el prólogo que, en otra ocasión, Vázquez Montalbán definió cada ejemplar como “una audaz cesta de Navidad semanal que abastecía al público de todas sus hambres retrasadas” durante la dictadura franquista. Interviú fue, en sus años álgidos, que coinciden con la Transición y el despegue de la España democrática, el fruto de una época. Y, en consecuencia, los cambios vividos en el país afectaron decisivamente a su existencia. Sobrevivió hasta 2018, pero los últimos lustros poco tenían que ver, más allá de un particular sensacionalismo y las cada vez más devaluadas chicas de portada, con el producto popular, escandaloso y rompedor que una vez llegó a ser. Constituyó, en cualquier caso, sostiene el autor, “un juguete periodístico único”.
Andreu nos propone una crónica colectiva, rellena de individualidades, de las distintas etapas del semanario. Para entender los orígenes de Interviú resulta necesario referirse a tres hombres, una ventana de oportunidad y la singularidad del producto. Para empezar, tres individuos: Antonio Asensio, un osado y aventurero empresario que había empezado casi desde abajo; José Ilario, genial diseñador de productos periodísticos originales, como Bocaccio o Por Favor, y Jerónimo Terrés, exgerente administrativo del declinante Grupo Mundo de Sebastián Auger. Ellos crearon, en marzo de 1976, Ediciones Zeta, que tuvo Interviú por insignia. A partir de 1981 solamente continuaba Asensio. La ventana de oportunidad no es otra que la abierta en el propio año 1976, tras la muerte de Franco y en una transición política que iba a la zaga de otras transiciones que la sociedad española ya había realizado o estaba realizando: económica, cultural, moral, sexual. La oferta era una respuesta –y una incitación a más– a una clara demanda de sexo y de información política. Suponía, evidentemente, un negocio prometedor. Asensio nunca negó que su gran objetivo era ganar mucho dinero.
Un producto singular, finalmente, capaz de combinar desnudos femeninos, sangre, reportajes escandalosos y firmas de prestigio de horizontes ideológicos muy distintos, desde el franquismo insolente de Emilio Romero al comunismo caviar de Manuel Vázquez Montalbán, pasando, entre otros, por Francisco Umbral, que iba a dejar en las páginas de la revista notables muestras misóginas. Interviú no tenía altas pretensiones intelectuales y buscaba un público amplio y diverso. La portada y, en general, las fotografías, eran la clave de bóveda. De ahí la importancia del jefe de compras, un puesto ocupado desde 1982 por Miguel Ángel Gordillo. Los desnudos y el erotismo eran fundamentales, pero la revista era mucho más. De hecho, la misma empresa –conocida también como Ediciones Teta– ofrecía otras publicaciones con mucha más carne, como Lib, Penthouse o cómics porno. La clave de Interviú estaba en la adecuada mezcla de los ingredientes servidos.
La revista salió a la calle en mayo de 1976 –coincide en fechas con la del diario El País– y se vendieron 87 mil ejemplares del primer número. En la entrega dieciséis, del mismo año, con unas fotos de Marisol desnuda, hechas en 1970 por César Lucas, se alcanzaron los 350 mil. En 1978 se tiraba ya el doble de revistas. El éxito del producto era evidente. Andreu dedica espacio a la empresa –entre Barcelona y Madrid, falta de transparencia, con poco capital de base y necesidad, en consecuencia, de altas ventas y diversificación– y a lo que acabó siendo, en 1987, el holding Grupo Zeta, que, junto con Interviú, elaboraba otras publicaciones de largo recorrido como Tiempo, El Jueves o El Periódico de Cataluña y estaba detrás de otras iniciativas, desde productoras hasta los míticos caramelos Peta Zetas. La caótica redacción de los primeros tiempos de Interviú recibe especial atención, así como sus miembros, desde Yale (Felipe Navarro) y el irreverente Luis Cantero hasta los ultraizquierdistas José Catalán Deus, José Luis Morales y Xavier Vinader. Estos últimos publicaron numerosos reportajes arriesgados, que generaron un sinnúmero de denuncias, querellas y conflictos, sobre viejos crímenes y escándalos del franquismo o las andanzas de la extrema derecha en la Transición. Sus contactos con eta y su entorno y otros grupos terroristas de izquierda es una página algo oscura y compleja. En aquella redacción convivían, bien pagados y casi siempre hombres, “pornógrafos y revolucionarios, partidarios de la ligereza y de lo sesudo, rigurosos y alocados”: era el mix ideal, sostiene Andreu, para el Interviú de Asensio.
Considera el autor que 1990, con la salida de la dirección de la revista de Ignacio Fontes, supone el fin de una época. Todo iba a ser distinto después. España y los españoles también habían cambiado sustancialmente. Poco a poco se impuso el imperio de lo políticamente correcto. Antes de Fontes ocuparon la dirección Antonio Álvarez Solís, Darío Giménez de Cisneros, Eduardo Álvarez Puga, Pablo Sebastián y Basilio Rogado. Desde 1990 hasta 2018 les siguieron Francisco Mora, José Cavero, Agustín Valladolid, Jesús Maraña, Teresa Viejo, Manuel Cerdán y Alberto Pozas. A partir de la década de los noventa iba a aumentar el amarillismo y el erotismo, gracias a los concursos de la Chica Interviú sobre todo; empero, casi desaparecieron los reportajes comprometidos y polémicos. La revista era ya otra, pero el reclamo sexual la seguía manteniendo. Andreu nos habla de los fracasados negocios televisivos de Asensio, fallecido en 2001, así como de sus amistades peligrosas (Javier de la Rosa, Mario Conde); de la vinculación de la revista con Gran Hermano y otros productos que alimentaban artículos y portadas –aunque también posaran Alaska, Bimba Bosé o, por vez primera un hombre en 2010, Javier Vázquez–, y, asimismo, de la creciente deuda millonaria de Zeta, que terminó con el cierre de Interviú a principios de 2018. De casi cuarenta años de vida ha quedado un buen montón de desnudos –posados, robados y falsos robados, además de algunos chantajes y los inevitables toples veraniegos–, como los de Marisol (1976), Lola Flores (1983), Sabrina Salerno (1987) o Marta Sánchez (1991), el más caro y el que más semanarios hizo vender: un millón. Muchos lectores recordarán también, sin duda, reportajes y escándalos como los de los Grupos Antiterroristas de Liberación, la localización del ultra Emilio Hellín, las andanzas del espía Paesa, Luis Roldán en calzoncillos, la famosa y mediática pillada sin ropa interior de Marta Chávarri, los crímenes de Puerto Hurraco o los papeles de Sokoa. Interviú es, en fin de cuentas, como muestra el entretenido libro de Jerónimo Andreu, una historia de España. En mi caso está sobre todo asociado, inevitablemente como dije al principio, a un impactante holocausto caníbal que fue pero que no fue. ~