La opacidad del recuerdo

Parte de la felicidad

Dolores Gil

Tránsito

Madrid, 2026, 72 pp

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Dos cuestiones vienen a mi mente tras la lectura de Parte de la felicidad, de Dolores Gil (Buenos Aires, 1981): primero, la tradición en la que se inscribe –obras autobiográficas sobre el duelo, a la manera de El año del pensamiento mágico de Joan Didion o Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett–; segundo, la brevedad como decisión formal –que no es novedosa pero que se suma al creciente interés editorial por la llamada tiny literature, que acapara los mostradores de las librerías–. En poco más de setenta páginas, la autora condensa temas tan complejos como la culpa, el lenguaje o las trampas de la memoria y lo hace con rigor y precisión, como ponderando el peso y el aliento de cada frase.

Publicado originalmente en Argentina y después en Chile, Parte de la felicidad llega a España en la cuidada colección Miniaturas de la editorial Tránsito. Merece la pena hacer una breve mención al libro como objeto: desde el lanzamiento en 2017 de los Nuevos Cuadernos Anagrama, el sector editorial de habla hispana pareciera haber redescubierto el formato mini (no el libro de bolsillo al uso, sino el de un tamaño inferior al clásico 12 x 18 cm). Prueba de ello son los Pequeños Placeres de Ediciones Invisibles, la colección Asterisco de la editorial Niños Gratis*, la serie Taurus Great Ideas, las publicaciones de La Caja Books, la colección Cahiers de Wunderkammer o la serie menor de la Biblioteca de Ensayo de Siruela, por mencionar algunos ejemplos. Ante el incremento de los costes de producción, la industria se ha decantado por formatos reducidos a precios accesibles que, de cara al lector, se traducen en compras impulsivas y lecturas ligeras –que no necesariamente light–. Esto ha propiciado que la nouvelle comience a ocupar el lugar que siempre le ha correspondido y que el ensayo corto represente la posibilidad de ser el punto de partida de una inmersión más exhaustiva en un tema concreto.

En el caso de Parte de la felicidad ocurre un fenómeno singular: en tanto crónica autobiográfica de un duelo –un accidente doméstico que trastocó el pasado y volvió frágil el presente de la autora–, ha sido concebida desde el inicio para poblar escasas páginas. No es un mérito menor: el lector tiene la constante sensación de que la prosa ha sido depurada hasta el cansancio, de que al libro no le sobra ni le falta nada, de que los agujeros y los silencios no provienen de la escritura, sino del recuerdo mismo. Nada se inventa. Más bien, como escribía Pavese en Fiestas de agosto: “Es preciso saber que no vemos jamás las cosas por primera vez, sino siempre por segunda. Entonces las descubrimos y a un tiempo las recordamos.”

El punto de partida es nítido: un domingo de septiembre, la enredadera de la casa familiar se prende fuego. Lo que podría haber sido un incidente sin importancia se convierte, por una serie de descuidos y tropiezos, en una tragedia que marca la vida entera de la narradora: la muerte de su hermana menor, Manuela, de seis años. A partir de ese momento se abre el “laberinto del duelo” del que el libro es, a la vez, registro y escape: un recorrido que abarca casi tres décadas y en el que la infancia, la juventud y la adultez (y en específico la maternidad, plagada de temores y remembranzas) se ciñen alrededor de ese núcleo doloroso. Al intentar recrear la escena del desastre, Gil no se concentra en lo que ocurrió, sino en lo que no puede aprehender: las versiones contradictorias, los reclamos tácitos o los huecos de la memoria, que está en huida constante.

Una sombra recorre la historia de la narradora: la culpa. No la que proviene de no haber podido evitar el desastre, sino la de no haber sido capaz de recordar, la de haber aceptado el pacto de silencio que se cierne en torno al incidente. El duelo se revela entonces como un proceso no lineal de aceptación; es, más bien, una sucesión de intentos fallidos: nimios gestos de normalidad, cambios de casa, vacaciones familiares, vínculos que apenas disimulan la fractura original.

Dolores Gil escribe con sobriedad, pero también con contención. Parte de la felicidad no es una narración cronológica: como emulando los mecanismos de la memoria, está compuesta por fragmentos, escenas recortadas, reflexiones que interrumpen el relato y vuelven una y otra vez sobre los mismos elementos: la casa, la enredadera, el asado que se preparaba ese día, el fuego, el padre, la ventana, las voces de los adultos, la niña que observa. El recuerdo subsiste, intenta abrirse paso, retrocede; ciertas imágenes regresan a esa casa y a ese instante, pero la escritura las elude. Más aún: no hay escritura porque no hay memoria, porque lo que se vio es inaccesible para el lenguaje: “Nadie me habló de eso: no hay referencias, no hay relato. Y si lo escuché o me contaron algo, mi cabeza hizo un esfuerzo descomunal por destruir una a una las palabras, las imágenes, los sonidos. No queda nada. Un páramo, un desierto con algunos oasis: apenas los vislumbro, se desvanecen como espejismos cuando me estoy acercando, exhausta, a tomar de su agua.”

Frente a los diarios o las crónicas que documentan la degradación paulatina de un ser amado –como Desarticulaciones de Sylvia Molloy, Una mujer de Annie Ernaux o el Tríptico del cangrejo de Álvaro Uribe–, Gil opta por un libro breve y delicado cuyo cráter radica en un solo instante: la muerte de Manuela. No hay diacronía en un accidente mortal; no hay antes ni después, hasta la escritura de este libro.

Y sin embargo esta no es, o no únicamente, una obra sobre el duelo. El movimiento de la historia es pendular: la narradora va y viene del duelo a la felicidad y viceversa. Ya desde el título se adivina una promesa que se transforma en una serie de preguntas: ¿qué parte de la felicidad queda intacta cuando el mundo conocido salta por los aires?, ¿qué parte se puede reconstruir sin sentir que se traiciona a los muertos? La felicidad, parece decirnos, nunca está exenta de recelos: con sobriedad, con mesura, valiéndose de frases cortas, Dolores Gil rehúye los tópicos, esquiva los lugares comunes y plantea preocupaciones genuinas.

La presencia del hijo introduce un nuevo eje en este engranaje narrativo: si la hermana muerta fija el pasado en un punto inmóvil, el niño empuja la narración hacia adelante, obliga a la protagonista a habitar el presente y a imaginar un futuro distinto. Gil escribe desde esa tensión: entre la lealtad a la niña que ya no está y la responsabilidad hacia el hijo que reclama una vida posible. Muchas escenas son postales de una maternidad común –las rutinas de sueño, los miedos razonables– y, a la vez, campos minados donde cualquier gesto cotidiano puede activar la memoria del incendio y del cristal en punta. La felicidad, cuando aparece, llega siempre bajo sospecha; pero también como una tregua mínima, una suspensión parcial del dolor que no se confunde con el olvido.

Hay, además, una persistente reflexión sobre el lenguaje. Parte de la felicidad es, entre otras cosas, la historia de alguien que durante años no encontró palabras para nombrar lo sucedido y que solo mucho más tarde comprendió que los silencios no protegían a nadie. En ese sentido, escribir este libro implica abrazar la opacidad de la memoria: como si se tratara de un palimpsesto, hay ciertas huellas, unas cuantas escenas, algunas secuencias, un puñado de palabras, y poco más.

Y, sin embargo, al terminar la lectura uno tiene la impresión de haber asistido a un gesto radical: el de alguien que, tras décadas de silencio, decide mirar la vida de frente y sentarse a escribir. Esa decisión es, quizá, la parte de la felicidad que el libro pone de manifiesto: no la reconciliación total con el pasado, sino la posibilidad de habitarlo sin que paralice el presente. ~


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