Nueve años después de que el comediante Louis Alfred Székely, mejor conocido como Louis C.K., enfrentara el escándalo, la vergüenza y la cancelación urbi et orbi por las acusaciones de varias mujeres que lo señalaron por conducta sexual inapropiada (básicamente, por masturbarse delante de ellas), el actor, escritor y director de cine y televisión, ganador de dos Critics Choice, tres premios del sindicato de guionistas, tres Grammys y seis Emmys ha regresado al mainstream televisivo con su más reciente especial, Ridiculous(E.U., 2026), estrenado en Netflix.
A decir verdad, el hasta ese momento admirado creador de la sitcom Louie(2010-2015) nunca se fue por completo. Si bien es cierto que, muy al inicio, Louis C.K. hizo el debido acto de contrición –aceptó que lo que decían las mujeres era verdad, señaló que iba a retirarse un tiempo para reflexionar y sufrió profesionalmente debido a varios contratos cancelados y al fracaso comercial de su tercer largometraje, I love you, daddy (2017)–, la verdad es que, debido a las buenas y malas razones que se quieran esgrimir, el comediante se recuperó muy pronto. Unos meses después del supuesto retiro, en agosto de 2018, apareció en el famoso Comedy Cellar de Nueva York, lo que marcó el inicio de una larga serie de presentaciones en vivo.
Ante el ¿inesperado? éxito de la gira y debido a que la cancelación televisiva continuaba, Louis C.K. lanzó en su propio sitio web una sucesión de especiales que sus admiradores podían comprar sin intermediación de ningún tipo. En el primero de ellos, Sincerely Louis CK (2020) –que ganaría el Grammy a Mejor álbum de comedia en 2022–, el comediante intentó algo parecido a pedir perdón por su comportamiento sexual, aunque su monólogo expiatorio no terminó exactamente con una disculpa sino con una muy pobre y tramposa explicación justificadora: “Un consejo: si le piden permiso a una mujer para masturbarse y ella les dice que sí… ¡de todos modos no lo hagan!”.
Así, luego del escándalo y de unos cuantos meses en la banca, Louis C.K. pudo organizar varias giras dentro y fuera de Estados Unidos, lanzar cuatro especiales televisivos producidos y distribuidos por él mismo, obtener dos nominaciones y un triunfo al mejor álbum cómico del año en los Grammy y, finalmente, regresar a Netflix después de que su último programa presentado por esta compañía, Louis C.K. 2017 (2017), fuera retirado de la plataforma.
¿Qué sucedió? Como lo señalé antes, hay buenas y malas razones que explican el caso de Louis C.K. Las malas tienen que ver, como lo anotó capciosamente la crítica televisiva Alison Herman en Variety (30 de junio de 2026), con el hecho de que el #MeToo y sus consecuencias resultaron ser más una excepción que una nueva regla. La inercia cultural, social y económica terminó imponiéndose a la larga –o, más bien, a la corta–, de tal manera que una parte del regreso de Louis C.K. –insisto, ¿alguna vez se fue?– se debe, acaso, al rechazo abierto a esa tendencia cultural que, en un momento, parecía tan definitiva como arrolladora.
Sin embargo, como también lo señala la propia Herman en el citado artículo en Variety, hay otra razón inocultable para que Louis C. K. no haya desaparecido del mapa cultural: el hecho de que el tipo, incluso después del escándalo o tal vez por eso mismo, sigue siendo brillante. En sentido estricto, su figura cómica no se transformó, sino que se decantó de una manera más cruda, desvergonzada y, en algunos momentos, hasta perturbadora. Si el Louis C.K. de antes del 2017 era un perpetuamente desconcertado hombre blanco neoyorkino de mediana edad, divorciado, enfrentado al inevitable absurdo y a las indignidades cotidianas, que se la pasaba reflexionando sobre la vida, la muerte, la enfermedad, sus hijas, sus padres y hasta sus mascotas, el comediante que emergió después del escándalo es una condensación de ese mismo personaje, solo que llevado a un extremo que las más de las veces funciona, aunque, en ocasiones, no.
Tómese el inicio de Ridiculous, el especial disponible en Netflix que fue grabado en Nueva York. Louis C.K. aparece en el escenario con la misma vestimenta casual de siempre y sin decir agua va confiesa que acaba de hacerse un análisis de VIH: “No he tenido sexo en años… Solo quería tener buenas noticias”. Es un buen chiste con un final aún mejor: “En fin: resulta que sí tengo sida”. Era una conclusión perfecta, recibida a carcajadas por el público, una punchline que el comediante diluye cuando alarga el chiste hasta llegar al absurdo: “Ratas… sucede que cogí con una rata gay y me contagié de SIDA”.
Es un paso en falso en el que vuelve a caer a continuación, cuando relata la indignidad cotidiana de despertarse todos los días. Peor aún: despertarse cuando se está volando en un avión, sentado a un lado de un perfecto extraño. Es un escenario ideal para explorar el comportamiento humano en los aviones –de hecho, este es uno de sus temas recurrentes en sus monólogos–, pero luego cambia de idea para confesar que cuando sueña no es buena persona porque no tiene control de sí mismo (“No soy racista. Pero uno puede soñar. ¡Es un sueño!”). Es una hilarante línea buñueliana que, otra vez, echa a perder por la mera provocación escatológica, cuando señala que alguna vez soñó que orinaba a un bebé (“Y fue todo el sueño. No solo una parte”). En esos primeros minutos uno tiene la sensación de que Louis C.K. está experimentando hasta dónde llevar la provocación y cuál es el límite en el que su público puede aceptarla. ¿No será que todo el especial no es más que una sucesión ininterrumpida de distintas versiones del legendario chiste de “los aristócratas”?
Por fortuna, no es así. Aunque hay otro chiste más, relacionado con su madre fallecida, que inicia muy bien para luego terminar en otro exceso escatológico, el resto del especial, después de esos primeros disparejos diez minutos, es realmente notable. Louis C.K. pasa a una extensa reflexión sobre la vejez, la suya propia y, especialmente, la de su padre, quien no habrá sido el mejor papá del mundo (“No tenía muchas ganas de ese papel”) pero del que, de todas formas, hay que hacerse cargo. Su descripción de cómo lo llevaron al asilo, cómo lo recibieron y cuál es el sentido de este tipo de lugares (“Les das dinero y se llevan a tu padre”) es tan hilarante como dolorosa porque, en el fondo, tiene algo de verdad.
En el resto de Ridiculous, Louis C.K. reconstruye de forma brillante el clásico personaje de bufón impertinente. De esta manera, se deja llevar, a veces, por una voluptuosa locura, como dijera Erasmo de Roterdam –su absurda comparación no del todo inexacta entre las vaginas y el Sol– para luego desembocar en una serena melancolía existencial, como cuando advierte lo que significa llegar a los 58 años. Cuando se está al borde de la tercera edad, hay amigos que dejaron de serlo, se tiene un padre abandonado en el asilo, una madre fallecida, unas hermanas que ahora voltean a verlo para buscar apoyo y la convicción íntima de que a estas alturas del juego ya no hay tanto futuro como mucho pasado.
En sus mejores momentos, como los descritos anteriormente, Louis C.K. llega a rozar la lúcida locura de los grandes comediantes del stand-up estadounidense, como Lenny Bruce o Richard Pryor, tanto por su cruel desnudamiento del lenguaje cotidiano y del poder de las palabras –la lectura de ese falso folleto del asilo en donde dejó a su papá–, como por esa suicida inclinación autoirrisoria por la que el comediante llega, patéticamente, a una suerte de contradictoria y postrera sabiduría aristotélica, pues a sus 58 años mal cumplidos todo ese conocimiento adquirido ya no le sirve para maldita la cosa: “La vida te enseña cómo debiste de haberla vivido, pero ya no puedes usar la información”. Ouch.
¿Ridiculous representa, entones, el regreso definitivo del comediante al mainstream cultural? Habría que verlo, aunque no lo descartaría en lo absoluto. Si los estadounidenses eligieron a la presidencia en dos ocasiones a un tipo condenado en una corte civil por abuso sexual, no veo por qué Louis C. K. no pueda volver a escribir, dirigir y protagonizar una nueva serie de televisión, ya no se diga estrenar anualmente en Netflix un especial cómico como este. Total, cuenta mejores chistes que Trump. ~