El 15 de noviembre de 1976, en la Galería Ponce de la Ciudad de México, era perceptible cierto nerviosismo entre las personas que iban entrando al recinto para asistir a una reunión singular. En ausencia de Octavio Paz, entonces en Harvard, se presentó el primer número de una revista cuya existencia misma era una respuesta a la arbitrariedad del Estado. “Estamos de Vuelta”, decía la portada, desafiante. Esa noche, los miembros de la generación que abrazó la crítica cosmopolita –la generación de Plural– iniciaron la historia pública de Vuelta, una casa de la imaginación y de la crítica para la cultura hispanoamericana y mundial.
No había sido fácil llegar a esa fecha. Los miembros de Plural habían renunciado en solidaridad con Julio Scherer después del golpe a Excélsior y les pareció forzoso fundar una nueva revista independiente. Paz debía salir hacia Harvard para dictar sus cursos anuales, pero Gabriel Zaid y Alejandro Rossi lo convencieron de realizar un nuevo proyecto. Los tres amigos se reunieron y el poeta sugirió que empezaran sin él, pero ambos lo rechazaron. Entonces, Zaid propuso que Rossi se hiciera cargo de una dirección suplente y así ocurrió. A toda prisa, el 16 de agosto habían revisado el acta constitutiva de la Asociación Civil “Amigos del Arte” y la firmaron en la notaría número 20 de la Ciudad de México. Fue saliendo del notario cuando a Rossi se le ocurrió el nombre de la nueva revista: “¡Vuelta!” No lo relacionaba con el poema de Paz, publicado en esas fechas: “Más que el poema, tenía yo presente el desafío del regreso.”1 Para obtener los primeros recursos, se convocó a la rifa de un cuadro de Rufino Tamayo (que ganó Hugo Margáin) y los miembros de Plural, más otros muchos amigos, vendieron los boletos.
Paz asumió la dirección de la revista a la distancia con enorme entusiasmo y, para angustia de Rossi, le enviaba desde Harvard recados, instrucciones y recortes, incansablemente. Cuando aquel 15 de noviembre los invitados a la Galería Ponce hojearon la revista, quizá se sorprendieron al ver la delgada publicación que tenían entre sus manos, si la comparaban con los últimos números de la robusta Plural. Vuelta era pequeña, pero tenía claro su propósito: convertirse en una voz distinta en la cultura mexicana: “Por más pequeña y marginal que sea nuestra revista, es una voz. A mí no me preocupa tanto lo que se dice en Vuelta como el tono en que se dice: la voz individual contra los altavoces y la gritería de las bandas”,2 le escribió Paz a Carlos Fuentes en julio de 1977.
El poeta siempre insistió en que Vuelta había comenzado en Plural y era su continuación. Si se revisan ambas veremos, número a número, cómo se construyó la casa de un grupo intelectual hispanoamericano que dominó el campo cultural durante casi tres décadas y cuyas redes se extendieron más allá de nuestra región. Al hacerlo, también se refrendó la idea de su director: la historia de la literatura podía confundirse con la de sus revistas, que eran un puente entre las generaciones. El primer consejo de redacción de Vuelta estuvo formado por los “solitarios solidarios”, según definió Paz a los miembros de la vieja Plural –José de la Colina, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Kazuya Sakai, Tomás Segovia, Rossi y Zaid–, más las incorporaciones posteriores de Julieta Campos, Ulalume González de León, Jorge Ibargüengoitia o Ramón Xirau.
En el recuerdo de sus lectores –al menos cuatro generaciones–, Vuelta tiene el rostro de Paz y el de los “solitarios solidarios”, pero su imagen también es indistinguible de la de Enrique Krauze, su subdirector. Aurelio Asiain, el secretario de redacción que duró más tiempo en la revista, también define su estampa, lo mismo que Guillermo Cabrera Infante, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Ida Vitale o los jóvenes Fabienne Bradu, Adolfo Castañón, Christopher Domínguez Michael, Eduardo Milán o Guillermo Sheridan, los más permanentes entre quienes integraron la mesa de redacción en 1989 y el siguiente consejo en 1992. Sería injusto, pero también imposible, referirme aquí a todos los escritores que fueron parte del directorio de esa gran casa hispanoamericana.3 Estigma o talismán, los miembros de esa familia honraron su linaje y haber sido parte de Vuelta no fue solo un dato curricular sino una condición de vida.
¿Qué reunió a los autores publicados? Un común amor por la cultura o la libertad, pero también la certeza de que la reunión entre la literatura y las revistas alentaba el ejercicio de la conversación que, para Vuelta, estaba ligada a la idea de una charla de carácter público. El sitio privilegiado de ese diálogo se construía con el ejercicio crítico, el arma predilecta del intelectual. Se podía, pues, ejercer la crítica del mundo desde un poema o un ensayo, pero jamás desde la tribuna política. Sin embargo, era imposible efectuar cualquier crítica si se desconocía la tradición y, por eso, una de las más esforzadas luchas de Vuelta fue la defensa combativa de esa herencia. Los autores de Vuelta, pero también sus lectores, estábamos obligados a conocerla para así restituirla críticamente y avivar su diálogo. Ello requería de la continua renovación de una casa siempre abierta al flujo de ideas y críticas nuevas, mas no ayunas del legado del que provenían.
Vuelta tuvo tres domicilios,4 pero fue una casa móvil en permanente construcción. Del pequeño “anexo separado de una casa” de Leonardo da Vinci –como lo recuerda Tulio H. Demicheli, quien fue su gerente varios años– a la hermosa y antigua casa en Coyoacán, Vuelta hizo remodelaciones, reparaciones y cambios con gran frecuencia. Renovaba su fachada –el diseño de portadas e interiores– a inicios del año y, aunque en su interior las habitaciones principales parecían las mismas, dentro de ellas encontrábamos novedades constantemente, pues la revista tuvo más de sesenta subsecciones y columnas, muchas de las cuales se convirtieron posteriormente en libros o en motivo de atesoramiento. De todas ellas, siguen siendo mis secciones favoritas “La Vida A Leve” –dedicada a “textos de levedad o alevosía que los escritores producen, traducen o pepenan, al margen de su obra principal”,5 escribió Gabriel Zaid– y el “Buzón de fantasmas”, que trajo cartas de Reyes, Tablada, los Contemporáneos, sobre todo, pero también de Borges, Huidobro o Lugones, entre muchos otros.
La casa de la imaginación
En su primer editorial, Octavio Paz escribió que ofrecían a los lectores una sola cosa: “Ser fieles a nosotros mismos: escribir. No nos avergüenza decir que la literatura es nuestro oficio y nuestra pasión. Cierto, la literatura no salva al mundo; al menos, lo hace visible.”6
De los 6,472 textos publicados en Vuelta, cerca del 16% fueron estrictamente de creación (poesía, narrativa y, en mucho menor medida, dramaturgia), pero el ensayo y la crítica literaria ¿no son literatura, no son “creación”? ¿Cómo considerar a las crónicas, no nada más las de Ibargüengoitia, sino todas aquellas reunidas bajo el título general de “Carta de”?
No es sorpresa, considerando que su director fue un poeta, que se publicaran tres poemas por cada texto narrativo, pero el espacio dedicado a un poema es inferior al de un adelanto de novela y los de Fuentes, García Ponce o Severo Sarduy son un buen ejemplo. Vuelta convocó a los más importantes poetas hispanoamericanos de su tiempo y leímos ahí a Paz, claro, a Gonzalo Rojas, Enrique Molina, Olga Orozco o Álvaro Mutis, entre otros cuya voz provenía de una precisa conciencia formal ligada a la tradición, no para repetirla, sino para renovarla, como Segovia, Eduardo Lizalde, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente o Asiain. El espíritu experimental de Plural fue recogido en Vuelta y muchos poemas son parte de esa veta vanguardista mas no ideológica, pues nunca fueron deudores de la corriente que arrasó América Latina –la “poesía comprometida”–, sino, más bien, hijos de la modernidad crítica. Sarduy, Sucre, Deniz, Vitale, Haroldo de Campos, Juarroz, Eielson, Gimferrer, Ullán, con sus diferencias respectivas, son parte de esa constelación. Vuelta publicó también a los jóvenes poetas mexicanos y leímos a la generación de los nacidos entre 1945 y 1955 (Blanco, Cross, Deltoro, Hernández, Rivas…), o más jóvenes, como Luis Ignacio Helguera o Julio Trujillo.
Fue poca la dramaturgia publicada en la revista y Hugo Hiriart es la excepción, pero los narradores tuvieron un peso importante. Baste recordar que su primer consejo estuvo formado por menos poetas que narradores, dos de los cuales, Rossi y Elizondo, fueron los más asiduos. La narrativa publicada por la revista se alejó del modelo tradicional para explorar formas híbridas que se mezclaban con la crónica, el ensayo breve, la reflexión filosófica y la autoficción. Con el paso del tiempo ocurrió un relevo generacional: Esther Seligson, Alberto Ruy Sánchez, Daniel Sada o Fabio Morábito son algunos de ellos y no es extraño que, siendo varios poetas, su narrativa estuviera atravesada por un impulso también lírico.
Vuelta siempre se ocupó de lo que ocurría en países que no fueran de la lengua y casi el 14% de sus textos fueron traducciones.7 De ellos, en poesía fue clara la presencia francesa (Bonnefoy, Esteban, Michaux) o el interés por los poetas modernos angloparlantes (Tomlinson, Brodsky), pero se publicaron poemas de Amijái, Magrelli, Montale, Ōoka, Pessoa o Vasko Popa, por mencionar algunos. Los narradores más traducidos fueron Italo Calvino y Milan Kundera.
Hay algo notable, sin embargo: el tono Vuelta. En la revista se diluyeron las fronteras entre algunos géneros, de modo que el ensayo, la crítica, el retrato, la memoria o la prosa de ideas son a veces indistinguibles porque quienes escribían no eran solo comentaristas, sino, muchas veces, protagonistas de lo escrito: lo que nos transmitían a los lectores era una experiencia personal sobre distintos asuntos, así fueran de historia, política, economía… Son pocos los ensayos en los que no se advierta la presencia del “yo” –esa voz proscrita por poco “científica”–, y la idea de que aun lo más complejo podía “narrarse” sin necesidad de acudir a las jergas de moda presidió la escritura en una revista que honró siempre la belleza del lenguaje y defendió la libertad de la literatura y del pensamiento contra la tiranía del mercado porque siempre creyó que sus lectores no eran consumidores, sino ciudadanos.
La imaginación no fue prerrogativa de la creación literaria y Vuelta fue una revista curiosa: tuvo columnas sobre artes plásticas, música o ciencia. No solo leímos ensayos literarios, aunque son inolvidables los relativos a sor Juana, los Contemporáneos, López Velarde o Carlos Fuentes, por hablar solo de los mexicanos, pero se publicaron ensayos sobre la literatura, las artes y la cultura de otras latitudes. La historia fue central para esta revista que en 1993 realizó el encuentro “México: Los usos del pasado”, y que toda su vida nos hizo leer sobre nuestros antepasados prehispánicos, arqueología mexicana o la cultura novohispana, pero también los ensayos donde Krauze revisó críticamente a los personajes de nuestra historia reciente.
Pasión crítica
La actividad crítica de Vuelta no se constriñó a la recensión bibliográfica, aunque “Libros” abarcó la tercera parte de la revista y funcionó también como un taller para las nuevas promociones que, en general, iniciaban allí su participación. Además de los ensayos literarios, artísticos o históricos, fue esencial la discusión sobre la postura de los intelectuales ante los problemas políticos y sociales de su tiempo. Los intelectuales reunidos por Vuelta no practicaron “la hemiplejía moral”, según la describió Vargas Llosa, esa que “consiste en condenar las iniquidades de las dictaduras militares y los atropellos que permiten a menudo las democracias, y en guardar ominoso silencio cuando quienes cometen los abusos son regímenes socialistas”.8
Quizá por eso, Vuelta tuvo el honroso galardón de ser prohibida por las dictaduras argentina y cubana. La crítica de los regímenes totalitarios y las dictaduras que Vuelta realizó permanentemente tuvo una recepción muy adversa, pero la revista se negó a hacer distingos entre los autoritarismos de derecha o de izquierda. Esa “casa para la disidencia”, como la llamó Krauze, fue refugio y cobijo para los intelectuales perseguidos o exiliados y atestiguamos su lucha por la libertad que era indistinguible de la conquista de la democracia.
En 1990 Vuelta convocó al encuentro “La experiencia de la libertad” a muchos de los intelectuales que habían sido parte de la casa y a otros –desde poetas perseguidos hasta pensadores cristianos, intelectuales socialistas, socialdemócratas, marxistas y liberales– para discutir la situación mundial después de la caída del Muro de Berlín. No fue una celebración acrítica sino una llamada de atención sobre los peligros que había sufrido y sufría la democracia, pero la recepción del encuentro estuvo llena de rispideces y malentendidos.
No era algo nuevo para la gente de la casa. Durante su vida, Vuelta fue acusada de una gran cantidad de infundios que pueden refutarse si se lee la revista. “Priistas”, les decían a sus miembros, cuando la crítica al pri fue, quizá, la mayor de sus batallas y para comprobarlo basta leer a ese ejemplo de higiene intelectual representado por Zaid, quien desde el primer número criticó acremente al partido en el poder. Lo mismo puede decirse de Krauze, cuyo reclamo democrático se expresó sin ambages en “Por una democracia sin adjetivos”, en su defensa de las elecciones de Chihuahua en 1986 o en tantos otros textos de los que estos son una muestra. Paz describió allí al Ogro Filantrópico y marcó su “hora cumplida”, pero su aquiescencia posterior a ciertas políticas modernizadoras de Carlos Salinas fue motivo de repudio, aunque antes de su muerte reconociera su error. Sin embargo, en la revista no hay artículos laudatorios del pri o ninguno de los partidos políticos mexicanos.
Así como se criticó los totalitarismos en los países del Este, Vuelta puso especial énfasis en la defensa de la democracia en América Latina, y el régimen de Castro en Cuba fue el centro reiterado de su atención, pero no hubo país que no fuera examinado por la revista. La publicación de “Colegas enemigos”, de Zaid, donde el poeta demostró que en las élites salvadoreñas –la guerrilla universitaria y las familias del gobierno– todos guardaban alguna relación entre sí y eran los verdaderos causantes del desastre en aquel país, provocó cientos de respuestas derogatorias e injuriosas. El discurso de Frankfurt, donde Paz solicitaba elecciones libres en Nicaragua, fue también objeto de rechazo y linchamiento. Apenas hace unas semanas, Daniel Ortega –el mismo dictador de aquellas fechas– declaró que no volvería a haber elecciones en su país. No hubo, entre quienes participaron en el linchamiento a Paz en 1984, quien ahora recordara públicamente la advertencia del poeta.
Aún hoy es posible escuchar que Vuelta fue el “búnker” de una mafia, donde únicamente escribían los amigos de Paz. La revista publicó a más de 1,300 autores y, aunque Paz tuvo muchos amigos, no fueron tantos. Otra de las acusaciones asiduas es que la revista fue “comprada” por Televisa, pero solo el 8.9% de su publicidad correspondió a esa empresa. También es una opinión común que fue una revista misógina, cuando Bradu, Campos, González de León, Silvina Ocampo, Orozco y Vitale fueron parte de sus distintos consejos y Bradu, por ejemplo, ocupa el cuarto lugar en número total de colaboraciones –solo después de Paz, Zaid o Sheridan– y las traductoras de Vuelta fueron imprescindibles para la publicación.
El carácter polémico de Vuelta tiene su origen en el talante de Paz quien, al hablar de El Hijo Pródigo, la consideró “una revista polémica que defendió, frente a la confusión entre arte y propaganda, la libertad de la imaginación”.9 Algo similar puede decirse de Vuelta cuya enorme cantidad de polémicas tuvo su expresión más contundente en 1992, durante la llamada “guerra de las revistas”. Sus querellas con Nexos duraron cerca de un año y Vuelta defendió, sobre todo, la obligación de mantener una distancia crítica, independiente, frente al poder y las prebendas del Estado o la exigencia de la libertad creativa como antídoto del mercado y la uniformidad de pensamiento.
En diciembre de 1996, cuando la revista cumplió veinte años, Paz se preguntó: “¿Cuál es el porvenir de Vuelta? No lo sé. Lo único que sé es que un día –pronto– dejaré la revista. Vuelta es una obra, mejor dicho: una pasión colectiva.”10 Paz murió el 19 de abril de 1998 y la casa cerró con el número 261 (agosto-septiembre de 1998). Si hubiera que resumir su trayectoria sería necesario insistir en que fue una casa de la imaginación y de la crítica, una empresa independiente y una trinchera moral que no solo defendió la libertad de la imaginación pues esta era inseparable de las otras libertades. Su insistencia en sostenerse con los lectores y la publicidad y no con subsidios fue uno de los mayores orgullos de una revista que siempre prefirió la crítica a la ortodoxia, el pluralismo a la uniformidad y que hizo suya la tarea enunciada por Paz al final del primer editorial de Vuelta Sudamericana: “Nada les hace más falta a nuestros pueblos que practicar el examen de conciencia. Es el arte más difícil –y el más urgente–. Aprender a dudar es aprender a pensar.”11 ~
- Ricardo Cayuela y Álvaro Enrigue, “Vuelta a la semilla. Entrevista con Alejandro Rossi”, Letras Libres 96, diciembre de 2006, p. 26.
↩︎ - Carlos Fuentes Papers. Octavio Paz. Box 306; Manuscripts Division, Princeton University Library.
↩︎ - En la sección dedicada a Vuelta en el portal Péndola, establecí los cambios más importantes en su directorio y puede leerse en pendola.mx/vuelta/
↩︎ - Leonardo da Vinci 17 bis, en Mixcoac; avenida Contreras 516, 3er piso, en San Jerónimo Lídice, y Presidente Carranza 210, en Coyoacán.
↩︎ - Gabriel Zaid, “Rescate de La Vida A Leve”, Letras Libres 296, agosto de 2023, p. 52.
↩︎ - Octavio Paz, “Vuelta”, Vuelta 1, diciembre de 1976, p. 5.
↩︎ - 7 Los más importantes traductores de Vuelta fueron Asiain, González de León, Juan Almela, Vitale y Aurelia Álvarez Urbajtel, en ese orden.
↩︎ - Mario Vargas Llosa, “Carta a Günter Grass”, Vuelta 117, agosto de 1986, p. 58.
↩︎ - Octavio Paz, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, Ciudad de México, FCE, 1978, p. 16.
↩︎ - Octavio Paz, “Dos décadas de Vuelta”, Vuelta 242, enero de 1997, p. 43.
↩︎ - Octavio Paz, “Profesión de fe”, Vuelta Sudamericana 1, agosto de 1986, p. 3. ↩︎