Mi anglotocayo Richard Klinkhammer es un autor neerlandés de novelas policiales, no ya un Dashiell Hammett o un Jim Thompson, ni siquiera un Janwillem van der Wetering, el más famoso internacionalmente de sus compatriotas dedicados al mismo menester. Sin embargo, debemos reconocerle una dedicación empírica al género que ninguno de esos ilustres colegas llevó a extremos tan sutiles de experimentación como los suyos.
Para decirlo de una vez, este buen mijnheer Richard Klinkhammer asesinó hace once años a su esposa Hannelore y escribió una novela sobre el crimen perfecto: la novela se titulaba Los miércoles, picadillo de carne (o bien Los miércoles, carne picada), y su autor proponía en ella siete maneras, una por cada día de la semana, para cometer el tal crimen perfecto y desembarazarse del cadáver: un cadáver que era, dicho sea de paso, el de la esposa del asesino. La tarea del lector consistiría en averiguar cuál de esas siete maneras fue la escogida por el protagonista, esto es, por el criminal: un protagonista descrito por el autor con rasgos clarísimamente autobiográficos.
Ahora bien: la certeza de que mijnheer Klinkhammer había asesinado a su esposa no se obtuvo sino en el 2000, al cabo de nueve años, nueve años durante los cuales mevrouw Klinkhammer sólo constaba como desaparecida, según la denuncia hecha ante la policía por su escribidor marido. Lógicamente la policía tomó cartas en el asunto, sobre todo al enterarse de que existía el manuscrito de una novela titulada Los miércoles, picadillo de carne, que el editor no se decidía a publicar por considerarla espantosamente mala.
Pero, si bien no publicado, el manuscrito era del dominio público, al menos en el mundo de las editoriales y de los escritores, y Richard Klinkhammer concedió durante esos nueve años bastantes interviús en los que dejó entrever que él mismo era el asesino protagonista de su propia novela. Cómo sería de fundada la sospecha que la policía llegó a solicitar de las fuerzas aéreas neerlandesas que sobrevolaran la casa del escritor fotografiándola desde las alturas con cámaras dotadas de rayos infrarrojos. ¿Resultado?: cero coma cero. Y así nueve años.
Mas, ¡ay!, sabemos de sobra que el crimen no paga y que el asesino siempre termina cometiendo un error. Richard Klinkhammer no ha sido la excepción, y su error consistió en vender su casa, cerca de Groninga, en cuya universidad dicho sea de paso hay verdaderos especialistas en la obra del gran escritor chicano Rolando Hinojosa. El cual, cuando le conté vía e-mail el caso Klinkhammer, me replicó desde el alma máter de Austin que menudo ego el de mijnheer… sólo que la gente del gremio es así, y además me puso un ejemplo: “Ya lo dijo Reginald Hill (inglés y autor de crimis), que si visitas a un escritor y llevas la cabeza de su madre en una mano y un ejemplar de una de sus novelas en la otra, te recibirá con los brazos abiertos”.
Pero volvamos a nuestro caso. Sí, mijnheer Klinkhammer vendió su casa, y el nuevo dueño ordenó derribar un cobertizo que había en el jardín, llegó el bulldozer encargado de remover y aplanar el terreno…, y salieron a la luz algunos huesos y la mandíbula de la dizque desaparecida mevrouw Klinkhammer. Su asesino (además de viudo suyo), inmediatamente detenido por la policía, confesó de plano. Y entonces resultó que la novela Los miércoles, carne picada ya no le resultaba tan espantosa al editor, quien quiso publicarla lo más pronto posible para capitalizar el escándalo.
Lo entiendo muy bien, en este mundo de cambalache discepoliano en el que vivimos, y donde semejante conducta crematística es deadeveras inocente comparada con la criminal energía que mueve a los traficantes de armas y/o de drogas. Eso sí, si yo fuera el editor, tendría un gesto de agradecimiento hacia las fuerzas aéreas neerlandesas y les regalaría un nuevo equipo de cámaras infrarrojas. Evidentemente no están al día en ese terreno. ~
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