Dalí, ciencia y poesía

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No es posible ya disimular el auge en el estudio de las relaciones entre ciencia y arte en las universidades e institutos más importantes del mundo. El año dedicado a Salvador Dalí es una muestra fehaciente de esto. En un artículo aparecido en La Vanguardia dedicado al genio de Figueres, Jorge Wagensberg nos confirma algo que siempre sospechamos: Dalí, a diferencia de William Blake, por ejemplo, evitaba los circunloquios paranoides con respecto al conocimiento científico. Por el contrario, sirviéndose de su carisma y fama, se esforzó por conocer a los protagonistas de la ciencia y preguntó directamente, con curiosidad humana, dispuesto a escalar la montaña de las ideas extrañas y muchas veces contrarias al sentido común. Esto último, sin duda, debió de fascinarle, pues si bien era un ser más racional de lo que algunos suponen, en el fondo sentía una compulsión por el absurdo.
     Dalí no tenía motivo de estar en este planeta si no nos invitaba a pensar, a actuar y, casi siempre, a jugar. Así lo confirmará quien visite el Teatro Museo de Figueres. Dalí llegó a comprender y a reflejar en sus juegos mentales que la realidad a la que pertenecemos se da en rebanadas y por magnitudes geométricas. Supo desde un principio que sus sueños lúcidos paranoicos formaban parte de un movimiento inevitable hacia la heterodoxia, alentado por los juguetes virtuales y la consolidación de las hiperciencias desde los años cincuenta.

Viajar a Figueres
     Las visiones paralelas entre la obra daliniana y la física que estudia las entrañas de la materia son tan sorprendentes como diáfanas. Siempre estuvieron ahí, en cuadros como La persistencia de la memoria (1931), La desmaterialización de la nariz de Nerón y Galatea de las esferas (1952). Entre 1979 y 1982, un pequeño grupo de amigos solíamos visitar el Teatro-Museo de Dalí en Figueres. Recuerdo que salíamos siempre perplejos por la imaginación desbordada del artista y su lucidez para interpretar ideas científicas, y al mismo tiempo conmovidos por su candor al querer convencernos de que había encontrado pruebas de la existencia de Dios en la cadena del ADN o en la naturaleza óptica de los hologramas. Apreciábamos, sobre todo, la capacidad de Dalí de entretenernos. No en balde el reconocido crítico J. F. Yvars ha dicho que, como Warhol y Picabia, ha sido un inteligente provocador que comprendió el “valor del uso” de las imágenes en una cultura visual masiva y comercial, donde nadie cuestiona el origen de las formas sino su eficacia efímera y puntual.
     Al igual que a Joyce con Dublín, a Dalí le gustaba interpretar el mundo desde una perspectiva localista, desde un triángulo formado por Figueres, Púbol y Portlligat. La cúpula geodésica, que se ha vuelto un emblema de la ciudad, es el símbolo de esta visión reduccionista y holística al mismo tiempo, algo absurdo e imposible y, no obstante, real. La cúpula de Dalí mira el firmamento en 360 grados, como un ojo de mosca. Desde la distancia nos invita a desprendernos de nuestros prejuicios estéticos y éticos, y emprender el recorrido por las diferentes salas que componen el actual Teatro-Museo con los ojos de alguien que está a punto de encontrar la realización de su sueño y su deseo.
     Ya en la escalera de la calle Jonquera, aledaña al sitio, hay una escultura en bronce intitulada Homenaje a Newton, la cual nos advierte del interés de Dalí por la paradoja de continuidad y discontinuidad que existe en la materia. Según Jorge Wagensberg, quien en 1985 organizó en este sitio un memorable encuentro con celebridades de la ciencia, inaugurado por el mismo Dalí, éste se había fascinado por el novedoso concepto de catástrofe en topología, es decir, la idea del surgimiento sorpresivo de una discontinuidad determinada por un desplazamiento continuo, algo que resulta paradójico.
     El juego sutil entre el arte daliniano y la ciencia física destaca incluso en óleos aparentemente alejados del tema. Tal es el caso de Explosión mística dentro de una catedral (1974), donde somos testigos de una alucinación, aunque, si vemos bien, descubriremos la presencia continua de cuerpos masivos, como las estrellas, y al mismo tiempo notaremos la existencia de diminutas nueces de energía discontinuas, como los quarks dentro de los átomos.
     Su obsesión por los artilugios tecnológicos lo llevó a crear piezas de joyería, al igual que instalaciones como La princesa cibernética (1974), una reproducción de la momia de jade que se halló custodiada por el fabuloso ejército de terracota en el sitio arqueológico de Ling-Tuon. Para su elaboración, Dalí utilizó circuitos impresos, metalizados y coloreados, buscando evocar en el espectador el valor emblemático de cada material, de acuerdo a su momento en la historia.
     Cuando vemos el ensamblaje de Hércules y Gradiva creemos saber por qué, en su momento, Freud dijo haber reconsiderado la concepción que tenía del surrealismo, luego de conocer a Dalí y sus visiones oníricas sobre la muerte. Encontramos versiones nítidas de una realidad lacerante cuando el Narciso Cuántico se ocupa de lo sagrado y lo profano en el problema cerebro-mente. El espectro del sex-appeal (1932) es un ejemplo macabro que parece haber inspirado a asesinos en serie en la estación de Perpignan, así como a docenas de almas que buscan el fantasma de la libido en un mundo cuya naturaleza es purista. Descubrimos los intrincados nexos entre el arte naif en el espacio daliniano y el tiempo no lineal del New Age al mirar el óleo Maniquí de Barcelona (1926-27).
     Regresé a Figueres en 1999. Noté que, en el segundo piso del museo, se exhibía una serie de cuadros de pequeño formato, inspirados en Goya y con frecuentes referencias a conceptos novedosos de la ciencia, en particular el principio de incertidumbre entre las partículas atómicas, enunciado por el físico alemán Werner Heisenberg. Cuando quise ver dicha serie de nuevo en 2001, ya no estaba a la vista del público. Me informaron que había sido retirada para su restauración en las instalaciones de la Galería Thyssen, en Madrid. Pocos la habrán visto, pues se hallaba apartada de todo lo demás. Forma parte del catálogo de lo invisible visto alguna vez.

Dalí y la cultura de masas
     No puede reprochársele a Dalí su obsesión por las ideas científicas de vanguardia y los juguetes tecnológicos. Le tocó vivir uno de los periodos más fértiles en la historia de la ciencia, y lleno de espectaculares avances en la tecnología. Por momentos, se convirtió en el mejor divulgador de noticias provenientes del bizarro mundo de la ciencia moderna. En La persistencia de la memoria superpone dos símbolos del tiempo (los relojes y la arena) con una visión puramente relativista del acontecer, según la cual, conforme se acercan a la velocidad de la luz, las partículas experimentan una dilación temporal. Los relojes que se escurren por una superficie plana y cuelgan de las ramas de los árboles son la metáfora perfecta que representa lo que Einstein y sus contemporáneos querían decir cuando se referían a la dilación del tiempo relativista. Como nunca, para el lego una imagen vale más que mil palabras y varias páginas de fórmulas.
     Hay otro cuadro que destaca, pues en él Dalí recupera una figura geométrica “de culto” entre los matemáticos, el hipercubo. En Crucifixión (1954) nos deleitamos con un repaso a la geometría de dimensiones mayores a la tridimensional de Euclides. ¿Podemos imaginar la configuración espacial de un cubo tetradimensional? Es casi imposible, pues nuestro cerebro está diseñado para manejar un mundo en tres dimensiones. Aun así, los matemáticos se las ingeniaron para calcular que un cubo de cuatro dimensiones, o hipercubo, estaría formado por ocho cubos. Dalí le dio forma, sublimando de paso la tradicionalmente sangrienta pasión de Cristo.
     Ambos cuadros son piedras de toque en la formación y consolidación de un creador que encontró la forma de construir vínculos entre el gran arte, el arte popular y el gusto de las masas. Lo son, asimismo, La imagen desaparece (1938), donde rinde homenaje a sus maestros Velázquez y Jan Vermeer de Delft, y Poesía de América (1943), en donde adelanta un icono del arte pop, la sinuosa botella de Coca-Cola. Su obsesión por la materia y los rincones de la mente humana lo llevó a estados de conciencia extremos, en los que podía discurrir sobre la energía cuantificada de Max Planck y enseguida participar en la promoción de una línea aérea, un nuevo modelo de automóvil, tabletas para aliviar el dolor estomacal y envoltorios para caramelos.
     Sin abandonar su interés por ideas extravagantes que apenas comenzaban a prefigurarse, como las que más tarde generaron las teorías del caos y la complejidad, la llamada “caoplejidad”, Dalí se sumergió en su propia mónada. La muestra Dalí. Cultura de masas es una cátedra de caoplejidad, donde el frenesí daliniano despierta reacciones insospechadas y conduce a quienes la han visitado a toparse con la gran idea: ¡levantemos, pieza a pieza, la nueva realidad! –

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