Marca personal a Succession: La nueva decadencia

Vista de manera superficial, Succession luce engañosamente estática, casi estancada. Pero los personajes –y el mundo que los rodea– han cambiado por completo. Continúa la Marca Personal a su tercera temporada con los capítulos cinco y seis.
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Como todo trabajo ambicioso, Succession no carece de detractores. Una de las críticas más recurrentes es su supuesta ausencia de desarrollo narrativo. Succession, sostienen algunos críticos, es una obra más preocupada en explotar situaciones y enredos que en desdoblar la historia sucesoria que le da nombre a la serie, y que en opinión de estos analistas constituye su razón de ser.

La preocupación por acelerar la trama no es forzosamente un activo. Por el contrario, como bien apunta Naomi Fry en The New Yorker (“Is Succession the best sitcom on television”?), uno de los aspectos más interesantes de la serie es que se desdobla con una lógica más cercana a la sitcom que al llamado drama de calidad. Las tomas de los helicópteros de Waystar Royco surcando los cielos de Manhattan pueden remitir a Damages o Suits, pero la interacción mezquina y desternillante entre los personajes es más cercana al absurdo de Seinfeld y Curb your enthusiasm. Como apuntamos aquí, la influencia capital de Succession es La celebración, de Thomas Vintenberg, pero Larry David bien podría ser uno de sus padres espirituales.

Dicho esto, concebir a Succession como un trabajo situacional es un error. A lo largo de tres temporadas, el creador Jesse Armstrong ha desarrollado un relato abundante en giros y transformaciones. Vista de manera superficial, la historia luce engañosamente estática, casi estancada, pero los personajes –y el mundo que los rodea– han cambiado por completo.

Estos cambios son el centro de “Retired janitors of Idaho” y “What it takes”, episodios 5 y 6 de la tercera temporada.

El bagel y el conejo

“Retired janitors of Idaho” inicia con Logan preparándose para asistir a la convención de accionistas de Waystar Royco, donde se decidirá si la familia conserva el control general de la compañía. La salud física de Logan ha mostrado signos de deterioro en capítulos recientes. Uno de sus padecimientos es una infección urinaria que le demanda tomar pastillas diariamente, a riesgo de experimentar desorientación y pérdida de lucidez en caso de no respetar los horarios de ingesta. La encargada de sobrellevar su control médico es Kerry (Zoe Winters), la asistente personal que se ha convertido en una especie de hija lúbrica del magnate. (“¿Están cogiendo? Definitivamente están cogiendo”, exclama Roman.) No lo sabemos, pero Kerry ha adquirido el protagonismo suficiente para opinar en momentos definitorios con la venia de Logan, lo que es visto con recelo creciente por la familia.

Logan le ordena a Kerry que sea su oreja en el auditorio principal de la convención. Sin la vigilancia de su asistente, el magnate olvida tomar las pastillas en medio de las negociaciones con Sandy, el ahora discapacitado billonario que desea ver humillado al clan Roy. El episodio gira alrededor de los enjuagues de Shiv por ganar la partida mientras Logan sufre ataques de locura donde le pide consejos de negocios al encargado de seguridad, confunde a Tom con su hijo y alucina con gatos imaginarios.

Kendall, por su parte, intenta interceder por su familia a través de Stewy, el mediador de Sandy. El hijo rebelde sufre un mal día. Borracho de engreimiento, pero eternamente temeroso y acomplejado, el autodenominado “titiritero” (puppet-master) da dos pasos en falso. El primero es permitir que sus hijas le den de comer pedazos de bagel a su mascota, un conejo que supuestamente es el más grande del mundo. El animal, obvio, muere de indigestión unas horas después. El pasaje es anecdótico, pero muestra con claridad el exceso de confianza que Kendall tiene en su buen juicio, una falla toral de carácter que revela el verdadero “espacio mental” que habita. El segundo tropiezo es más grave: desesperado por no pasar inadvertido, irrumpe en el escenario de la convención para anunciar la creación de un fondo de ayuda para las víctimas de abuso sexual en los cruceros de Waystar Royco. Lejos de proyectar empatía y responsabilidad social, Kendall queda como especulador y oportunista. Un movimiento errático de Wokahontas, como lo apoda su hermano Roman. Logan lo borra de su celular, permanentemente.

Shiv, en cambio, capitaliza la locura momentánea de Logan. Además de consolidarse como líder frente al personal, negocia con Sandi (Hope Davis), la hija de Sandy, un lugar seguro para ella en el consejo. Conscientes de que la gloria de sus padres está a punto de desvanecerse, y de que su condición femenina por fin puede jugar a su favor, ambas trazan un camino al margen de sus familias. Una vez que recobra la compostura, Logan intuye la jugada y busca segregar a Shiv, quien ha iniciado el proceso de matar simbólicamente a su padre. La serie continúa con la idea de establecer a Kendall y Shiv como dos caras de la misma moneda. Como sucedió en su momento con Kendall, Shiv esconde el ansia emancipatoria detrás de lo que aparenta ser una lealtad inquebrantable. Los dos justifican su comportamiento prácticamente con la misma línea: “Sólo hago lo que mi papá dice”.

Si los Roy fueran animales, Roman sería un perrito Chihuahua mal portado: ruidoso e hiperactivo, pero leal y cariñoso con su dueño, al margen del trato que este le dé. El ladrido de Roman es estridente, pero rara vez se traduce en mordida. El lenguaje corporal entre Logan y Roman, de hecho, asemeja al de un amo con su perro: golpes cuando se pasa de la raya (¡ese manazo en la segunda temporada!), caricias en la espalda y la cabeza cuando se porta bien. La interpretación de Kieran Culkin va más allá de la de ser un bufón. La manera en que rehúye el contacto visual y escapa al rincón más cercano cuando presiente una explosión de colera paterna revela un historial de abuso físico y mental. La serie se aleja deliberadamente de una estética que permita establecer una geometría palmaria del espacio que ocupa cada personaje, por lo que casi siempre percibimos el miedo de Roman por accidente, como algo que la cámara no estuviera preocupada en captar. Nadie lo considera como un sucesor viable al trono. Sin embargo, tras ser el receptáculo de los insultos telefónicos del presidente de Estados Unidos en la convención de accionistas, el personaje avanza a una nueva dimensión en “What it takes”, episodio que conecta el drama familiar de los Roy con el rol protagónico que Waystar Royco desempeña en la era de la posverdad.

Aristopopulismo y Coca-Cola

“What it takes” es un desvío en el rumbo natural de la serie. Si bien ya habíamos visto cómo los Roy interactuaban con el resto del uno por ciento de Estados Unidos, el capítulo revela el alcance de su influencia en el esquema de toma de decisiones. Con un Logan revigorizado por provocar la retirada presidencial mediante la amplificación de rumores sobre una supuesta enfermedad mental en los medios de Waystar Royco, los Roy asisten a un congreso de alto nivel cuya agenda es seleccionar tras bambalinas al nuevo candidato republicano. Los aspirantes desfilan lambiscones y humildes ante el clan: desde el vicepresidente que denota inseguridad al chuparse los labios al candidato moderado a todas luces fuera de lugar en el cónclave ultraconservador. Connor también se postula, aunque su ambición solo es tomada en serio por Greg, quien se declara en contra de la posibilidad en un inesperado estallido de conciencia cívica.

Roman impulsa a Jeryd Mencken (Justin Kirk), un supremacista blanco que también es el contendiente más carismático de la caballada conservadora. Los argumentos de Roman para apoyarlo suenan más en sintonía con la época que la visión de futuro que Kendall y Shiv tienen para la empresa. Roman sostiene que la realidad actual es un circo y el aristopopulista Mencken es la estrella perfecta para el show; el plan de sus hermanos, en contraste, es tan convencional que parece extraído de una revista de negocios. Logan concuerda con Roman: es tiempo de abrazar la nueva decadencia. Mencken sella la alianza con una Coca-Cola, el símbolo del poder global. La degradación recuerda a la farsa esperpéntica de Yo, Claudio (1976), el teleteatro británico basado en la novela de Robert Graves sobre la decadencia del Imperio romano.

Finalmente, Tom (Matthew Macfadyen) continúa resbalándose por una espiral descendente que bien podría derivar en suicidio. Agobiado por el escenario de terminar en la cárcel, busca sin éxito embarazar a Shiv, harta ya de la desesperación de su esposo. El vino que solían disfrutar juntos se ha tornado amargo e imbebible. En un intento por fortalecer su defensa, Kendall busca reclutar a Tom para que delate el ocultamiento de información respecto a los abusos en los cruceros. La respuesta es demoledora:

No pretendo insultarte, pero he estado ya un poco por aquí y mi corazonada es que te van a chingar. Porque he visto cómo te han chingado varias veces, y a Logan nunca he visto que se lo chinguen ni una sola vez.

Su miedo es conmovedor. No es fácil odiar a un hombre sin esperanza.

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