El huésped (fragmento)

Por cortesía de Nórdica Libros, publicamos un fragmento de este relato del premio Nobel de Literatura.
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Descubierto en 2018 por The New Yorker, este relato de Isaac Bashevis Singer –inmigrante polaco y único escritor en lengua yidis en recibir el premio Nobel de Literatura en 1978–, describe sin complejos el destino, los traumas y las actitudes de los supervivientes del Holocausto.

En El huésped, Reb Berish, quien sobrevive las dificultades de ser un inmigrante judío en el Lower East Side, se encuentra con Morris Melnik, quien llega a Estados Unidos en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, roto, sin esperanzas ni sueños, habiendo perdido a todos los que estaban cerca de él y experimentado las expresiones más bajas de la vida humana en la Tierra.

El huésped

Desde fuera llegaba el estruendo de un camión que no conseguía arrancar. Traqueteaba y jadeaba como si su alma metálica estuviera a punto de expirar. Los niños jugaban al béisbol y gritaban como locos. El aire que entraba por la ventana abierta olía a gasolina, a cebolletas y a los primeros días del verano. En torno a la luz del techo se arremolinaba un enjambre de moscas con un zumbido monótono. Por la ventana, adornada de cortinas holandesas, entró una mariposa y se posó en la mesa. Se quedó inmóvil, las alas plegadas, esperando con la calma fantástica de las criaturas cuya vida no dura más que un breve instante. Reb Berish Zhichliner, vestido con un manto de oración y unas filacterias, había ya terminado las plegarias de rigor, pero continuó entonando otras súplicas, aquellas que solo repiten los muy piadosos y los que disponen de mucho tiempo.

La barba de Reb Berish era blanca y la cara roja. Tenía cejas pobladas y bolsas dobles bajo los ojos. Habían pasado solamente dos años desde que se había jubilado de su negocio de retales. Durante cuarenta años llevó una carretilla por el Lower East Side y también por aquí, en Williamsburg. Había perdido a su esposa, a su hijo y a una hija mientras tanto. Otra hija vivía con un marido gentil en alguna parte de California. Nada le quedaba a Reb Berish salvo la pensión, una tumba en el cementerio que pertenecía a la Sociedad Sochaczew y un apartamento en la calle Clymer. Para no vivir solo, había acogido como huésped a un refugiado, un hombre que había sobrevivido a los campos, pasado una temporada en la Rusia soviética y después deambulado por medio mundo. Su nombre era Morris Melnik. Le pagaba quince dólares de alquiler todos los meses. En aquel instante todavía dormía en su habitación, que tenía una ventana que daba a la escalera de incendios.

Reb Berish lo había acogido movido más por la lástima que por los quince dólares. Morris Melnik lo había perdido todo: a sus padres, a sus hermanas y hermanos, a su esposa y a su hijo. Aun así, Reb Berish se arrepentía de haberle abierto su casa. Melnik era un insolente y un descreído, un libertino, una criatura obstinada. Hacía el payaso con las mujeres del vecindario. Mezclaba carne y leche en la misma comida. Volvía a casa a las dos de la madrugada y dormía hasta casi el mediodía. No rezaba, no respetaba el sabbat. En el instante en que Reb Berish empezó a entonar los Trece Principios de la Fe, Melnik entró en la habitación: un hombrecillo de rostro cetrino, como afectado de ictericia, y con unos pocos mechones aislados de pelo negro y gris que le coronaban la cabeza. Llevaba puestos un pijama rojo y unas zapatillas raídas. Aún no se había afeitado y en las mejillas hundidas tenía unas sombras negras. El mentón era puntiagudo, la nariz delgada y huesuda. Sus ojillos se ocultaban tras unas largas pestañas afiladas como agujas. A Reb Berish le recordaba a un erizo. Cuando abría la boca, exhibía una hilera de dientes repleta de empastes de oro.

—¿Todavía rezando, Reb Berish?—preguntó.

—Pues…

—¿A quién le reza? ¿Al Dios que hizo a Hitler y le otorgó la capacidad de asesinar a seis millones de judíos? ¿O quizás al Dios que creó a Stalin y le permitió liquidar a otros diez millones de víctimas? En serio, Reb Berish, no va a conseguir engatusar al Señor del Universo con un par de filacterias. Es un hijo de puta de primera categoría y un terrible antisemita.

Pfui —contestó Reb Berish con una mueca—. Márchese.

—¿Hasta cuando vamos a seguir llorándole y cantando salmos? —prosiguió Melnik—. He visto con mis propios ojos cómo arrojaban a un judío con un manto de oración y unas filacterias a una zanja llena de mierda. Literalmente.

La cara roja de Reb Berish enrojeció aún más. Se apresuró a acabar los artículos del credo para poder contestar a su huésped.

—Tengo una fe absoluta en que se producirá una resurrección de los muertos en el momento en que así lo disponga el Creador. Bendito sea Su nombre, y glorificada sea Su conmemoración por los siglos de los siglos—murmuró.

Cerró el libro de oraciones, pero dejó dentro el dedo índice para poder volver a abrirlo por el mismo punto después de contestar a Melnik como se merecía. Suspiró y rezongó.

—¿Puede dejar de blasfemar? Yo no le digo cómo se tiene que comportar y usted no intente darme lecciones. Viera usted lo que viera, el Todopoderoso sigue siendo un Dios misericordioso. Desconocemos Sus propósitos. Si Lo conociéramos, seríamos como Él. Se nos ha otorgado el libre albedrío, y eso es todo. Quienes arrojaron a la inmundicia a ese judío, cuya alma bendita descansará en el Trono Celestial, nunca dejarán la gehena.

—Tonterías. Palabras vacías. ¿Dónde está su alma? No existe el alma, Reb Berish. La inventaron unos holgazanes en la casa de estudios. Había en Rusia un tal profesor Pavlov, y era el peor de todos. Todo un pez gordo, como dicen aquí. Extirpó el cerebro de un perro y no halló allí alma alguna. Un cerebro es una máquina, exactamente igual que en un autómata. Metes tres centavos y te devuelve un bocadillo. A la máquina no le hacen falta tus centavos. Puedes meterle fichas de madera. Lo fabricaron así, eso es todo.

—Está comparando un hombre santo con un perro o un autómata. Debería avergonzarse, señor Melnik. Una máquina es una máquina, y el hombre fue creado a imagen de Dios.

—¡A imagen de Dios! Estuve en la cárcel de Moscú en una celda con el rabino de Bludnov. Durante siete semanas estuvimos juntos, y en todo ese tiempo no hizo más que una cosa: estudiar la Torá. Padecía hemorroides y cuando se sentaba en el orinal sangraba como un animal. En medio de la noche lo despertaban y se lo llevaban para interrogarlo. Yo alcanzaba a oír sus gritos y cuando regresaba era incapaz de andar. Lo metían de un empujón a la celda y se desplomaba en el suelo. Le reanimábamos como mejor podíamos. Tras siete semanas de tortura se lo llevaron una noche para fusilarlo.

—¿Se quejó entonces de la injusticia de Dios?

—No, siguió siendo un creyente hasta su último aliento.

Reb Berish hizo una mueca y se frotó la frente.

—Cuando se otorga libre albedrío, se otorga libre albedrío. Significa que los malvados tienen la capacidad de hacer maldades a su antojo. ¿No otorga el Gobierno aquí en la tierra libertad de decisión? Un gánster puede asesinar, asaltar, robar hasta que lo atrapan. Pero cuando lo atrapan recibe su merecido.

—Los nazis no recibieron su merecido, Reb Berish. Estuve en Múnich tras la guerra. Estaban todos allí, sentados en una enorme cervecería, colorados y gordos como cerdos, trasegando cerveza y cantando canciones nazis como desatados. Alardeaban abiertamente de la cantidad de judíos que habían quemado, gaseado, enterrado vivos, y de cuántas chicas judías habían violado. Tendría que haber oído cómo se reían. América les enviaba miles de millones de dólares y se llenaban el gaznate de bayerisches y se zampaban sus weisswurst. Las panzas casi les reventaban de placer. Cuando entré y se dieron cuenta de que era judío se pusieron como bestias. Querían acabar conmigo allí mismo.

—¿Por qué entró en un sitio como ese?

—Tenía una novia alemana. Yo me dedicaba al contrabando de oro y ella lo escondía. Trabajábamos, como se dice, al cincuenta por ciento. Y teníamos además otros negocios.

Pfui, no es usted mejor que ellos.

—¿Qué podía hacer? Las chicas judías estaban todas enfermas y amargadas. Si te acostabas con ellas no hacían más que quejarse hasta que te reventaban los oídos. Todo lo que querían era casarse y sentar la cabeza. No era mi caso. Con una chica alemana tenías lo que querías y sin jaleos. A cambio de un paquete de cigarrillos americanos podía ser tuya la viuda de Himmler.

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