Bruce Chatwin, de Nicholas Shakespeare

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VIDA Y MUERTE DE CHATWINNicholas Shakespeare, Bruce Chatwin, Muchnik Editores, Barcelona, 2000, 650 pp.Esta biografía deja en claro que Bruce Chatwin fue un personaje acorde con su estilo literario: "una desasosegante vacilación entre los hechos y la ficción". Quizá por eso, los calificativos que merecieron sus libros, la fascinación que suscitaron, el sentimiento de libertad que contagiaron, parecen revertirse en su contra cuando se trata de reconstruir el itinerario de su vida. Casi todos sus contemporáneos, con la airada excepción de George Steiner, confiesan haber sido víctimas, literales y literarias, de la seducción de Chatwin. Pero, invariablemente también, los testimonios se desgranan como un rosario de reclamos. Cada quien tiene quejas pendientes contra el escritor anglosajón que cumplió el doble dictado de Lytton Strachey: "Es tan difícil escribir una buena vida como vivirla". Nicholas Shakespeare se suma al coro de los quejosos y concibe su biografía como un exhaustivo mosaico testimonial en busca de la verdad de una vida, que no obstante se antoja un extenso ajuste de cuentas. Lo más probable es que tenga razón, pero su razón descansa en un equívoco que Roberto Calasso, el editor italiano de Chatwin, así resume: "Si hubiese que oponer reparos a que la gente se inventara cosas, acabaríamos con la literatura".
     Bruce Chatwin es acusado de robarse los relatos, los rasgos, los descubrimientos y las teorías de quienes pueblan sus ficciones como los fantasmas de la realidad que alguna vez fueron. Los arqueólogos lo ven como un aprendiz pese a sus años de estudio en Edimburgo; los antropólogos, como una especie de dandy apresurado que padece "el síndrome de Baila con lobos" y, a lo sumo, así lo juzgan: "Bruce forma parte de una tradición exclusivamente inglesa de hombres con camisas arrugadas en lugares remotos del mundo". Los críticos literarios huelen la novedad del caso pero lo recluyen entre los "escritores-viajeros"; los libreros hasta inauguran para él un estante: "la nueva no ficción", y Bruce Chatwin confiesa acerca de su primer libro, En la Patagonia: "Ninguno se ha percatado de que se trata de un viaje maravilloso moderno: el trozo de brontosaurio es el ingrediente fundamental de la búsqueda". Bruce Chatwin, el "muchacho de oro" según Gregor von Rezzori, se veía como un Jasón y su búsqueda fue la del vellocino de oro bajo sus múltiples, modernas, heteróclitas e inesperadas facetas. El vellocino cobró en su cabeza la forma de una teoría sobre el nomadismo, que no era sino una variante de las preguntas acerca de los orígenes del hombre, y cristalizó crudamente en el título de un libro póstumo: ¿Qué hago yo aquí?
     El disimulo se refiere sobre todo a su vida sexual, dividida entre Elizabeth Chandler, con quien se casó para abandonarla en cada viaje, y la homosexualidad que comenzó a practicar desenfrenadamente en el Nueva York de Mapplethorpe, sin nunca asumirla. Hasta su muerte en 1986, a la edad de 48 años, tampoco aceptó la realidad del sida que sufrió. Lo que todos recuerdan como disimulo de la vida privada, encuentra su paralelo u origen en el estilo de su obra: "una tensión entre la pasión mental, la intensa implicación intelectual con lo que estaba haciendo, y la frialdad de la prosa". El arco que tensa pasión y frialdad es la misma y extraña paradoja de la que penden su obra y su personalidad confundidas. Chatwin vivió entre sus contradicciones: entre el nomadismo y el ansia de un ancla, la erudición y la invención, el amor y el egocentrismo, la manía enfermiza del coleccionista y el desapego, los mullidos salones de Sotheby's y el cielo ortodoxo del monte Athos. Esta manera que aventuró de vivir entre las poderosas fuerzas que lo imantaban es el incomprensible margen donde procuró asir su libertad. Shakespeare insiste en presentar esta rara forma de la libertad como un desenfado de niño mimado y malcriado, pero el capricho rara vez alcanza a producir el contagio vital que consiguen los relatos de Chatwin en sus lectores. Por su parte, el biógrafo no está exento del pecado de disimulo. Como de paso, confiesa: "A mí me ayudó —y no teníamos en absoluto una estrecha amistad— con mi primera novela. Entendió al momento cómo mejorarla y me pidió que se la dedicara". Shakespeare tampoco pone todas sus cartas sobre la mesa.
     Una vez le escribió Chatwin a Charles Tomlinson: "Toda mi vida ha sido una búsqueda de lo milagroso; sin embargo, ante la primera leve señal que se me ofrece de lo extraordinario, tiendo a volverme científico y racionalista". Esta reflexión podría cifrar el arrojo y los límites de la obra y la personalidad de Bruce Chatwin. Pero, sin duda, Salman Rushdie, amigo y admirador del escritor-atleta, es quien mejor definió el fenómeno de reticente fascinación que suscitaba Chatwin: "Era tan individual, tan él mismo. […] Imagino que, cuando se trata de personalidades tan polifacéticas como Bruce, la gente tiene más motivos para sentirse jorobada. Ese es el pequeño precio que debe pagarse por destacar en lo que haces. De entre mis coetáneos, el suyo era el espíritu más erudito y quizá el más brillante que yo haya visto nunca". En uno de los cuadernos que se encontraron después de su muerte, Chatwin había escrito: "Las estrellas saben cuándo morimos". –