“Diario (de 1899 a 1932) y la increíble historia de unas memorias codiciadas”, de José María Vargas Vila

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El increíble caso Vargas Vila
José María Vargas Vila, Diario (de 1899 a 1932) y la increíble historia de unas memorias codiciadas, edición de Raúl Salazar Pazos, Ediciones Altera, Barcelona, 2000, 217 pp.

El desprecio de la posteridad por José María Vargas Vila (1860-1933) es unánime. El grafómano colombiano, autor de una centena de libros, entre la poesía, la novela, el ensayo y el panfleto político, se creyó un hermano ecuatorial de Nietzsche y sobrevivió por las injurias que ha provocado y por una sola que redactó. Borges dijo que "el único roce" de Vargas Vila con la literatura ocurrió cuando escribió: "Los dioses no permitieron que Santos Chocano deshonrase el patíbulo muriendo en él". Alfonso Reyes le dedicó un par de páginas a Vargas Vila, ese "hombrecito avejentado y nada varonil, con aire y acento de yucateco", a quien el mexicano hubiera olvidado de no ser porque a la muerte del colombiano, un diplomático, creyendo sus familiares y deudos a todos los escritores, le dijo, a manera de pésame, "yo le confieso que poseo, leo y admiro todas sus obras" (las de Vargas Vila, se entiende).
     Leer el Diario de Vargas Vila, subtitulado Tagebücher —pues Hebbel dio al suyo el nombre castellano de Diario—, es indudablemente desconsolador. No hay vicio ni beneficio del modernismo —y de sus ilustres padrastros, el parnasianismo y el simbolismo— que el novelista no haya manoseado, a través de la Soledad, el Vicio, la Virtud, la Obra, el Amor, la Divina Tradición y, por supuesto, la Madre, todas ellas Mayúsculas enumeradas y cortadas "libremente", queriendo ser, Also sprach Zarathustra, una versificación del pensamiento. Husmear —no se puede hacer otra cosa— en las novelas vargasvilianas como Flor de fango (1899) o Ibis (1900), esta última, conocida como la Biblia del Suicidio, provoca estornudos y sofocos.
     Vargas Vila, autor de novelas sicalípticas, fue un hombre culto. Pero su formación clásica y sus lecturas románticas —no sólo Lamartine, Vigny y Chateaubriand, también Joseph de Maistre y Bonald— fueron a dar a un anchuroso Amazonas de la cursilería, como barquitos de papel que delatan la extenuante travesía de las literaturas americanas hacia el talento individual. Por ello más vale volver al Diario, donde entre los nenúfares se encuentran, a menudo, los escarabajos del ingenio, resistentes, laboriosos y obstinados. Sus pinceladas contemporáneas, las dedicadas a Gómez Carrillo, Ramiro de Maetzu u Ortega son elegantes. Su censura de Voltaire es memorable —era más fácil burlarse del Crucificado que de Federico de Prusia— y su desdén por Mallarmé parece tan fundamentado como su reserva ante Stendhal.
     Vargas Vila lo tuvo todo y todo lo derrochó. Ese fue su heroico y colosal fracaso. Best seller latinoamericano durante treinta años, dejaba ver en su Diario una amargura que bien harían en probar las actuales estrellas del mercado editorial. Un hombre tan agudo y tan famoso, culto y refinado hasta la impostación, no podía ignorar que su vida había sido un escandaloso fraude estético. Por ello despreciaba a su público, no sin cierta coquetería, distinguiendo al verdadero iletrado —el que lee mal, el que lee a medias, quien lee basura— del honrado campesino analfabeta, por quien el agnóstico, liberal y tiranicida Vargas Vila dio mil batallas. Salvo los naturales gazapos de quien fue diplomático mercenario al servicio de Nicaragua y del Ecuador —y de una simpatía por Calles que Vasconcelos le reprochó—, Vargas Vila no dejó títere con cabeza entre las satrapías latinoamericanas de entonces. A este escritor comercial, combinación más europea que americana de corrección política y atrevimiento erótico, habría que reconocerle su capacidad de escandalizar y de sonrojar a las amodorradas clases medias, las mismas que hoy idolatran, sin cuestionarse una sola de sus convicciones, a los herederos de Vargas Vila. Ante las implacables puertas del olvido murió don José María en 1933.
     Pero no se equivocó Vargas Vila al pensar que "este Diario será el libro que ha de sobrevivirme". Las razones, tristemente, van más allá del rescate literario. Por la posesión del original del Diario de Vargas Vila, el profesor cubano Raúl Salazar Pazos, según su propio testimonio, sufrió prisión y tortura. En 1981 la dictadura de Castro lo acusó de "ser un elemento negativo, un parásito que actúa contra la política cultural de la Revolución al negarse a entregar a las autoridades el manuscrito que posee de un escritor, amigo que fue del eximio apóstol José Martí" (p. 17).
     En su calabozo, Salazar Pazos distraía el dolor de los electrochoques cavilando sobre qué interés podía tener el régimen castrista en las memorias de Vargas Vila, un trasnochado nihilista nietzscheano… Hasta que cayó en cuenta de que él mismo había sido el involuntario arquitecto de su desgracia. Después de que le fue legalmente cedido el Diario en 1965 por los herederos de Vargas Vila, que habían ido a parar a Cuba, Salazar Pazos contactó al periodista Hernando Guerrero, amigo de Gabriel García Márquez. La intermediación del gran novelista colombiano debía de ser útil para lograr una edición digna de las memorias de su ilustre predecesor. El Sr. Guerrero fotografió los originales y la prensa colombiana anunció que: "García Márquez se ha comprometido a ejercer todas sus influencias ante el gobierno de Fidel Castro para rescatar el diario íntimo de Vargas Vila" (p. 21).
     Y vaya que valieron las influencias de García Márquez. Primero se presentaron los comisarios de Casa de las Américas, intentando comprar el original. Siguieron las amenazas. Más tarde la policía. Salazar Pazos fue recluido en 1983 en la Prisión del Combinado del Este por negarse a entregar el Diario de Vargas Vila, que él mismo había copiado pacientemente durante años y salvaguardado en el extranjero. En esas condiciones, Salazar Pazos accedió a entregar el original y recibió permiso para salir de Cuba en compañía de su madre. El director de la Fragua Martiniana, Dr. Gonzalo Quesada Michelsen, anunció a Prensa Latina que Salazar Pazos y familia habían "donado" el Archivo Vargas Vila a García Márquez. En 1981 habían sido repatriados pomposamente los restos de Vargas Vila a Colombia y, en 1989, la Sra. Consuelo Treviño publicó allí algunos fragmentos del Diario y dijo que su antiguo poseedor, el profesor Salazar Pazos, había sido interceptado tratando de sacar de La Habana los originales de Vargas Vila, como si a alguien pudiese ocurrírsele pasar la aduana del Aeropuerto José Martí con ocho cajas de documentos. Hasta donde se sabe, el original duerme en la bóveda de seguridad del Consejo de Estado de la República de Cuba.
     Raúl Salazar Pazos, en su prólogo al Diario, se abstiene de acusar a García Márquez de haber ordenado o aprobado su persecución por apetecer el original de Vargas Vila. Pero supone con todo derecho que la obsequiosidad de los sicarios castristas con el Premio Nobel llegó demasiado lejos… Si lo que dice Salazar Pazos es falso, Gabriel García Márquez debe deslindarse públicamente del caso. Esta historia ya ha sido publicitada, pero aún es tiempo: el libro ha sido editado en enero de 2000 en Barcelona, la ciudad donde murió Vargas Vila y donde nació la fortuna del autor de Cien años de soledad.
     Sacar alguna moraleja o paradoja de uno de los casos de censura literaria más extravagantes y crueles de la historia, sale sobrando: uno de los lectores de Vargas Vila fue encarcelado y torturado por el delito de querer librarlo de la extinción. Porque es el Olvido hablándole a la Fama, prefiero ceder la conclusión a José María Vargas Vila: "Agosto de 1921. Yo no he tenido una filosofía; encasillarme en un sistema me parece una esclavitud, una autocrueldad; ser el Apóstol de una doctrina, sea; pero ser el prisionero de ella, no; ningún hombre de Sistema es un hombre libre […] Hay hombres que necesitan rehabilitarse ante sus contemporáneos" (p. 148). –

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es editor de Letras Libres. En 2020, El Colegio Nacional publicó sus Ensayos reunidos 1984-1998 y las Ediciones de la Universidad Diego Portales, Ateos, esnobs y otras ruinas, en Santiago de Chile


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