El mundo de ayer

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Coloquio de invierno es una novela compuesta. Por novela compuesta –en inglés composite novel– suele entenderse una obra que reúne varios relatos independientes –un ciclo de relatos–. Esa reunión puede hacerse con un marco narrativo que justifique la colección o sin él, ofreciendo al lector señales de coherencia entre los relatos reunidos. Y, lógicamente, admite varios propósitos. Al fin y al cabo, se trata solo de una forma externa de novela. Y, como sucede siempre con la literatura, la forma externa encubre la forma simbólica. Esta composición permite muchas veces apreciar con facilidad esa forma simbólica: explorar las posibilidades del humorismo popular –el Decamerón–, retratar una época o un mundo obsoleto –Celama, un recuento de Luis Mateo Díez– o, lo contrario, una evolución histórica –Las cuatro esquinas de Manuel Longares–, o incluso todo un mundo –Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, o la trilogía de la Guerra Civil y la posguerra de Juan Eduardo Zúñiga–.

Coloquio de invierno no parece nada de eso. Quizá tenga alguna similitud con Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. No se trata de la alusión al invierno en el título. Existe entre ambas novelas una diferencia evidente. Calvino hizo un esfuerzo por que las diez novelas –comienzos de novela, realmente– fueran muy distintas. En la novela de Landero ese esfuerzo diferenciador no se percibe. Más bien, hay aspectos comunes en los relatos. Calvino pone el foco en el lector. Landero lo pone en el autor o, más preciso, en el personaje narrador. Veamos.

El marco es un encuentro fortuito y encierro en un hotel de nueve personajes –siete viajeros y los dos hosteleros– debido a la borrasca Filomena, durante tres días. Como recurso para el entretenimiento, deciden contarse un relato, al estilo de Boccaccio. El resultado es un abanico de historias personales, casos, anécdotas, algún chiste y un asomo de querella cultural –a propósito de Ortega, la metáfora y la estética–. Son géneros orales. Cinco relatos alcanzan la suficiente entidad para dotarlos de título, como si se tratara de novelas cortas: “Historia de un instante”, “Licor de menta”, “Time’s up”, “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro” y “Verano del 69”. La historia personal es un género de la oralidad. Como género oral suele aceptar motivos fantásticos. Y así ocurre en “Historia de un instante”. Landero se permite en un par de casos –los dos últimos– convertirlos en relatos en tercera persona. Es bien posible que estos relatos se hayan integrado y adaptado al marco del Coloquio tras haber sido concebidos como autónomos. En “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro” ha quedado –por despiste del autor y del editor– la huella de una originaria primera persona narrativa –en las páginas 199 y 200– que no ha sido trasladada a la tercera persona desde la que aparece este relato en la novela.

Volvamos a los aspectos comunes de los relatos. Lo primero es la estilización oral. Esa estilización encaja bien en el discurso narrativo de Landero, que en todas sus obras ha sabido conservar el halo de la oralidad. No es solo un aspecto de estilo. Es la marca simbólica de un tiempo histórico: el de la transición del mundo rural al mundo urbano. Pero el puntal de la estética de este autor son los personajes. En varios momentos de la novela alude a la “entrecana zona media” en la que se ubican. Los personajes de Landero suelen situarse en esa zona vital: desde la edad tardía de su primera –y gran– novela a ese jubilado Ginés Orozco, uno más de los fugitivos landerianos. Es la otra transición: la transición territorial –del campo a la ciudad– y la transición vital –la edad tardía–.

Los motivos de las novelas de Landero salpican todos los relatos de este libro. A pesar de su disparidad, en todos se puede apreciar algún motivo o momento recurrente de la estética del autor. Como he escrito en otro sitio: “Todo gira en torno a una figura que suele presentar variaciones acerca del arquetipo moderno del hombre inútil. Los inútiles de Landero suelen ser soñadores, aprendices, fracasados, frustrados fugitivos o inmaduros.” Es la figura del hombre inútil u hombre superfluo, la representación de la crisis del varón moderno. Tan varonil es esa figura que el relato de Nuria y Adela, las únicas féminas narradoras, adopta la forma de la tercera persona de un varón viejo y chiflado. Esta novela compuesta es una antología muy bien elaborada de esos personajes frustrados, fugitivos e inmaduros, cuya vida pertenece al mundo de ayer. Landero en estado puro. ~


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