Matar a un elefante y otros escritos y El león y el unicornio y otros ensayos, de George Orwell

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Al
comentar la publicación de las obras completas de Orwell
–veinte tomos y más de ocho mil páginas– Timothy
Garton Ash se preguntaba si el autor de 1984
debía ser tratado como Shakespeare. ¿Cuál podría
ser el valor de los miles de notas y reseñas que sembró
rutinariamente en periódicos y revistas? ¿Qué
sentido tendría desenterrar sus poemas adolescentes como si
fueran sonetos de Milton? ¿De qué manera podrían
justificarse tres gordos volúmenes de sus programas de radio
en la bbc? Extraño, porque nadie diría que Orwell fue
el Shakespeare del siglo xx. Ni siquiera el más ferviente
orwelliano se atrevería a hacer la comparación. Puede
decirse abiertamente que buena parte de su producción
literaria es francamente mala. Sus primeras novelas son desastrosas.
Él mismo lo reconoció y ordenó que nunca (uso
sus mayúsculas) se reimprimieran. Siguiendo el juicio de
Garton Ash, hasta su celebradísima novela sobre la vida bajo
el totalitarismo está salpicada de melodrama y torpe
escritura. Sólo Rebelión
en la granja
es una composición perfecta. Lionel
Trilling, uno de sus primeros admiradores, decía que el
principal atractivo de Orwell era que no era un genio. Era un hombre
de inteligencia simple, directa y honesta que tuvo el poder de
nombrar lo que tenía frente a la nariz. No era ni un genio ni
un héroe. ¡Qué alivio!

En
lengua española no hay nadie, por supuesto, que pretenda
repetir la empresa de las obras completas. Pero en los últimos
años, una fiebre orwelliana ha contagiado las casas
editoriales. El trabajo periodístico, el ensayo político,
la reflexión autobiográfica y la crítica
literaria han encontrado alojamiento en libros recientes. Hace cuatro
años, para celebrar el centenario de Orwell, Tusquets
empaquetó todo lo que el inglés escribió sobre
España y su guerra. Alrededor del “Homenaje a Cataluña”
se reúnen cartas, notas, reseñas y entradas de su
diario personal en donde aparece la patria de su bautizo político.
La editorial mexicana Sexto Piso ha entregado dos piezas orwellianas:
sus Diarios de guerra
y una bien alineada selección de ensayos. Global Rhythm Press,
la editora barcelonesa de discos de jazz,
ha recogido los (olvidables) artículos que Orwell publicó
en Observer entre
1942 y 1949. Finalmente, en coedición de Turner y el Fondo de
Cultura Económica se publican dos estupendas colecciones de
ensayos y crónicas: Matar
a un elefante y otros escritos
y El
león y el unicornio y otros ensayos
. En conjunto,
estos dos volúmenes constituyen lo mejor del repertorio
ensayístico de Orwell.2

Es
atinado destacar el ensayo “Matar a un elefante” como título
de una amplia compilación. El ensayo se ha leído
siempre como una pieza de denuncia antiimperialista. Lo es, pero
sobre todo se trata de una confesión en la que arraiga una
toma de consciencia. Publicado inicialmente en otoño de 1936,
la crónica describe un episodio que vivió como policía
en Birmania. La única vez, dice él, en que fue tan
importante como para ser odiado por muchos. Orwell narra las
circunstancias en que se sintió obligado a matar a un elefante
que había escapado de su encierro. El oficial actuó
bajo la presión de los birmanos que gritaban exigiendo una
decisión enérgica de quien representaba la autoridad
del Imperio. Un mar de rostros aceitunados esperando el tiro. Eric
Blair (Orwell), el policía, más que una imponente torre imperial, resultaba instrumento de una muchedumbre rabiosa.
El guardia no encuentra razones para asesinar al inmenso animal, pero
dispara.

Orwell
interpreta el evento como exhibición del vacío
imperial. El hombre blanco, el uniformado gendarme británico
que carga un rifle alemán no es nada frente a un “ejército
de nativos inermes”. Yo no era más que un títere de
los morenos sin armas. El episodio no sólo revela ese hueco
político; es, sobre todo, una alegoría moral, una
metáfora de los sobornos de la simpatía. El oficial
temeroso dispara porque no quiere quedar como un idiota. Temiendo el
desprecio de muchos, actúa en contra de su convicción.
Los birmanos pedían sangre y el oficial responde entregándoles
un enorme cadáver. Más que desnudar al imperialismo,
Orwell retrata la mecánica corruptora que después
habría de combatir: la intimidación del halago, las
trampas de la adhesión. Todo lo que escribió tras ese
episodio es un intento de escapar de las trampas del aplauso.

Registrar
el paso de las impresiones es, en sí mismo, un compromiso de
verdad, un riesgo.

Quien quiera sentirse infalible, que no lleve
nunca un diario, decía. Matar
a un elefante y otros escritos
contiene también las
anotaciones de guerra de Orwell que ya había vertido al
español la casa mexicana Sexto Piso. El autor se equivocó
en sus registros de lo inmediato y en sus vaticinios. La libreta vale
más como anticipo biográfico que como testimonio. Más
allá de estampas elocuentes sobre el gas que escapa de los
ductos, de los temores que se contagian y las bombas que estallan;
los cuadernos de Orwell muestran en semilla sus preocupaciones
centrales. El carácter antiheroico de la guerra, por ejemplo.
Es bien sabido que el inglés no era un pacifista: la guerra
era perversa, pero en ocasiones tiene que asumirse como el mal menor.
Oponerse a la ligereza del pacifismo no implicaba, desde luego,
glorificar la guerra. Desde su aventura catalana, lo decía con
toda claridad: la guerra es tediosa. La Gran Causa no se asoma ni en
minúsculas. De ahí que lo verdaderamente insufrible de
la guerra no sean los miedos de muerte sino la pesadilla de sus
rutinas: “Ya no me fastidian ni me atemorizan los bombardeos. Lo
que no resisto es la desorganización del tráfico, la
ruptura de los servicios elementales, el bloqueo de las tiendas, la
escasez habitual.”

Los
cuadernos registran otras fibras de su trabajo narrativo y
ensayístico: el reparo frente a las desigualdades, un
patriotismo antinacionalista y, sobre todo, la obsesiva preocupación
por la verdad y las posibilidades del entendimiento en tiempos
dramáticos. La guerra es el dominio de la mentira y la
propaganda, la hacienda del rumor. A Orwell le intriga su ecología.
¿Cómo nace, quién inventa el chisme, ese
sustitutivo callejero de la verdad? El cronista hace un experimento
para detectar su nacimiento pero fracasa. Vio con gran claridad el
futuro que le esperaba a la verdad. Las plagas se extienden y son
acogidas como frutos benéficos. La basura publicitaria se
acepta como decorado de la vida moderna; la deshonestidad
periodística se enmascara como compromiso; la pereza
intelectual se esconde en halagos de cortesía o en epítetos.
Epidemia de lugares comunes, ortodoxias, ideologías, frases
hechas, eufemismos. La escritura ha de ser una ventana, no un cuadro.
“La buena prosa es como el cristal de una ventana.” Su ensayo
sobre la política y la palabra (recogido en Matar
a un elefante
) es quizá la pieza más
penetrante, el ensayo más incisivo y perdurable de Orwell. La
degeneración del lenguaje es el compañero indispensable
del abuso político. No hay explotación que no se
levante en una batería de eufemismos, frases hechas e
hipocresías verbales. No se trata de un problema de los
regímenes totalitarios, sino de un padecimiento que ataca toda
forma política, y quizá con mayor facilidad al régimen
democrático que ha entronizado el profiláctico
vocabulario de lo políticamente correcto.

Al
poner en palabras las razones de su escritura, Orwell detectó
el origen de su talento: desde niño, dice, “supe que tenía
facilidad con las palabras y un poder de encarar hechos
desagradables”. Miguel Martínez-Lage, el traductor, escoge
palabras más tibias y hace decir a Orwell que tenía la
“capacidad de afrontar hechos menos agradables”. Desatinada
elección de palabras: Orwell no habla de una habilidad sino de
un poder, esto es, de una responsabilidad. Es que el poder de encarar
que ha subrayado Christopher Hitchens, su apologista contemporáneo
más entusiasta, supone una fuerza para vencer obstáculos.
Para ver lo que tiene uno frente a la nariz hay que emprender una
lucha. Al hablar del poder de encarar, Orwell asumía una
responsabilidad, condenaba la evasión, la indecencia de cerrar
los ojos ante el atropello “de los nuestros”.

Christopher
Hitchens, un hombre no muy inclinado al retrato encomiástico,
celebró a Orwell en un libro reciente como el hombre que
estuvo en el lugar correcto en las tres batallas cruciales del siglo
xx: acertó en su denuncia del imperialismo, del fascismo y del
estalinismo. En efecto, tuvo razón Orwell en oponerse a estos
despotismos. Pero no es ése su “triunfo.” La presencia del
autor de Rebelión en
la granja
está, sobre todo, en su integridad. En su
defensa de la palabra y de la verdad. De su poder de plantarse frente
a lo desagradable proviene su gran lección: una ética
de encarar y de nombrar. ~

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