Ilustración: Manuel Vargas

Cómo me hice crítico por culpa del insomnio y Christopher Domínguez Michael

Toca la lectura, en la décimo quinta entrega de la serie, de Christopher Domínguez Michael, quien ha asumido como nadie en la literatura mexicana el papel de crítico profesional.
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A finales de los años ochenta, yo era un niño precozmente politizado –a raíz, sobre todo, de la elección presidencial de 1988 y la primera candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas– y leía ávidamente cada semana la revista Proceso. En las páginas finales solía venir una reseña literaria firmada por un nombre raro, medio gringo, que mezclaba lo inglés y lo hispánico: Christopher Domínguez Michael. No siempre lo leía, a decir verdad, mi interés en Proceso era la política y todo esto ocurría antes del annus mirabilis de 1992, año de mi conversión definitiva a la lectura, pero me llamaba la atención y el nombre se me quedó grabado. Después me lo volví a topar cuando, a principios de lo noventa, me hice asiduo lector de La Jornada Semanal, dirigida por Roger Bartra, y, sobre todo, de Vuelta, la revista de Octavio Paz. Por esas fechas, Domínguez Michael publicó su primera recopilación de reseñas y ensayos, La utopía de la hospitalidad (Vuelta, México, 1993). Antes había publicado una polémica Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, su estruendoso debut crítico que lo convirtió, desde entonces, en ave de tempestades.

El libro tiene una camisa color morado con la Madame Récamier de Louis David en el frente, el título, el nombre del autor y la editorial, y el logo de esta, una V en la que se enrosca un uroboros (hice varias lecturas memorables allí; recuerdo ahora Sin retorno de Vivant Denon, el Barnabooth de Valery Larbaud y Las formas de la memoria de Emir Rodríguez Monegal). En la solapa había una nota de José de la Colina sobre el misterio del nombre: “Christopher Domínguez Michael no es un seudónimo, ni un personaje de novela policiaca chicana, sino un dandi y además un brillante ensayista literario”. Había también una foto del dandi en cuestión en su estudio: de alrededor de treinta años, usaba lentes y bigote, mostraba signos de calvicie, vestía saco y corbata y sonreía a la cámara.

La utopía de la hospitalidad se convirtió gradualmente en uno de mis libros favoritos de insomnio. Me explico: yo tenía, al lado de mi cama, un librero hecho de tablas y ladrillos –típico librero de estudiante– que albergaba mi modesta sección de literatura mexicana y latinoamericana. Cuando no podía dormir, lo más fácil era encender la lámpara y, sin levantarme de la cama, escoger un libro de ese librero. No solía ponerme a leer algo nuevo, sino más bien a releer algo ya conocido. Ese libro fue muchas veces el Manual del distraído de Rossi, el Descanso de caminantes de Bioy o La utopía de la hospitalidad (y también, por cierto, Servidumbre y grandeza de la vida literaria, que trata sobre literatura mexicana). No hacía falta leerlos completos o en orden, bastaba abrirlos en cualquier página y leer un texto cualquiera (ya he dicho en otra entrega que mi insomio prefiere los diarios, los cuadernos de notas y los libros de brevedades). No creo exagerar demasiado si digo que mi vocación crítica fue naciendo a altas horas de la noche mientras leía en la cama, apenas iluminado por la tenue luz amarilla de una lámpara, las reseñas de La utopía de la hospitalidad.

El libro me descubrió, para empezar, muchos autores y obras que no conocía y a los que me acerqué gracias a él, desde clásicos como Chateaubriand (haberme hecho leer las Memorias del ultratumba bastaría para estar agradecido de por vida), Goncharov o Huysmans, hasta modernos o contemporáneos como Joseph Roth, Thomas Bernhard o Enrique Vila-Matas, pasando por críticos como Mario Praz o Albert Béguin. Sin embargo, lo que más me gustaba era la prosa, el cuidado de la forma, muy superior al que podía encontrarse en otros lugares. Aquí había un crítico literario que era realmente un escritor y que hacía de la crítica, en virtud del estilo, literatura. Aparte de su perspicacia crítica, Domínguez Michael es un gran narrador de la literatura, o sea, sabe contar la historia de los autores y sus obras, de su contexto social y cultural, con una prosa artística.

En La utopía de la hospitalidad hay un texto, “Iván Goncharov y la teoría de clase ociosa”, que comienza con una cita del crítico ruso Vissarion Bielinski que desde que la leí por primera vez se me quedó grabada y pertenece a ese puñado de citas que, por razones misteriosas, sabemos que nos acompañarán siempre. La cita en cuestión, una profesión de fe, dice: “yo soy un littérateur. Digo esto con sentimiento doloroso, y sin embargo altivo y grato. La literatura rusa es mi vida y mi sangre”. Dejémoslo en literatura, a secas, y la frase aplica perfectamente para Domínguez Michael, littérateur en estado puro.

Como observé en el capítulo anterior, la vocación del crítico es misteriosa. Más aún la del que es exclusivamente un crítico, que no escribe prácticamente nada más, y que se asume como crítico profesional. Es una flor rara, más rara, de hecho, que el poeta o el narrador. El siglo XIX francés, por ejemplo, contó con notables novelistas y poetas, y un solo crítico que hoy recordemos, aunque casi no leamos: Sainte-Beuve, el príncipe de la crítica literaria.

En la literatura mexicana, nadie como Christopher Domínguez Michael ha asumido el papel del crítico profesional, ejercido, sobre todo, reseñando libros incansablemente a lo largo de más de treinta años. Apenas hay aspirante a escritor de cualquier especie que no reseñe, como una especie de rito de paso, unos cuantos libros, pero otra cosa es dedicarse durante décadas a ese humilde oficio y reseñar cientos o miles. Domínguez Michael, además, ha reivindicado el modesto género de la reseña otorgándole una dignidad literaria que periódicos, revistas y suplementos ya no suelen darle, confundiéndolo con una nota apresurada o una mera noticia.

Quizá la característica distintiva del crítico profesional (a diferencia del amateur, como el que esto escribe, que se ocupa únicamente de lo que le gusta) sea el afán de juzgar, de sancionar, de ordenar. Para cumplir estas tareas y ser juez y árbitro de una literatura, debe naturalmente ocuparse de una serie de escritores y obras que no forzosamente le interesan o agradan, pero a los que está obligado a examinar. La tarea no es necesariamente una fiesta, pero es la que el crítico profesional ha elegido. Albert Thibaudet, el gran crítico francés de entreguerras, escribió en su ensayo “Las tres críticas”: “la tarea en que la crítica profesional tiene mayor éxito, aquella donde solo ella puede tener éxito, es la función de encadenar, de ordenar, de presentar una literatura, un género, una época, como un cuadro, como un ser orgánico y viviente… poner orden y discurso en el azar literario, he ahí la vocación y el honor de la crítica profesional”. En el caso de las letras mexicanas del siglo XX y parte del XXI, una buena porción de ese honor corresponderá a Domínguez Michael.

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