Diario del aislamiento (III)

Todo es ya fragmentario: la vida, la atención y los textos. Seguimos en estado de alarma, seguimos sin apenas salir a la calle.
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Ya no hay días. Todos los días se parecen demasiado. Si me esfuerzo puedo saber qué día fue qué. Los distingo por la comida.

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Los viernes hay party pizza. Una pandemia no es motivo suficiente para suspenderla, así que Barreiros hace la pizza y yo me conecto a Skype. Los niños enloquecen al ver a sus amigos en la pantalla. Todos chillan, saltan, se pegan a la cámara. Los otros padres nos ven tomar vino y se sirven el suyo. Todos estamos agotados. Tan agotados que cuando uno de los niños corta la llamada sin despedirnos, no volvemos a conectarnos.

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Intento leer pero me duermo incluso más rápido que antes del confinamiento. A veces, la gente me dice: “no sé cómo puedes leer con tres hijos, no sé cómo te da la vida”. Es una pregunta retórica, claro, pero de vez en cuando respondo con la verdad: pipas. Ese es mi secreto. Con las pipas no me duermo. Pero con las pipas no he recuperado todavía mi talla de antes del embarazo. Durante el confinamiento no compro pipas. No he comprado pipas. Puede que mañana vaya a Mercadona.

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El sábado Barreiros va a hacer la compra. El domingo bajo a comprar los periódicos, apenas he salido de casa y me da un poco de miedo. Salgo pensando en que no quiero que cierre el quiosquero. La sensación es extraña. Sin darme cuenta me llevo dos ejemplares de uno de los dos periódicos: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

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Los lunes son terribles: los niños no entienden por qué el día anterior estábamos para ellos y hoy ya no. Hacemos saludos al sol. Hacemos veintiséis ranas. Mi hija mayor ha dejado de preguntarme si estoy embarazada.

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Mi amiga la que acaba de tener un bebé me dice que vaya movida lo de parir en el estado de alarma. Le digo que hay una cosa buena: no va a sentirse descolgada en el puerperio porque el puerperio es como el aislamiento: estás encerrada, agotada y no sabes ni cómo te llamas. Ahora todo el mundo va a tu misma no-velocidad, le digo.

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Cada vez me cuesta más concentrarme en lo que leo, también los periódicos. Interrumpo las columnas (!) para ir a por agua, para editar tres párrafos, para atender a un hijo. Es como si todo fuera a la vez muy rápido y muy despacio. Hay dos velocidades, la mía y la del mundo, y siempre están desincronizadas. Edito una entrevista con Jorge Freire y pienso que me va a interesar el libro: se llama Agitación y habla del “impulso por estar al día”.

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Me dan envidia mis amigos sin hijos: los imagino leyendo, viendo películas, escribiendo o follando. Hablo con dos: uno está distraído, me dice, porque tiene a su madre lejos, no leo nada, me dice; al otro se le ha roto el ordenador. Y la verdad, no es que me alegre, pero sí noto una punzada de alivio.

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Vemos Parásitos y no sé muy bien qué pensar. Me gustan algunas cosas; no me gustan las cartas del final. La parte macabra me gusta porque pienso que es coherente con la película y con ese universo y con el director, de quien creo que solo he visto The host.

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Voy a la panadería y al mercado y vuelvo con agujetas en los brazos. Por la tarde hacemos galletas y busco recetas de cocido. Nunca he hecho uno. Dejo los garbanzos toda la noche a remojo.

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Hay una cosa que no deja de sorprenderme: ¿por qué nos gusta tanto echar la bronca y decirle a la gente lo que tiene que hacer? ¿Por qué suponemos que no están siguiendo las normas y nosotros sí? No entiendo que se repita lo de quédate en casa tanto, pero puede ser que no me entere nada o sea demasiado confiada.

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Barreiros se pone a hacer agujeros con el taladro y suena el timbre: es la vecina, hemos traspasado su pared. Tiene miedo de que no aguante y se haga más grande el agujero. Barreiros le dice que cuando podamos salir, se lo tapa con yeso. Pienso que me gustaría escribir un cuento que fuera un poco La vida instrucciones de uso pero con una comunidad confinada. No sería original pero sería mío.

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Diana Aller ha trabajado en muchos reality shows y en su blog en El Mundo explica: “Se inicia ahora –entre la segunda y tercera semana– un periodo crítico. Dejamos de segregar dopamina, porque la situación deja de ser novedosa y entramos en un magma de temporalidad enloquecido. Perdemos la noción del tiempo y ganamos una extraña sensación de irrealidad”.

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El cocido ha sido un éxito. Al ver como se lo comían los niños, mezclándolo todo en el mismo plato, como en el cole, Barreiros ha dicho: pero si es ramen. Por la noche, vuelvo a hacer galletas.

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Avanzo poco en la traducción que tengo que entregar a finales del próximo mes. Llamo a mi abuela. Casi nunca nos llamamos. Pero casi nunca, en realidad, pasamos demasiado tiempo sin hablar. Primero llamo al fijo de casa de mi tía y hablamos. Repetimos el mismo diálogo varias veces. Este verano, cumple noventa años. Un rato después, hacemos videollamada, pero solo habla con los niños. Me quedo con el bueno, chatica que me ha dicho al despedirse antes.

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Odio los baños de espuma. Es la típica cosa que se ha idealizado y nadie se atreve a decir que no son nada divertidos ni agradables. Que nadie lee en la bañera ni fuma ni bebe champán. Creo que ahí hay un verdadero tabú sobre el que nadie ha hablado, les digo a mis amigas. Mucho más fuerte que el de la maternidad, sigo, que tal vez no se decía mucho pero bastaba con mirar la cara de nuestras madres para saber que es agotador.

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Llevamos dos semanas de alarma –quedan otras dos como poco– y desde el 11 de marzo en aislamiento. Espero que la bodega de Olavide esté abierta.

 

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