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Fuente: Donkey Hotey / Wikimedia Commons

Mi encuentro con Jared Kushner

En persona, Jared Kushner aparenta tener intereses legítimos. Va impecablemente vestido con su habitual corbata delgada con nudo sencillo. Pero también es un convencido absoluto de las políticas del gobierno de Donald Trump, incluida la política migratoria punitiva.
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Empecé a notar la presencia constante de Jared Kushner en diversos actos a principios del gobierno de Trump. Luego, durante la renegociación del Tratado de Libre Comercio lo vi con más frecuencia interactuar en pasillos, cafeterías y caminando en la calle con funcionarios mexicanos y estadounidenses. Pese a no contar con experiencia alguna en asuntos de gobierno o política pública y de haber atravesado por algunos escándalos que incluso le llevaron a perder su nivel de acceso a información clasificada, Kushner se ha ganado fama de frío, arrogante y poderoso. Y lo ha hecho siendo, al menos aparentemente, la antítesis del hombre visceral, histriónico y mediático que es su jefe y suegro, el presidente de Estados Unidos. Ese contraste parece no importarle gran cosa a Trump, que ha puesto en manos de su yerno una larga lista de asuntos, incluida la interlocución directa con el gobierno mexicano.

Había querido entrevistar a Kushner desde hace varios meses pero me parecía improbable. Como todo el resto del círculo cercano a Trump, Kushner no ha otorgado espacios a medios de comunicación en español. “No da entrevistas”, cortaban de tajo una y otra vez mis aspiraciones de platicar con él, las pocas personas que podían abrirme una puerta.  Kushner finalmente accedió hace unos días. La mañana del martes cuatro de febrero nos sentamos en una de sus oficinas en la Casa Blanca. Una charla pactada para diez minutos se extendió cerca de media hora.

Lo que encontré fue a un hombre reservado y preciso. “Nosotros queremos enfocarnos en la sustancia, en resolver problemas, y no en las emociones que azuza gente muchas veces mal informada sobre lo que buscamos lograr”, me dijo Kushner. Su intención, me aseguró desde el principio, es muy simple. “Trato de resolver problemas, trato de acercar a las personas y hacer que se hagan las cosas”, me respondió, asumiendo con aparente humildad su papel de problem solver en el gobierno trumpista. Tomé con reservas su respuesta porque me confirmó lo que sospechaba: detrás de su máscara de facilitador hay un hombre informado, poderoso y con influencia en la relación de Estados Unidos con México, que además cuenta con la confianza incondicional del presidente estadounidense. Un canal privilegiado en ambas direcciones. Traté de hacer memoria y no encontré a alguien con esas características y posicionamiento, al menos en la historia reciente de la relación bilateral.

Esa mañana borré cinco de las siete preguntas que había preparado la noche anterior, porque supuse que podía hacérselas a cualquier otro funcionario del gobierno de Trump. Kushner es un estratega, quizás el más importante en el estrecho círculo cercano del presidente. Me pareció que la prioridad era la relación México-Estados Unidos, en la que Kushner ha tenido una injerencia constante y tal vez excesiva, dada su nula experiencia diplomática. Sustituí el cuestionamiento sobre la terrible circunstancia actual de los migrantes centroamericanos por uno sobre la solución definitiva del problema. Le pregunté del T-MEC frente a China, el voto hispano pro-Trump y sus logros y frustraciones personales en la relación con México.

Kushner me pareció inescrutable. Aparenta tener intereses legítimos. A mi juicio, lo que de lejos parece arrogancia es en realidad una especie de compostura calculadora. Va impecablemente vestido con su habitual corbata delgada con nudo sencillo, saluda con firmeza y velocidad. Es un maestro de las relaciones públicas y quizás de la manipulación. Pero también es un convencido absoluto de las políticas del gobierno de Donald Trump, incluida la política migratoria punitiva, que ha puesto en marcha con la colaboración del gobierno mexicano y ha generado una crisis humanitaria sin precedentes en ambas fronteras de México.

Kushner aceptó que la retórica del muro ha complicado la relación con México, aunque insiste, al más puro estilo de su suegro, que la narrativa que critica el endurecimiento en la frontera se debe no a la evidente crisis humanitaria sino a los medios, que han tergiversado lo que ocurre. Y aunque reconoce que la situación que viven los migrantes es “espantosa”, lo atribuye –de nuevo, al más puro estilo del trumpismo– no a la persecución del gobierno en el que participa, sino al hecho de que miles intentan emigrar a Estados Unidos de manera ilegal.

Jared Kushner es también un gran entusiasta del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Para mi sorpresa, sus declaraciones sobre la relación con el gobierno mexicano rebasaron las cortesías habituales, para revelar una evidente admiración por las habilidades políticas de López Obrador y su acercamiento a la Casa Blanca. Kushner me dijo que, con administraciones anteriores en ambos lados de la frontera, la narrativa bilateral acaso era más positiva, pero el gobierno de Estados Unidos logró mucho menos. Hoy la narrativa es más “conflictiva” pero los logros, me dijo entusiasmado, han sido “extraordinarios”. Y esto apenas empieza. Kushner sugirió que este primer año es solo el principio de lo que el gobierno de Trump quiere lograr con sus amigos mexicanos. En el horizonte están el narcotráfico, el contrabando de armas, el lavado de dinero y varias cosas más.

Si Donald Trump gana la reelección, los siguientes cinco años pintan complicados para México. López Obrador tendrá frente a sí a un gobierno estadounidense con Jared Kushner y sus impecables e implacables modos neoyorquinos avanzando sus intereses. 

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