Aproximación a Gerardo Deniz

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A propósito de la relectura de Visitas Guiadas, de Gerardo Deniz, que Luis Felipe Fabre publica en nuestro número de noviembre, decidimos preguntar a tres poetas, más que por cuestiones propiamente literarias, por asuntos concernientes a la recepción de la obra de este singular autor. A continuación, los resultados de ese breve cuestionario.

–La redacción

1. Se ha convertido en lugar común decir que Deniz empieza a ser valorado y leído entre las nuevas generaciones de poetas, que su obra vive una suerte de renacimiento. ¿Qué tanto de cierto hay en esta idea?

Tedi López Mills:

Desde que se lee a Deniz (y de eso hace ya mucho tiempo) se suele decir algo parecido: que se descubre, que se empieza a valorar, que las nuevas generaciones, etcétera. Y no deja de haber nuevas generaciones equipadas con sus nuevos jóvenes. Y no deja de celebrarse el renacimiento de Deniz, una y otra vez, como si no hubiera ocurrido antes. Supongo que esto revela una virtud de la obra misma: no se asienta, no se convierte en una costumbre, en una atmósfera, en un automatismo literario. Su vida privada es mayor que su vida pública: Deniz no da lecturas ni conferencias y, según sé, nunca ha presentado sus libros que, antes de Erdera, resultaba difícil encontrar. Ahora podemos leer a Deniz en un solo volumen. Igual eso lo canoniza definitivamente y entonces habrá temporalidad, historicidad en la recepción de su obra. Y quizá también algo que lamentar, pues no es fácil sustituir a un arcano.

Minerva Reynosa:

Creo más bien que se ha vuelto lugar común decir que Gerardo Deniz es uno de los poetas más leídos por los jóvenes, ahora. La verdad es que después de la publicación de Erdera (2005) ha comenzado la popularización del poeta, pero no por ello la lectura. No creo que haya (como lo han dicho por ejemplo Fernando Fernández o Julio Hubard) una masa de lectores para Deniz, sino un grupo disperso pero atento a la cuestión deniziana. No sé si llamarlo renacimiento, pero sí un momento donde se vive y experimenta, en la literatura de algunos poetas jóvenes que conozco, el efecto Gerardo Deniz.

Jorge Solís Arenazas:

Acudo al sofisma de inmediato: todo depende de lo que entendamos por leer. Que los libros de Deniz circulen más ahora que hace algunos años es tan evidente como afirmar que las citas de su obra e incluso uno que otro artículo sobre ella se han multiplicado (no exponencialmente, tampoco exageremos). ¿De esto se desprende que Deniz sea leído por las “nuevas generaciones de…”? No estoy seguro. Se dice que se trata de una obra “rara”, “radical”, “original”, “incómoda” (obviemos la precisión de los adjetivos). Si esto es así, su asimilación no se reduce a cierta tendencia en el gusto de los lectores, lo cual no es poca cosa; sería algo menos inmediato. Me refiero a su capacidad de suscitar otras escrituras que no ignoren los terrenos que él ha mancillado (supongo que el verbo no le incomodaría). Para decirlo sin tantos rodeos: creo que sólo será leído efectivamente a partir de otras obras, igual que él lo ha hecho, por citar un caso, con el poeta menos asimilable de la literatura mexicana: Ramón López Velarde. Y estas obras –al margen de varios ejemplos de quienes el FONCA y yo consideramos “jóvenes escritores”– por el momento no pasan de ser hipótesis.

Acaso lo que pueda decirse es que a Deniz se le atiende más que antes… Leer, atender. El distingo parece tan forzado y veleidoso como inútil. Mas no apunta a los ejercicios de exégesis académica, a las cavilaciones del Crítico Corifeo ni a las preferencias del “lector corriente” (para usar un tropo, lamentable y abusivo, de Virginia Woolf). La distinción permanece en un sitio más fangoso y equívoco: la manera en que estos textos puedan ser revisados, interpretados, negados, transformados… por otros textos. Ecos, variaciones, hurto, regurgitación, absorción del enemigo sacro (el “tupy or not tupy” de Oswald de Andrade). Al menos se supone que este diálogo indirecto, titubeante, cuestionable y necesario es la manera como encarna la Tradición Poética, esa santa patrona de los asistentes a talleres literarios. No es necesario creer en la fábula de “la angustia de las influencias” para aceptar esto. Vale con mencionar un ejemplo: digamos, la forma en que “Verano de 1942” (de Mundonuevos) puede considerarse una lectura de “Pour fêter une enfance” (de Éloges).

2. En un entorno literario tan preocupado por definir claramente filias y fobias, cómo interpretas que la recepción de la obra de Deniz sea tan polarizada: o se le elogia y se le celebra, o se le rechaza e ignora. ¿Qué dice del momento que vive el gusto poético?

TLM:

Sin duda la lectura de Deniz no permite los términos medios: irrita o fascina. Hasta he oído decir por ahí que lo que escribe Deniz no es poesía. La acusación ya constituye una tradición resistente en la historia del género: hay cuidadores de la verdadera poesía; ellos siempre saben cómo definirla. Yo no. Podría a lo mucho simplificar el conflicto: poesía difícil versus poesía fácil. Pero simplificarlo es empobrecerlo con una solución dualista que meramente lima las asperezas y marca territorios.

En todo caso, a Deniz le encanta provocar a las buenas conciencias poéticas. Incluso a veces esta militancia, cuya bandera ondea furiosamente en algunos de sus poemas, es un estorbo: impide ver, aunque uno no sepa qué.

MR:

Pues aunque parezca que son los años de Gerardo Deniz y la ejercitación de sus poéticas en diseminación, falta lectura. Por eso el rechazo o el elogio. La lectura con bisturí es una de las posibilidades que hay para atraparlo. Pero agregaría que lejos de considerarlo un poeta difícil o hermético, creo que es un poeta explosivo que va creando su propio lenguaje desde otros lenguajes. Lo que hay en esta nueva sensibilidad de la poesía mexicana y por ende del “canon” que se va gestando es no sólo la necesidad de responder a un escritura con causa y efecto, sino también (posibilidades) a un escritura del borde. En la gama de sensibilidades a partir de la lectura de la poesía como mundo, eso es para mí Gerardo Deniz. ¿El gusto? No lo sé, tal vez aquello que dijo Maravall sobre el barroco como época: el abuso, la abundancia. Ahora neobarroco, tampoco lo sé: reciclaje. Postmodernidad, peor: tal vez encontrar poesía desde los escombros de las tradiciones.

JSA:

Como las manchas de humedad en la pared, los textos de Deniz también son un Rorschach eficaz. Ante ellos solemos comportarnos como ideólogos o censores. No podemos comprenderlos, pero nos “proyectamos” (proyecciones que, por cierto, no siempre son desdeñables). Aventuro que el fin manifiesto o velado de estas actitudes es proteger la materia de la que estamos hechos: no los sueños, sino nuestros lugares comunes. Esto es palpable en las escasas polémicas originadas en torno a este autor, las cuales han sido más bien insípidas. Podemos recordar la más reciente, cuando un simple premio declarado desierto (premio que, según nos aleccionaron algunos predicadores, debía servir como el termómetro e indicador de la salud de nuestros tesoros líricos) generó que güelfos y gibelinos emprendieran celebraciones estentóreas o rituales plañideros para desgarrarse en público las vestiduras.

Deniz casi siempre es paciente, y esto lo vuelve refractario ante nuestras generalizaciones y manías perentorias. Cuando quiero refugiarme en el señuelo de lo legible, él da el zarpazo con lo remoto (una referencia, un arcaísmo, un léxico tan natural como anómalo); cuando quiero barullo metafísico, él permanece atento a la diversidad de las experiencias y los detalles más concretos (“todo esto que hacemos los espíritus pequeños con las grandes cuestiones,/ muerde y penetra la realidad”). En suma: sería difícil encontrar otro poeta más necesario para este momento del “gusto poético”, quizá porque es el menos “actual”. En todo caso, la lectura detenida de su obra nos posibilita mirar de cerca y sin falsas vergüenzas nuestros sobreentendidos más oxidados. Y eso basta por el momento.

3. La imitación de una cierta “habla Deniz”, un cierto ritmo, se ha insinuado en algunos títulos recientes de poesía mexicana; no pasa así, por supuesto, con sus inabarcables referencias ¿Crees que Deniz puede convertirse en escuela?

TLM:

Ya es escuela, si bien aún embozada. Hay denizianos recónditos desde que empezaron a circular los libros de Deniz. Las referencias no son imitables, pero sí su misterio. Lo cual habla mal del misterio.

MR:

Ubicar la propuesta y realidad referencial deniziana sería aminorar eso mismo que vitaliza: la generación intelectiva. Lo que sucede con la obra de Gerardo Deniz es que más allá de volverse una escuela, un modelo (que lo es por supuesto para mí) se manifiesta connotante. Es el encuentro de la parte más reproductiva de la tradición con el momento de la ausencia/presencia de la poesía, dentro y fuera de esta.

JSA:

¿Algo así como la Secundaria Técnica núm. 28 “Don Gerardo Deniz”? En absoluto… Las imitaciones a su dicción me parecen dudosas. Dudosas e inevitables. Sus referencias (imposibles de imitar, afortunadamente) son esenciales, pero terminan por ser un espejismo. En sus propios poemas, contribuyen a generar ese efecto donde todo adquiere naturalidad, pero a condición de enrarecerse, tornarse extraño, insólito. Fuera de ellos, no pasarían de ser guiños librescos, lo que Pound llamaba “la seca parla profesoral”. En todo caso, esta obra se vincula más con la marea de sensaciones y recuerdos (donde entran, desde luego, sus intrincados referentes) que con los atavismos de “la transparencia”, ese vocablo que hermana a contralores y poetas mexicanos de tiempo completo.

Algunos han querido interpretar ciertas reivindicaciones de lo pop, la cotidianidad o incluso lo “frívolo” como herencias de una apuesta como la de Deniz, lo cual es algo exagerado, por decir lo menos. Se habla de manera tan programática de un supuesto combate a lo engolado que uno termina por sospechar si esa actitud no es más que otro tic gremial, una justa y necesaria puesta al día de las inflamaciones retóricas de siempre. En pocas palabras: no creo que Deniz tenga nada que ver con esta solemnidad vergonzante para la cual citar perezosamente a Gloria Trevi es distinto a citar perezosamente a Heidegger.

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