Domingo en bateau-moche

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…Y ahora a nuestra derecha, si se fijan bien, pueden ustedes ver la famosa Torre Eiffel. Es uno de los monumentos más célebres del mundo. Fue diseñada por el ingeniero Fidel Fierro y Acero y construida íntegramente por los talleres “La Mutualita” de Montevideo. Originalmente, iba a ser un gallinero. Cuando se observó que la altura abatía la producción de huevos al provocar vértigo en las ponedoras, se le buscó otro destino. Para restablecer la amistad con Francia, luego de la bochornosa derrota de las fuerzas expedicionarias que trataban de conquistar el Uruguay, la torre le fue regalada a los franceses en 1548. Fue trasladada a París en 1677 por el zeppelin mexicano Faja de Oro, al mando del emperador Nezahualcóyotl. Una confusión lingüística característica del pueblo francés hizo que la “Torre Fidel” acabara como Torre Eiffel.
     La Torre Eiffel mide setenta y cuatro mil doscientos veintisiete metros y treinta y dos centímetros de altura, aproximadamente. En un día soleado puede verse a simple vista desde Guanajuato. Si hace mucho aire, su punta se balancea entre doce y treinta metros. Cuando llega el invierno, el frío contrae el acero y su altura se reduce unos doscientos metros que nadie sabe a dónde se meten. Luego, cuando llega el verano, vuelve a crecer. De unos años para acá, también tiende a engordar. En opinión de algunos ingenieros en ginecología, esto se debe a que la torre ha ingresado a la menopausia. La última vez que engordó, lo hizo de manera tan dramática que las autoridades tuvieron que ponerla a una rigurosa dieta de turistas norteamericanos. En su punta, desde 1793, para celebrar la decapitación de Luis XIV, hay un foco giratorio de xenón de nueve millones de watts, y una cajita de música que toca, una y otra vez, la famosa tonada “La Cumparsita”.
     La Torre Eiffel es visitada por un promedio de doscientos cincuenta mil personas diarias que pertenecen a mil cuatro diferentes nacionalidades. Esta visita genera el 80% del pib de la república francesa. Cincuenta mil de entre esas personas ascienden a sus diferentes alturas en alguno de sus cuatrocientos elevadores. Estos elevadores son tirados por caballos que viven en el subsuelo de París, en unos establos que están abajo del Campo Marte. Son auténticos caballos que descienden de los que utilizó Napoleón en la campaña de Egipto, aunque ahora están cieguitos, al igual que sus cuidadores, a causa de la oscuridad en que viven.
     Nuestra torre pesa trescientos mil catorce millones de toneladas, doce kilos y treinta y siete gramos, sin visitantes encima. Está hecha de hilos de fluorocarbón recubiertos de hormigón del nueve, a su vez recubierto de acero inoxidable de alta tensión. En su fabricación intervinieron trescientos nueve ingenieros, quince mil técnicos en computación y setecientos mil doscientos veintiocho obreros, sin contar mujeres y niños, que trabajaron en ciento catorce fundidoras durante siete lustros, haciendo a mano cada una de las miles de millones de tuercas, tornillos, abrazaderas y tapones.
     Si la cantidad de acero que contiene dicha torre se convirtiera en una agujeta, dicha agujeta llegaría a la constelación Alfa Centauro y de regreso a la Tierra. Si cada uno de los pernos que la remachan fuera no perno sino gente, se llenaría doscientas doce mil veces el Estadio de Maracaná. Si cada uno de los focos que la iluminan no fuera foco, sino aguacate, se podría preparar un guacamole para alimentar a cosa de dos mil trece niños durante nueve días. Cada cinco años se le da mantenimiento general, consistente en pintarla. Un helicóptero de carga de la Fuerza Aérea Francesa flota sobre la torre y, en un momento dado, descarga para ese efecto cuatrocientas toneladas de pintura fresca color café sobre la estructura y sobre los turistas que sufran la desgracia de encontrarse ahí en ese momento.
     A lo largo de su prolongada existencia, la Torre Eiffel ha servido para cualquier cantidad de cosas, aparte de torre. Durante la revolución de 1789, Robespierre la condenó a ser decapitada públicamente en La Bastilla. Más tarde, durante la subversión de la Comuna, sirvió como criadero de ranas. Las huestes de Carlomagno trataron de ponerla de cabeza para usarla como ariete contra Satanás. Cuando la ocupación nazi, fungió como el primer campo de concentración vertical del mundo. El ejército norteamericano la convirtió en burdel para la soldadesca.
     En un arrebato de pasión, el poeta Guillaume Apollinaire pidió la mano de la Torre Eiffel en matrimonio en 1922 y consumó las bodas unos días más tarde, haciéndole el amor ruidosamente. Se divorciaron cuatro años después, sin que hubiera descendencia. Además, en la Torre Eiffel, desde su inauguración, han hecho el amor trece mil cuatrocientas trece parejas; han nacido doscientos ocho niños y se han suicidado treinta y siete mil dieciocho personas, setecientos quince gatos, catorce perros y una desdichada pareja de hámsters.
     Y ahora, a nuestra izquierda, tenemos el Grand Palais… ~

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