El ensayo sin cabeza

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En mayo de 1941, acompañado de hijo y chofer, Alfonso Reyes recorrió en unos cuantos días los infinitos kilómetros que separan a la ciudad de México de San Francisco, California. La llamó, con razón, su hazaña deportiva. La crónica de ese viaje en dirección norte a bordo del Buick Sedán, “modelo 1939, placa mexicana nº F. 1250”, está en un texto menor de Reyes: Berkeleyana. También es un texto raro, excepcional en el edificio alfonsino. Afirma José Luis Martínez que se trata de un “registro escueto de hechos, sin adornos ni divagaciones ni asociaciones”. Según el recuento del propio Reyes, los tripulantes del Buick apenas tuvieron tiempo de contemplar el vasto horizonte que se abría ante ellos, no digamos de detenerse más que para hacer algunas escalas técnicas en su jornada ascendente hacia la frontera con Texas. Lo cierto es que de haber realizado su odisea en el año 2009, la hazaña de Reyes habría resultado en verdad heroica —además de deportiva. Seis décadas después, se hubiera topado con un país en llamas, obstaculizado su paso por los retenes militares y las Hummers de la violencia extrema, el parabrisas del famoso Buick iluminado por los destellos de un paisaje calcinado.

El título de un libro de Wells Tower, Everything ravaged, everything burned, habría sido la eficaz referencia literaria para quien, como Reyes, todo es y puede ser literatura.

Todo está en todas las cosas, dice Sergio Pitol en El arte de la fuga, un libro con el cual se abre o, quién sabe, se cierra un largo ciclo en la historia del ensayo literario en México. Dejo el asunto en manos de la crítica. Sin embargo, sospecho que tal vez se trate en realidad de un texto de transición entre dos concepciones del ensayo. La primera, tan cara a la tradición, propone que el ensayo es un género que permite, en efecto, errar y andar caminos, pero cerrado sobre sí mismo; un bella práctica del estilo y la exploración, muchas veces auto-contenida entre los pliegues del rancio pudor; el ensayo ante todo como un ejercicio de las belles lettres, lastrado por exceso ya de solemnidad, ya de ornamentación, casi siempre demasiada floritura.

La segunda concepción del género, tal como se practica en estos pagos, más tardía, excepcionalmente contemporánea, es la que podríamos empezar a llamar “el ensayo post-alfonsino”: un cuerpo textual desmembrado, una combinación polifónica de varios registros, una barrena dotada con múltiples velocidades, un aparato para abrirse paso en los mundos subterráneos y los vericuetos de la conciencia individual, del cuerpo social, de la realidad y de la hiper-realidad; el ensayo como un género que aspira a ser todos los géneros, en el que todo está en todas las cosas, afirmación y negación, declaración y cuestionamiento, el yo y el otro, el dato verídico y la invención, el artificio y la fantasía de realidad, la biografía y la autobiografía, el testimonio y la fabulación, la historia y la meta-historia, el mito originario y sus derivaciones en sombríos y escurridizos sucedáneos.

El ensayo, pues, como vehículo todo-terreno para explorar un inmenso e inhóspito lugar en el que todo está devastado, todo carbonizado, el tipo de paisaje que habría cruzado don Alfonso en su viaje al futuro del norte, sur, este y oeste del país, año 2009.

Entre quienes practican el ensayo post-alfonsino se encuentra, sin duda alguna, Sergio González Rodríguez. De hecho, se trata de uno de sus precursores. Desde El Centauro en el paisaje y De sangre y sol, González Rodríguez ensayó sendos laberintos textuales en donde se entrelazan lo mismo historia, cultura y literatura contemporáneas, que aproximaciones al mito y los oscuros orígenes. En este sentido, Huesos en el desierto es una especie de interludio, una escala en el camino que lleva de la ciudad de México a las muertas de Juárez, la deslumbrante crónica de quien reportea desde un espeluznante y esquivo frente de batalla: “Hubo en el origen un deslizamiento fuera de los límites.”

En apariencia, se puede colegir el tema del El hombre sin cabeza desde los titulares que todos los días nos ofrenda la prensa o cualquier noticiero de televisión. Sin embargo, tengo para mí que semejante asunto —ya sean cabezas rodantes, ya secuestros o matazones multitudinarias en pueblos remotos, la violencia entronada como una nueva forma de lo social— solamente es discernible mediante el tipo de escritura multi-genérica que propone González Rodríguez en El hombre sin cabeza: yuxtaposición de planos y registros, de testimonios e inserciones autobiográficas; aproximaciones a la imagen para hablar de la materialidad y la virtualidad; indagaciones en el mundo real de la violencia extrema para penetrar en el lenguaje de las imágenes cinematográficas y pictóricas; amalgama de relato informativo con meditación contemporánea acerca de cultos arcaicos y mitos.

(Anotación para una elucubración futura acerca del ensayo post-alfonsino: donde Reyes se detiene contemplar y celebrar las virtudes del canon clásico, representado por todo lo helénico, González Rodríguez se sumerge en las corrientes subterráneas del mito para indagar en las fuentes primigenias del crimen vuelto cultura.)

Si el término no sonara obsoleto, podríamos denominar como “ensayo cubista” al tipo de escritura que propone González Rodríguez. Obsoleto y sin sentido, porque a ratos la prosa de El hombre sin cabeza está más cercana a la omnisciencia y multi-plasticidad del decimonónico Carlyle en The French Revolution –una maravilla olvidada por efecto de la notoriedad de otras obras, especialmente Sartus Resartus y On Heroes and Hero Worship. Aquí, la alusión a la guillotina es más que obvia, pero importa sobre todo el sentido que ésta le da a una época determinada. Por ello, Carlyle dedicó la tercera parte su portentoso ensayo de interpretación histórica al terrorífico asunto. Mediante una escritura que a ratos parece perder la cabeza, encontró ahí un signo de los tiempos que resultarían igualmente aplicables al fenómeno y momento que aborda González Rodríguez. En la Francia del Terror, la Ley equivale a la falta de leyes, y el asesinato, “by what name soever called”, es tan sólo un trabajo a ser acometido; un hombre tras otro es decapitado, las cuchillas están sedientas de filo, los verdugos se refrescan con jarras de vino; “onward and onward goes the butchery” y la multitud, hecha de rostros sombríos, aúlla en aprobación o repudio del crimen; en un aletargado reconocimiento de la plebe que es, sobre todo, Necesidad, dice Carlyle, el Victoriano.

En Michoacán, en Tabasco, en Veracruz y en todas partes, el hallazgo de una cabeza así separada del cuerpo delata al mismo tiempo a una sociedad que se ha decapitado sí misma, y que con ello instaura un nuevo y más extremo orden social fundado en la violencia y los pactos sociópatas de la sangre. En todo caso, como lo señala el propio González Rodríguez, hay un regreso, una nueva vuelta de tuerca al deslizamiento fuera de los límites: “El daño de las decapitaciones anuncia oscuridad y pérdida, la vigencia de las abyecciones y el ultraje a todos los usos de la convivencia conocidos. Una pulsión mórbida de alto riesgo que acecha detrás de lo nimio, de lo cotidiano y sus rutinas políticas en apariencia intrascendentes”.

Nada que ver, pues, con los parajes que Alfonso Reyes cruzaba raudo arriba de su Buick en 1941. O quién sabe. Una indagación en los sustratos profundos como la que se propone al lector de El hombre sin cabeza parece sugerir que, quizás, la violencia de hoy tenga todo que ver con la aparente inocuidad de los cielos norteños que Reyes vislumbró en su jornada ascendente de hace casi setenta años. En 1930 otro viajero, el historiador y crítico de arte italiano, Emilio Cecchi, a la sazón profesor visitante de la universidad de Berkeley, emprendió el mismo viaje pero en sentido descendente. Dejó su propio testimonio de esos días en su libro Messico.

“México no es alegre. Pero es mejor que alegre: está lleno de una furia profunda.” A juzgar por estas dos frases, poco le faltó al italiano para encontrarse de frente con un cuerpo sin cabeza.

– Bruno H. Piché

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