El triunfo de ABBA

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En julio de 2004, las calles alrededor del Fleet Center de Boston, sede de la convención demócrata que nominaría a John Kerry, estaban repletas de comerciantes de botones, camisetas y demás parafernalia política. Uno en particular llamó mi atención. Sobre una mesa tenía acomodadas varias calcomanías que, más que referirse a los demócratas, criticaban con una acidez deliciosa al presidente George W. Bush. Quizá la mejor del montón era una que, naturalmente, se había vendido como pan caliente. Sobre un fondo azul muy presidencial se alcanzaba a leer “ABBA [Anyone But Bush Again] for president”. “Es lo único que queremos, en realidad”, me dijo un muchacho de no más de veinte años que, un par de minutos más tarde, compró una de las últimas estampas que quedaban: “Lo que sea menos Bush.”

El mejor ejemplo de la catástrofe que ha sido el gobierno de George Bush es la dinámica de la contienda que, en noviembre próximo, decidirá a su sucesor. Por primera vez en la historia estadounidense, los candidatos de ambos partidos han hecho hasta lo imposible por distanciarse rápida y absolutamente del legado del presidente en funciones. Ni siquiera en la elección del año 2000, en la que Al Gore se separó de manera inexplicable de buena parte de los logros de Bill Clinton, se había visto una desbandada de este calibre. Hoy, a ochos meses del final del proceso electoral, demócratas y republicanos se han concentrado en elegir al antiBush. Cuatro años después de aquel episodio en Boston no sería extraño hallar, en la convención republicana de septiembre en Minneapolis, algún souvenir con una leyenda parecida. A final de cuentas, George W. Bush ha conseguido lo impensable: el consenso en su contra.

 

La poesía y la prosa

Los epitafios de los procesos políticos aparecen en los momentos más inesperados. La campaña por la candidatura demócrata se resume en una frase que, sin anticipar las consecuencias, acuñó Hillary Clinton en Nueva Hampshire a principios de enero, cuando la amenaza de Barack Obama comenzaba a fraguarse con claridad: “Uno hace campaña en poesía, pero gobierna en prosa.” Esa dialéctica se ha mantenido desde entonces, con Obama encarnando la lírica y Clinton la narrativa. A finales de febrero la poesía estaba cerca de ganar la guerra.

Barack Obama es hijo de una mujer blanca de Kansas y un académico keniano. Su biografía se lee como un arduo entrenamiento para lidiar justamente con los retos que amenazan no sólo la seguridad estadounidense sino la estabilidad mundial a principios del siglo que comienza. Obama creció en Yakarta con su madre y su padrastro indonesio, y es tal vez de esa experiencia original de donde provenga su característica más atractiva como posible presidente de Estados Unidos: una tortuosa historia de introspección. En su libro Dreams from My Father, Obama confiesa que, hasta bien entrada la edad adulta, se miró a sí mismo como un extraño destinado a buscar un sitio en el mosaico social de su país. Obama se describe como un “joven enojado” que consumió drogas para pelearse con mayor agilidad con la imagen en el espejo. Años más tarde encontró las respuestas que buscaba en Chicago, donde, después de graduarse como abogado por Harvard, trabajó en las comunidades más pobres –y negras– de la ciudad. A los 36 años se convirtió en senador estatal. En 2003, después de servir en el Congreso de Illinois por un sexenio, se postuló como candidato a senador. Invitado por John Kerry, Obama dio el discurso principal de la convención demócrata de 2004. Ahí se hizo de un nombre en el escenario político nacional. Aquellas palabras, leídas con una urgencia y una intuición para la oratoria no vista desde los tiempos de Kennedy, convirtieron a Obama en una sensación. Desde entonces no ha tenido tiempo de hacer una pausa. Después de sólo tres años en el Senado, se aventó a la arena política más complicada en la historia de su partido y desafió a la maquinaria Clinton.

Hillary Clinton no esperaba enfrentar tantos problemas en su búsqueda de la candidatura demócrata para el proceso electoral de 2008. Al igual que Obama, Clinton ha aprovechado su puesto en el Senado para consolidar su estrella política. La gallardía con la que manejó el embarazoso escándalo Lewinsky le ganó un buen número de fervientes simpatizantes y, con ese apoyo, Clinton ha tratado de alejarse aún más de la larga sombra de su marido. Lo ha conseguido con creces. Es difícil encontrar una opinión negativa sobre la Hillary Clinton legisladora. Hasta los republicanos más testarudos, como el senador Trent Lott, o los demócratas más escépticos, como el decano Robert Byrd, hablan maravillas de la disposición de Clinton por negociar y aprender con la mayor humildad.

Con semejantes credenciales, la candidatura presidencial de Hillary Clinton parecía un hecho. Pero, ahora, los Clinton bien pueden perder la confirmación de su dinastía. Aunque el responsable principal naturalmente es Barack Obama y sus destellos poéticos, lo cierto es que el drama freudiano de los Clinton en nada ha ayudado a la senadora neoyorquina. Bill Clinton, en particular, ha sido una pesadilla. Quizá con el ánimo subconsciente de boicotear a su señora o anegado de narcisismo, Clinton se ha convertido en una máquina de decir imprudencias. Por eso, y aunque Hillary Clinton no ha perdido nada todavía y cuenta con el apoyo irrestricto de las mujeres y –de manera crucial– los hispanos, una victoria de Barack Obama es enteramente posible. Y a buena hora… porque el eventual candidato demócrata tendrá enfrente a un rival formidable.

 

La venganza del héroe

Febrero del año 2000. Después de una emocionante campaña de centro, el senador John McCain llegaba al conservador estado de Carolina del Sur con media candidatura republicana en la bolsa. Después de vencer a George W. Bush, delfín de su dinastía, en la elección primaria de Nueva Hampshire, McCain presumía de contar con el viento a favor. Su enorme prestigio, bien ganado después de haber sido héroe de guerra en Vietnam y un senador respetado y particularmente prolífico, parecía suficiente como para llevarlo a buen puerto en su lucha contra el gobernador de Texas.

El baño de agua fría no tardó en llegar. Decididos a no perder, los hombres cercanos a Bush comenzaron a jugar sucio. Los votantes republicanos en Carolina del Sur recibieron llamadas y folletos que acusaban a McCain de haber tenido una hija con una prostituta neoyorquina de color (la trifecta del prejuicio). Aunque la niña en cuestión era en realidad una huérfana que McCain y su esposa habían adoptado en Bangladesh, el daño estaba hecho. Enlodado, McCain perdió impulso y, al final, fue derrotado con claridad.

Dolido y humillado (tuvo que abrazar a Bush en la convención de su partido), McCain optó por reinventarse. Durante los siguientes años se movió paulatinamente a la derecha, sospechando que necesitaría del voto conservador para hacerse de la candidatura en 2008. En el fondo, sin embargo, jamás perdió el espíritu que lo hiciera tan atractivo para los votantes independientes en 2000. Después de todo, siempre ha sido un republicano atípico. Heterodoxo hasta los huesos, McCain no ha dependido de ningún patrono para definir sus posiciones en el Senado y en el resto de la vida pública. Ha enfurecido a sus correligionarios al apoyar obsesivamente la reforma migratoria y abogar por el control del dinero corporativo en las campañas electorales de su país. Pero eso no lo hace un demócrata con piel de republicano. Aunque fue un crítico claro de la invasión a Iraq, McCain se ha convertido en uno de los defensores más vehementes de la presencia estable y continua de las tropas estadounidenses en tierra iraquí.

Es esa historia de independencia y principios firmes la que hace particularmente peligroso a McCain para los demócratas. No es casualidad que, en la mayoría de las encuestas, el virtual candidato republicano derrote por un promedio de cinco puntos porcentuales a Hillary Clinton en una hipotética contienda en el otoño. Tampoco es ninguna sorpresa. John McCain tiene, después de todo, una larga lista de virtudes que, bien manejadas, podrían convertirse en veneno puro para la señora Clinton. La combinación de experiencia, respetabilidad y espíritu moderado podría convertirse muy rápido en una victoria clara en noviembre para el partido republicano.

La única respuesta para un político del calibre de McCain es su equivalente demócrata. Barack Obama representa los mismos valores que el senador republicano, con el valor agregado de la diversidad cultural e inspiración que, después de ocho años de tropiezos verbales y necedades primitivas, tanto bien harían a Estados Unidos. En cualquier caso, la baraja de opciones que tendrán frente a sí los electores estadounidenses en noviembre representa ya un paso adelante. El triunfo de McCain en la lucha por la candidatura republicana pone punto final al terrible dominio que, durante al menos una década, ejerció la derecha evangélica sobre la política estadounidense. Sacar de la jugada a esos que no creen en la evolución es motivo suficiente para, por lo pronto, echar las campanas a vuelo. ~