Los poderes de Tusitala

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Año 1957 y en la cantina La Mundial, guarida clásica de periodistas situada en el primer tramo de la calle periodiquera de Bucareli y famosa por su señorial barroco mostrador de altos espejos de cornucopia así como por sus tortas ya irrepetibles, el cuentista Juan de la Cabada, prodigioso parlanchín, tumultuoso Tusitala* que no tanto escribía sus historias en el papel como en el airehumo de las cantinas, estaba narrando a saber qué anécdota bifurcada en mil y una anécdotas al periodista Rosendo Gómez Lorenzo, quien, acaso urgido por tener que acudir a una cita con otro camarada, o con toda una asamblea de camaradas, intentaba, aunque fuese durante el tiempo de un parpadeo, cortarle el flujo de palabras y, de pronto, se alebrestó el suelo de la ciudad de México, se estremecieron las paredes, tintinearon todas las botellas en el mostrador, se zarandearon las lámparas, hubo ruidos de irremediable cristal roto y algunos habitués escaparon hacia la calle, temerosos del posible derrumbe.

Y…

Una vez pasado el sismo, cuando aquellos parroquianos quedados más por azoro que por temple de ánimo aún se agarraban de uñitas al borde de las mesas, Juan, acordándose de que Rosendo había querido interrumpirlo, sonrió triunfante y, sonriéndole los ojos casi chinescos, dijo con tono de cordial amenaza:

— ¿Me permites terminar de contarte, mano, o nomás te envío otra sacudidita?

* “Tusitala” (“El que Cuenta Cuentos”) es el título con que los samoanos honraron a Robert Louis Stevenson, que les improvisaba de viva voz historias desde su verandah.

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