Relectura de O´Gorman

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En todas las listas de grandes libros mexicanos debería aparecer La invención de América (1958), de Edmundo O´Gorman (1906–1995), una piedra bien pulida y certera que lanzada al agua no ha cesado en hacer notar su onda expansiva. Imprevisibles historias. En torno a la obra y legado de Edmundo O´Gorman (FCE, 2009) forma parte de esa irradiación: es una colección de muchos de los estudios y ensayos que el historiador preparó para introducir a sus lectores y alumnos en Heródoto y Tucídides, para sus ediciones críticas de las grandes obras de la historiografía virreinal (las de José de Acosta, Antonio de Solís, Las Casas, Motolinía, fray Servando Teresa de Mier, etc.) o para intervenir en simposios y coloquios con su personalidad, magistral, de perturbador. Perteneció O´Gorman a una casta de espíritus cuya presencia a la vez conforta que incomoda: la de quienes combaten la mansedumbre, el convencionalismo, las ideas manidas. Y al mismo tiempo, se acercaba siempre a polemizar donde encontraba verdadera inteligencia: se enfrentó en buena lid con Lewis Hanke, el lascasiano, rechazó El deslinde de Alfonso Reyes, estuvo a la altura de Marcel Bataillon.

Liberal sin partido (como se supone debe serlo un auténtico liberal, según algunos doctrinarios), O´Gorman dedicó buena parte de su energía (dispensada con sabiduría a través de pocos pero doctos libros) a combatir las mistificaciones históricas del liberalismo mexicano. En “Hidalgo en la historia” (1964), como lo recordó Roger Bartra al saludar la aparición de Imprevisibles historias, O´Gorman se batió contra el mito de “El Divino Anciano” que según El Nigromante habría sido, antes que los indios o los españoles, el padre de los mexicanos. Se burló el historiador, a su vez, de la invención de el Grito de la Independencia, obra esta vez, de otro liberal, don Manuel Payno. En su último libro (Destierro de sombras, 1986), dio por fallada O´Gorman la polémica guadalupana a favor del rigor antiaparicionista (sostenido no se olvide, en buena medida, por católicos). Lo prehispánico le parecía del orden de lo monstruoso. Pero todas estas empresas de desmitificación –empezando por la principal, en la que genialmente llamó “invención” al descubrimiento de América– tendían a lo contrario de lo pensado por quienes recelaron de él: no a desposeer a la historia nacional de su gaseosa esencia sino a fundamentar ésta en la existencia activa y fascinante de las ideas, los mitos, las leyendas.

Verdadero “idealista” y de los mejores entre esa clase entonces maldecida de filósofos, fue O´Gorman. Quiza, fue, también, el verdadero existencialista mexicano. Muy temprano en su carrera de historiador –la que tomó al dejar una exitosa carrera de abogado– O´Gorman dijo que habría que preocuparse –a propósito de Luis González Obregón, el cronista colonial cuyo puesto tomó en el Archivo General de la Nación– de la leyenda como fuente del conocimiento histórico. Esto, según dice Álvaro Matute, lo tomó O´Gorman de Croce, una de sus inspiraciones.

Verdadero “idealista” y de los mejores entre esa clase entonces maldecida de filósofos, fue O´Gorman. Quiza, fue, también, el verdadero existencialista mexicano. Muy temprano en su carrera de historiador –la que tomó al dejar una exitosa carrera de abogado– O´Gorman dijo que habría que preocuparse –a propósito de Luis González Obregón, el cronista colonial cuyo puesto tomó en el Archivo General de la Nación– de la leyenda como fuente del conocimiento histórico. Esto, según dice Álvaro Matute, lo tomó O´Gorman de Croce, una de sus inspiraciones.

Fue O´Gorman, al decir de su maestro José Gaos, que nunca se ahorró el entusiasmo al hablar de uno de sus discípulos más queridos, aquel en quien se manifestó “la potencia artística de un historiador de las ideas”. Por ello, La invención de América (madurado, pulido y continuado, a través de varias versiones) ha sido, por su concisión, dominio y valentía, tan influyente. Se arriesgó O´Gorman a sostener la más impopular de las ideas –más “políticamente incorrecta” ahora que a mediados del siglo XX, afirmando que América pertenecía, de manera mística e invariable, no sólo a la imaginación occidental sino al ensanchamiento universal de Europa, cuya civilización le parecía a O´Gorman, la única deseable y la única posible. Inevitable (y no por ello menos penoso) es que la ogormiana “invención” de América haya sido puesta al servicio del antioccidentalismo y traficada por los relativistas como lo contrario de lo que quiso decir el historiador, convertida en la suprema receta que concibe toda realidad como una mistificación oscura para enajenar la conciencia del otro, la víctima. Adversario lo fue O´Gorman del positivismo, de la obcecación de Ranke al olvidar que la historiografía naturalista no era sino la más pretenciosa de las fuentes secundarias, pero también del irracionalismo, del ánimo legendario que sustituye a la verdad por falacias cientificistas.

No todo en O´Gorman es convincente, me doy cuenta al leer estas Imprevisibles historias preparadas por Eugenia Meyer y volver, por ejemplo, a México, el trauma de su historia (1978). Su misterioso desdén de la Revolución Mexicana ocultaba (como lo percibió en aquel momento Enrique Krauze) la amarga convicción, no revelada por conveniencia, de que tan sintético de los Méxicos antagónicos, liberal y conservador, era el reino del Partido de la Revolución como lo había sido el Porfiriato, el vapuleado régimen idiosincrático. Le molestaba a O´Gorman ( igual desasosiego recorre El laberinto de la soledad) la naturaleza imitativa, “extralógica”, de nuestro liberalismo del XIX y, sin embargo, justificaba y enaltecía esa misma dependencia cuando se remontaba a los orígenes novohispanos de México que, en su opinión, eran los únicos orígenes de los que podíamos valernos. ¿Por qué no pensar, gracias a O´Gorman y contra él, que tanto formaba parte del fluido universal la ansiedad liberal por mitificar a una nación que la altivez criolla del Barroco?

Edmundo O´Gorman fue decimonónico en la mejor de las acepciones, es decir (y es ahora a Bartra a quien cito), “ni totalmente arcaico ni totalmente moderno”, un escritor anticuado, de prosa rígida que algo le estaba pagando a las arideces del derecho, y, sin embargo, el más voraz de los devoradores de mitos, el aforista que escribió (la cita le gusta mucho a Gonzalo Celorio, buen amigo de O´Gorman): “Las ideas mueren cuando se convierten en creencias; las creencias cuando se convierten en ideas.”

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