Roberto Bolaño: una pasión helada

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Presenté el primer libro que Bolaño editó en Chile. Fue en 1997, en Santiago, en la Plaza del Mulato Gil —una placita chueca, medio escondida, donde trastabilla la bohemia chilena sin esperanzas—. Era una tarde primaveral, un poco fría, las sillas frente a la tribuna no se llenaron. Bolaño apareció con su aire abstraído, nebuloso, como si se viniera levantando. Y así escuchó los elogios que le prodigamos, no como si no fueran para él —lo que dice casi todo escritor en estos casos— sino como si le tuvieran sin cuidado. El acto languidecía, los borrosos bohemios del Mulato conversaban y reían sus cervecitas en la periferia. Luego, el editor, Carlos Orellana, sacó una revista vieja, medio descuadernada, y empezó a leer un poema desde el podio. De reojo noté que, por primera vez en la desangelada palidez de ese lanzamiento, Bolaño se animaba, una sonrisa oblicua asomaba a sus labios: “No hagas eso, hombre”, protestó sin convicción. Y sin embargo, era evidente que “eso” era lo mejor que el editor podía haber hecho: rescatar y leer un poema viejo, que no venía al caso, perdido en una revista descontinuada, que Bolaño había publicado cuando era un poeta desconocido, sin futuro, ni editores, ni lanzamientos. Como uno de sus personajes: un poeta salvaje y desesperado.
     Creo que a Bolaño le sentaba mal la fama. Le caía pesada al hígado, ese hígado delicadísimo que lo mató. Se encontraba a disgusto en los podios, aun más, sospecho que se encontraba a disgusto en la literatura “real” —o sea lo que no es la literatura—: sus prestigios de contratapa y solapa, sus honores de cartulina, sus tardíos reconocimientos. “Me llegó tarde”— me dijo al día siguiente, comiendo en el restaurante Venecia, al pie del cerro San Cristóbal, mientras bebía un agüita amarga, de manzanilla—, “la fama me llegó tarde”. Y era como si la fama —no él— fuera una vieja fea, a la que se soñó bonita cuando uno era joven, y vino a entregarse cuando ya no podríamos, ni querríamos, enamorarnos. Y de allí, la anticipada desilusión, la rabia, la “extraña pasión helada” de Bolaño (como lo describe Javier Cercas en su novela Soldados de Salamina).
     Vladimir Nabokov decía que la literatura debe leerse, no con el cerebro, ni con el corazón, sino con la espina dorsal. Un buen escritor se reconoce por un cierto escalofrío que recorre la espina del lector al descubrirlo. Ese escalofrío fue lo que sentí a comienzos de los noventa, cuando leí el primer libro de Bolaño que cayó en mis manos. ¿O debiera decir que lo “escuché”? Porque su prosa es casi puro ritmo, música, entonación; el argumento apenas un pretexto para el fraseo melódico. El estilo bolañesco (qué mejor elogio se puede hacer de un escritor que convertir su apellido en adjetivo) se pega al oído, se cuela en la propia dicción. Ya hay autores jóvenes —y no tanto—, por todo el idioma, repercutiendo a lo Bolaño, sacudidos por su escalofrío, chicoteados por la envidia creativa. Y descubriendo, me temo, que para escribir una prosa como esa tendrían que trasladarse a vivir a un planeta distinto, digamos Júpiter, donde hay otra gravedad, donde las palabras que en la tierra de nosotros pesan un kilo, allá pesan una tonelada…
     Exagero, claro. Pero es que el planeta de la obra de Bolaño es desmesurado, exagerado, habitado por personajes iracundos y a la vez exangües, vampirizados por la lectura (en sus venas traslúcidas corre más tinta que sangre). En el planeta Bolaño no hay psicologías sino sicopatías, no hay clases sociales sino sectas literarias, no hay terrícolas, en suma, sino tripulantes de una astronave a la deriva en una galaxia al borde de la extinción. La astronave es la poesía —el núcleo poético y no narrativo de su estilo— y la galaxia en extinción es la literatura. La obra de Bolaño viaja por ese universo literario colapsado, amenazado por el agujero negro de la falta de lectores. Un universo cada vez más frío, y más grave, donde el único refugio sería escribir para otros escritores (que serían los últimos lectores), y lanzar libros al vacío desde la astronave de los poetas jupiterinos, cada vez más furiosos, más seguros del fracaso y la extinción final.
     Con esa ideología apocalíptica, milenarista, de la literatura en extinción, no es extraño que el fracaso y la rabia (“un deseo de quemar el mundo”) hayan sido los grandes temas de Bolaño… Y el poder literario, su obsesión. El Bolaño que conocí fue un escritor con una desolada ambición de poder literario. Tan intensa que llegaba a ser ingenua (como si se hubiera creído los cuentos de guerrillas poéticas que él mismo escribió). Creía que la literatura es un sistema de poder —que también lo es— y una batalla —que también lo es— y en definitiva una mierda —todo lo que no es escribir—. “No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura”, jura el narrador, el doble de Bolaño, en Estrella Distante. Sin embargo, viene la fama y no queda más que sumergirse, hasta el hígado, hasta el cuello. Y chapotear. Supongo que, por eso, casi su primer reflejo al volver a Chile, después de veinte años, con esa pasión helada suya, fue atacar a José Donoso. Indudablemente, si uno concibe la literatura “real” como una batalla, los escritores consagrados antes son el bando enemigo. Y lo primero es atacar al cuello del general contrario, descabezar al monstruo del prestigio literario establecido. Tuve mi momento de ingenuidad (quién me manda a mí a defender a Donoso, que debiera defenderse solo) y le contesté. Un correveidile de los que abundan en la plaza chueca de la literatura chilena vino a decirme que Bolaño decía: “Franz me traicionó”. Y como soy leso, en vez de reírme de su desorbitado belicismo, me piqué y quedamos distanciados. Con lo que él vino a tener razón: la literatura puede ser una guerra (lo que sinceramente es una mierda). Todo esto ya no importa nada. Importa su obra y que escribía como los dioses. Como un dios martillándose el dedo en el planeta Júpiter. Y que ahora estará enfrentándose a ese “japonés luchador de sumo”; que eso dijo una vez que era la muerte para él. ~