Tenemos que hablar de Playboy

¿Por qué, en la era de internet, los desnudos impresos todavía importan en México?
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En la década de los setenta, científicos de la Universidad del Sur de California utilizaron la imagen de Lenna Sjööblom, playmate de noviembre de 1972, para hacer pruebas que llevarían finalmente a la transmisión exitosa de imágenes a través de una red. Debido a la indudable calidad de la fotografía –no es un comentario irónico: la impresión poseía un amplio rango de color y diversos matices que la hacían ideal para investigar–, “Lenna” fue imprescindible para crear los estándares de compresión de imágenes que utilizamos hoy en día en internet. El dato no es banal: la red que estaba naciendo con esas investigaciones, y que a la postre iba a convertirse en un paraíso de la pornografía, terminó, cuarenta años más tarde, orillando a Playboy a abandonar los desnudos.

Quién lo duda: vivimos en la era del porno en streaming (25 millones de personas entran a Pornhub, Xvideos, YouPorn y Tube8 todos los días), los torrents, Instagram, las filtraciones de fotografías privadas de gente famosa y un intenso intercambio personal de imágenes eróticas. Demasiada inmediatez para exigirle a un comprador ir al puesto de revistas en busca de un desnudo. “Ahora estás a solo un clic de cualquier acto sexual que te imagines y de forma gratuita”, declaró Scott Flanders, director ejecutivo de Playboy, para explicar una decisión que busca salvar las ventas del impreso. (Por poner las cosas en perspectiva: el emblemático número donde apareció Lenna Sjööblom tuvo un tiraje de siete millones de ejemplares contra los ochocientos mil que se imprimen en la actualidad.)

A diferencia de la edición estadounidense, los responsables de la edición mexicana han salido a pedir calma a sus lectores y han anunciado que mantendrán los desnudos. No es para sorprenderse: si algo ha caracterizado a las ediciones locales de Playboy es que han sabido adaptarse a las necesidades de sus mercados. Sin embargo, la pregunta no deja de ser intrigante: ¿por qué, en la era de internet, los desnudos impresos todavía importan en México? Para desentrañar el misterio, platico con Arturo J. Flores, editor en jefe de Playboy en el país, quien no ha parado de dar entrevistas estos días, porque, al parecer, la mera posibilidad de que la edición mexicana renunciara a los desnudos fue percibida por los medios como una crisis nacional.

–El público mexicano quiere desnudos –me cuenta–. Todo el tiempo recibimos correos, tuits, mensajes, donde la gente nos pide a una determinada celebridad. En las nutridas firmas de autógrafos que organizamos, uno se da cuenta de qué buscan los lectores.                            

La edición mexicana, me explica Flores, es la única licencia que cada mes presenta a una chica famosa en su portada. Esto, ya de entrada, marca una diferencia importante con la versión estadounidense y con la tradición misma de la revista: transformar a la chica “de al lado” en un símbolo sexual. Hugh Hefner lo explicó en alguna ocasión en estos términos: “En realidad estamos rodeados de playmates potenciales: la nueva secretaria de la oficina, la bella con ojos de conejita que ayer se sentó a comer justo enfrente, la encargada de la tienda favorita donde compramos nuestras camisas y corbatas.” Una declaración de principios que, al parecer, no tenía futuro en México.                      

–Entonces –concluyo–, la clave es tomar alguna famosa y convertirla en conejita.

De inmediato, Flores adopta ese tono serio con el que algunos profesores de administración explican la diferencia entre eficacia y eficiencia:

 –La conejita y la playmate no son lo mismo. Las conejitas son las chicas disfrazadas que se desempeñan como anfitrionas en las fiestas. Ellas no salen en la revista. Las playmates, en cambio, son aquellas que ocupan las páginas centrales de cada número. La idea original era que pudiera ser cualquier chica; eso le gusta mucho al público estadounidense. En México es distinto. Al lector mexicano le atrae más la idea de ver desnuda a la gente conocida: la protagonista de la telenovela, a la cantante o a la edecán del IFE. Necesitas tener en la cabeza que la conoces, pero que nunca la has visto desnuda, para que sientas ganas de comprar la revista. 

En México la categoría “celebridad a desnudar” es lo suficientemente amplia como para abarcar a una estrella de principios de los ochenta, ahora con edad legal para quitarse la ropa (Yolanda Ventura), a la hija de un rockero legendario (Celia Lora) o a una presentadora de un programa de variedades (Lilí Brillanti). Una vez que se han revisado las recientes portadas de Playboy, resulta revelador hacer un inventario de “los lugares” en donde los lectores han ubicado a una famosa a la que les gustaría ver desnuda:

a) Acapulco Shore (Brenda Zambrano),

b) los noticieros (Isabel Madow, exsecretaria de Brozo),

c) los torneos deportivos (Daniella Chávez, la modelo que prometió desvestirse si Chile ganaba la Copa América),

d) los canales de YouTube (Daniela Bos, la youtuber con más de medio millón de suscriptores),

e) la moda (Carolina de la Torre, conductora de Fashion TV),

f) el rap de los noventa (Maya Karuna, exintegrante de Caló),

g) los talk shows (Alejandra de la Fuente Bozzo, hija de Laura Bozzo),

h) elTvNotas (Frida Sofía, hija de Alejandra Guzmán),

i) las telenovelas (Lourdes Munguía: El privilegio de amar, Pueblo chico, infierno grande),

j) las compañías en quiebra (Rosa María Arcos, Ofelia Arcongoytia, Maribel Zavala, Gina Aguilar, Claudia Elías y Samantha Rodríguez, que trabajaban en Mexicana de Aviación como auxiliares de vuelo),

k) el porno (Esperanza Gómez).

Como es evidente, las áreas en donde buscar a la próxima portada de Playboy no dejan de expandirse: cine, teatro, televisión abierta y por cable, revistas de chismes, música, nostalgia, secciones de negocios, porno mainstream, videos virales. Eso garantiza un público al menos pendiente de qué nueva celebridad podría quitarse la ropa y a quien no le importa si se trata de una recién llegada o de alguien que por más de una década ha ido alimentando las fantasías de una generación. Se supone, por ejemplo, que Esperanza Gómez era la figura obvia de este listado, pero no. Anunciada como “la estrella porno latina mejor pagada del mundo”, la publicación ha querido subrayar su carácter excepcional. 

Imaginar cómo es el público que compra Playboy no es nada sencillo, asegura Arturo Flores, aunque en teoría puede decirse que la revista está pensada “para hombres, de entre 18 y 65 años, con ingresos económicos altos”, lejos, por supuesto, de ese “soltero adinerado” que proyectó Hugh Hefner, a mediados de los cincuenta, cuando fundó su imperio.

–Cada sector busca cosas diferentes en la revista, aunque todos coinciden en apreciar la belleza femenina. Los millennials quieren información útil: dónde comer, cómo vestirse, qué carro tener, qué libros comprar, qué películas ver. La gente de mi generación, digamos de 35 a cuarenta años,  busca más bien los contenidos sobre personajes de culto. Una entrevista con Lipovetsky, por ejemplo…

Mi interlocutor hace una pausa que no podría decir si es respiratoria o autorreflexiva.

–Creo que me vi muy cultural… Digamos que una entrevista con Metallica. El caso es que hay distintos públicos. Difícilmente el que es fan de las playmates va a leer las entrevistas, pero en otros círculos interesa más lo que nos dijo Irvine Welsh que la playmate en turno.

“El desnudo es muy importante en la edición mexicana porque está ligado al ADN de lo que fue Playboy”, me dice Flores en un intento por conciliar su actual política editorial con lo que ha significado la publicación en la historia y en la vida íntima de miles de personas. Sin embargo, para explicar la forma en que están afrontando la era digital quizás sea más franca la leyenda que acompaña a la youtuber Daniela Bos en la portada de junio: “Internet no pudo desnudarla, pero nosotros sí”. ~

 

 

 

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