Todos los hombres del diccionario

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The Future Dictionary of America es una broma; pero es una broma muy seria: busca esclarecer y comentar la influencia terrible y el paso devastador y lo que quedó después del paso de Bush Jr. por nuestra sufrida y cada vez más pinchada Aldea Global. La sexta edición desde la primera en 2016 de The Future Dictionary of America —hipotéticamente ensamblado y definido en un mundo donde la telepatía ha suplantado a los libros “como reinvención del idioma nacional, desde un mañana en el que la mayoría de nuestros problemas habrán sido resueltos y la administración Bush será apenas un lejano recuerdo”— es otro de esos ingeniosos productos a los que ya nos tiene acostumbrados Dave Eggers, novelista y creador del imperio editorial McSweeney’s y generador de antologías y revistas como la mutante y juguetona McSweeney’s o la más cerebral y literaria The Believer. Un evento con forma de libro en el que se han reunido más de doscientos escritores (Stephen King, Robert Coover, Michael Cunningham, Peter Carey, y siguen las muchas firmas), ilustradores (el desaparecido Saul Steinberg, Chris Ware y Art Spiegelman) y músicos como David Byrne, rem, Blink-182, They Might Be Giants, Yeah Yeah Yeahs, The Flaming Lips, Tom Waits o Elliott Smith, quienes cedieron canciones alusivas o grabaron tracks en exclusiva para el cd que acompaña al diccionario. Todo esto y mucho más por apenas 28 dólares más impuestos.

deshacer patria. Y la idea era una gran idea. Y sigue siendo una gran idea por los peores motivos posibles. Porque la estrategia de Eggers —aquí y ahora, en este problemático presente donde nada ha sido solucionado— era editar este diccionario cuyas ganancias fueran dedicadas, según proclama la portada, “al beneficio de causas progresistas” y a “los grupos que trabajan por el bien público durante las elecciones 2004”. Es decir, como la broma que abría las puertas para que saliera Bush y entrara un inminente mejor país. Y, ya se sabe, las cosas no sucedieron como se pensaba que ocurrirían. Por lo que —nada se pierde, todo se transforma–The Future Dictionary of America adquiere cuatro años más de ilusionada vigencia y refuerza la solemne proclama que aparece en la primera página: “Este diccionario ha sido concebido como la manera que tiene una gran cantidad de escritores y artistas norteamericanos de hacer público su descontento con el presente liderazgo político que sufre nuestro país y, de paso, imaginar colectivamente un futuro más brillante. La estrategia para este libro fue discutida por primera vez durante la primavera de 2004 y la recopilación de contribuciones se cerró unos tres meses después, el 1 de junio. Esto explica la involuntaria ausencia de muchos otros que quisieron unirse al proyecto cuando ya no había tiempo. Nadie pidió dinero ni recibirá royalty alguno y hasta el último centavo que genere su venta irá directamente a las arcas de los dedicados a expresar su desacuerdo con las acciones de la Administración Bush contra la libertad de expresión, la capacidad de beber agua limpia, la separación entre Iglesia y Estado, el derecho de las mujeres a elegir, el aire puro, y cualquier otra buena idea que alguna vez se haya tenido en esta nación”. Por las dudas, y por si hace falta, los apéndices de The Future Dictionary of America incluyen la Declaración de la Independencia, la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, acompañados de documentos imaginarios pero verosímiles como un reporte sobre atrocidades perpetradas a prisioneros políticos y gracias como un manual de nudos marineros con nombres como “El Corea”, “El Vietnam”, “El Irán-Contra” y “El Libertad Iraquí”. Nudos que, claro, son fáciles de hacer pero imposibles de desatar.

definir lo indefinible.

Ejemplos varios, definiciones surtidas: para T.C. Boyle, Ambiente es “Un espacio conceptual, como el espacio aéreo sobre Irak, capaz de crear un vacío que misteriosamente atrae y absorbe todo tipo de explosivos”. Para Rick Moody, Cruzada es la “Forma muy popular de manifestar verbal o físicamente el odio hacia alguien a quien se conoce poco o nada”. Para Jeffrey Eugenides, el Efecto Cheney es “La manifestación de cambios en la personalidad como consecuencia de haber recibido un transplante de órganos (por lo general, el corazón)”. Para Paul Auster, Arbusto ardiente (Burning Bush) es una planta ponzoñosa descubierta por primera vez en Egipto y ahora extinta. La última vez que se la contempló fue el 2 de noviembre de 2004. La última ocasión en que todo un pueblo hizo caso a las instrucciones de un arbusto (bush) acabó vagando por el desierto durante cuarenta años”. Para Paul Muldoon, Colinoscopía es el “Término alguna vez utilizado para definir la tendencia característica de altos oficiales del gobierno —durante el régimen de George W. Bush— a examinar sus conciencias y encontrarlas siempre limpias”.
     Y las breves noticias biográficas definen al excelso sabio satírico y humanista y —en otra dimensión mejor que esta— varias veces ganador del premio Nobel de Literatura Kurt Vonnegut como “Es un gran americano”. Y sí, tal vez lo mejor de todo sea el ensayo del autor de Matadero-5, que con el título de “Cold Turkey” —slang para “síndrome de abstinencia”— aporta las conclusiones al cierre y aquí van algunos de sus sombríos fragmentos iluminadores: “Una de las cosas buenas de los tiempos en que vivimos: si mueres de manera horrible frente a una cámara de televisión, no habrás muerto en vano. Le habrás ofrecido entretenimiento a muchas personas”. “¿Cómo saber a qué bando se pertenece en este país? Si todavía no están seguros voy a ponérselos fácil. Si quieres quitarme mis armas, estás a favor del asesinato de fetos, te encanta que los homosexuales se casen entre ellos y te caen simpáticos los pobres, entonces eres un liberal. Si, en cambio, estás en contra de semejantes perversiones, entonces eres un conservador. ¿Acaso hay algo más sencillo de comprender que esto?” “El Presidente George W. Bush —según sus propias palabras— se la pasó borracho, o pasado de revoluciones, o se comportó incorrectamente durante buena parte del tiempo transcurrido entre sus 16 y sus 41 años de edad. A los 41 años, dice, se le apareció Jesús, quien lo conminó a que dejara de hacer gárgaras con bebidas alcohólicas. Otros alcohólicos optan por ver elefantes rosados”. “¿Puedo contarles la verdad? Es decir, esto no es como los noticieros de tv, ¿no? He aquí lo que yo pienso que es la verdad: todos nosotros somos adictos al combustible fósil y nos descubrimos, de golpe, en esa etapa en que negamos ser adictos y a punto de enfrentarnos al peor de los estados posibles: el síndrome de abstinencia. Y como sucede con muchos de los adictos a punto de experimentar el síndrome de abstinencia, nuestros líderes ahora se dedican a cometer crímenes espantosos para conseguir lo poco que queda de esa sustancia a la que nos hemos vuelto adictos perdidos”. Y “Nuestra Constitución padece de un defecto trágico y no se me ocurre qué podemos hacer para enmendarlo. El defecto es éste: sólo los chiflados quieren ser presidentes”.
     Nos vemos en cuatro años.
     O tal vez no. –